Bonos de Carbono

 

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Una Bolsa de Valores Para Limpiar El Planeta.  Qué rayos es un bono de carbono. Ernesto Ráez-Luna..

 

La Secretaría de la Convención sobre el Cambio Climático es fuente principal de información sobre el Protocolo de Kyoto

REP Responsabilidad Extendida del Productor (disposición final)

RAEE Residuos de Aparatos Eléctricos y Electrónicos

    Qué son los Bonos de Carbono

Los bonos de carbono son un mecanismo internacional de descontaminación para reducir las emisiones contaminantes al medio ambiente; es uno de los tres mecanismos propuestos en el Protocolo de Kyoto para la reducción de emisiones causantes del calentamiento global o efecto invernadero (GEI o gases de efecto invernadero).

El sistema ofrece incentivos económicos para que empresas privadas contribuyan a la mejora de la calidad ambiental y se consiga regular la contaminación generada por sus procesos productivos, considerando el derecho a contaminar como un bien canjeable y con un precio establecido en el mercado. La transacción de los bonos de carbono —un bono de carbono representa el derecho a contaminar emitiendo una tonelada de dióxido de carbono— permite mitigar la generación de gases contaminantes, beneficiando a las empresas que no contaminan o disminuyen la contaminación y haciendo pagar a las que contaminan más de lo permitido.

Mientras que algunos le llaman “mecanismo de descontaminación”, el término es considerado por otros como un error dado que se han ideado para intentar reducir los niveles de dióxido de carbono, o CO2, pero el dióxido de carbono no es un gas contaminante sino que, muy lejos de ello, es la base fundamental de la vida vegetal y, por tanto, de la vida animal sobre el planeta. Sin CO2, no existiría vida en la Tierra.

Las reducciones de emisiones de GEI se miden en toneladas de CO2 equivalente, y se traducen en Certificados de Emisiones Reducidas (CER). Un CER equivale a una tonelada de CO_2 que se deja de emitir a la atmósfera, y puede ser vendido en el mercado de carbono a países Anexo I (industrializados, de acuerdo a la nomenclatura del protocolo de Kyoto). Los tipos de proyecto que pueden aplicar a una certificación son, por ejemplo, generación de energía renovable, mejoramiento de eficiencia energética de procesos, forestación, limpieza de lagos y ríos, etc.

En un esfuerzo por reducir las emisiones que provocan el cambio climático en el planeta, como el calentamiento global o efecto invernadero, los principales países industrializados -menos Estados Unidos y Australia- han establecido un acuerdo que establece metas cuantificadas de reducción de emisiones de gases de efecto invernadero (GEI) para el 2012: el Protocolo de Kyoto. Para cumplir se están financiando proyectos de captura o abatimiento de estos gases en países en vías de desarrollo, acreditando tales disminuciones y considerándolas como si hubiesen sido hechas en su territorio.

La institución encargada de entregar estos bonos son las Naciones Unidas. El requisito que tienen que cumplir las empresas para poder recibirlos es demostrar nuevas inversiones en tecnologías menos contaminantes.
El mecanismo (que se aplica sólo a las nuevas inversiones) es el siguiente:
- realizar estudios para determinar el nivel de reducción de gases.
- realizar una presentación en la ONU.
- entrega de los certificados (en caso de aprobación).

Sin embargo, los críticos del sistema de venta de bonos o permisos de emisión, argumentan que la implementación de estos mecanismos tendientes a reducir las emisiones de CO2 no tendrá el efecto deseado de reducir la concentración de CO2 en la atmósfera, como tampoco de reducir o retardar la subida de la temperatura. Según el estudio de Wigley, 1999, la implantación del Tratado de Kioto cumplido por todos los países del mundo, incluidos los Estados Unidos, causará una reducción de 28 partes por millón (ppm) para 2050, o reducirá la temperatura predicha para ese año en 0,06 ºC, o sino retrasará la fecha en que debería cumplirse el aumento predicho en 16 años.

Por otra parte, de acuerdo al dictamen final, la empresa recibirá por cada tonelada de carbono reducida un bono por año durante un lapso de hasta un década. Es por ello que el nivel de rentabilidad dependerá del volumen de ahorro y de su perdurabilidad. En la actualidad los "bonos de carbono" están cotizando entre 5 y 7 dólares la unidad. También hay que destacar que las empresas pueden comprar créditos de quienes superen las metas exigidas, por lo que ya se está generando un mercado de compra y venta de estos títulos. 


    Comercio de Emisiones

Fue creado en 2003 bajo una Directiva de la UE que supone el comienzo del sistema europeo de comercio de emisiones de gases de efecto invernadero (SECE).
Consiste en una restricción sobre las cuotas de emisión a los países que intenten vender más cuotas de emisión de las permitidas y su mayor objetivo es lograr una mejor redistribución de las emisiones entre las naciones industrializadas.
Dicha restricción consiste en la prohibición de la venta de CO2 hasta que se restauren los niveles exigidos teniendo un plazo de 30 días para ello.
Los países industrializados o pertenecientes al Anexo I del Protocolo de Kyoto establecieron este sistema de compra-venta de emisiones de gases de efecto invernadero puesto que les permite a aquellos que han reducido sus emisiones más de lo comprometido, vender los certificados de emisiones excedentarios a los países que no hayan alcanzado a cumplir con su compromiso.
Entre las partes podrán negociar todas las emisiones de los gases de efecto invernadero procedentes de las cuotas de emisión asignadas por Kioto (sólo en caso de que hayan cumplido su objetivo), las emisiones procedentes de la Aplicación Conjunta y de los Mecanismo de Desarrollo Limpio. En este comercio de emisiones se establece la necesidad de asignar las cantidades a distribuir entre distintos sectores, responsables de entre el 45-50% de las emisiones, mediante el Plan Nacional de Asignación (PNA) que establece la cantidad de emisiones que podrá emitir cada uno de los sectores implicados inicialmente: generación de electricidad con combustibles fósiles, refinerías, coquerías e instalaciones de combustión de más de 20 MW térmicos (lo que incluye gran parte de la cogeneración); el sector del cemento, la cerámica y el vidrio; la siderurgia; el sector del papel-cartón y pulpa de papel.
En este comercio de emisiones se establece la necesidad de asignar las cantidades a distribuir entre distintos sectores, responsables de entre el 45-50% de las emisiones, mediante el Plan Nacional de Asignación (PNA) que establece la cantidad de emisiones que podrá emitir cada uno de los sectores implicados inicialmente: generación de electricidad con combustibles fósiles, refinerías, coquerías e instalaciones de combustión de más de 20 MW térmicos (lo que incluye gran parte de la cogeneración); el sector del cemento, la cerámica y el vidrio; la siderurgia; el sector del papel-cartón y pulpa de papel.
En caso de que estos sectores superen las cuotas asignadas tendrán que ir al mercado de emisiones para cubrir la parte de exceso de emisiones.

Otros mecanismos
Para cumplir con el Protocolo de Kioto se establecieron además de las reducciones de emisiones de gases de efecto invernadero en cada país, y del comercio de emisiones, otros mecanismos como la Aplicación Conjunta (AC) y el Mecanismo de Desarrollo Limpio (MDL).

MECANISMO DE DESARROLLO LIMPIO (MDL)
El MDL esta regido por las Partes del Protocolo a través de la Junta Ejecutiva.
Este mecanismo ofrece a los países industrializados la posibilidad de diferir tecnologías limpias a países en vías de desarrollo, mediante inversiones en proyectos de reducción de emisiones o sumideros, recibiendo a cambio certificados de emisión que servirán como suplemento a sus reducciones internas, dichas reducciones deberán ser verificadas y certificadas por entidades independientes.
Para obtener la certificación de las emisiones, tanto el país industrializado como el país en desarrollo receptor del proyecto, deberán demostrar una reducción en el tiempo de emisiones real mensurable y prolongada.
Este mecanismo tiene una especial sensibilidad dado que puede contribuir a reducir emisiones futuras en los países en desarrollo y potenciar la capacidad de transferencia de tecnologías limpias.

APLICACIÓN CONJUNTA (AC)
Un país industrializado (su Gobiernos, empresas u otras organizaciones privadas) a través de la AC podrá invertir en otro país industrializado y operar en un proyecto encaminado a reducir las emisiones de gases de efecto invernadero o incrementar la absorción por los sumideros.
Cabe rescatar que existen una serie de requisitos que deben cumplirse debidamente para poder hacer uso de este mecanismo, y en cualquier caso, los proyectos deberán someterse a su certificación por entidades independientes.
Beneficios para el inversor: Será acreedor de certificados para reducir emisiones a un precio menor del que le habría costado en su ámbito nacional.
Beneficios para el receptor: Este será beneficiario de la inversión y la tecnología.
Estos proyectos podrían haber entrado en funcionamiento desde el 2000, pero los certificados entraron en vigencia a partir de 2008.
Adaptación de fuente: Biodisel.com.ar


  Opiniones disímiles en torno al mercado de BdC:


Una Bolsa de Valores Para Limpiar El Planeta.
¿Qué rayos es un bono de carbono?
Ernesto Ráez-Luna

Ecólogo, político y escritor ambulante. Trabaja en el Centro para la Sostenibilidad Ambiental de la Universidad Cayetano Heredia. Vive en Lima.

La vida en la Tierra es un acto de equilibrismo. Todas las funciones para sostenerla requieren un balance fino entre fuerzas constructivas y destructivas. La temperatura del planeta resulta del equilibrio exacto entre la energía solar que capturan la atmósfera y los océanos, y la que escapa al espacio. Ese intercambio depende de un manojo de gases atmosféricos, conocidos como «gases de efecto invernadero», que son los encargados de evitar que la Tierra se congele o que se caliente demasiado. Uno de los gases más importantes de este termostato de la naturaleza resulta de la combustión del carbono, la putrefacción de los muertos y la respiración de los vivos. Es el dióxido de carbono que capta la energía solar y la dispersa convertida en calor para mantener la atmósfera tibia. Sólo en un par de siglos, la quema a gran escala de combustibles fósiles para el funcionamiento de maquinaria moderna ha conducido a una acumulación creciente de CO2 en la atmósfera. El consenso científico es que este exceso de energía está causando cambios globales en el clima: cada vez hay más desastres y la temperatura promedio sigue en aumento. Es un desbalance peligroso que amenaza con desaparecer bestias polares, plantas de altas montañas y ecosistemas marinos como manglares y arrecifes coralinos. Millones de seres humanos perderían sus hogares. Sobreviviremos pero entre catástrofes de pesadilla.

Este escenario calamitoso condujo a establecer la Convención Marco de las Naciones Unidas sobre el Cambio Climático (CMNUCC), ratificada por ciento noventa y dos países, que entró en vigor en 1994, y después llevó a firmar un conjunto de compromisos y plazos llamado Protocolo de Kioto. Al final de su primer período (2008-2012), es aparente que casi todos los compromisos han sido incumplidos. Emitir menos CO2 y capturar con eficacia al que ya está en la atmósfera es difícil.

Una de las ideas más populares para incentivar la reducción de emisiones y la captura de carbono es crear condiciones de intercambio entre quienes lo hacen y quienes necesitan hacerlo. Según el esquema llamado «cap-and-trade», existe un máximo de toneladas de CO2 que las empresas y los países pueden emitir. Se les llama «créditos de carbono». Si alguien se excede en emisiones, puede comprarle créditos a otro agente que haya emitido por debajo de su autorización, de modo que tiene créditos de sobra. La teoría es que, como cualquier mercado, funciona.

Imaginemos, por otro lado, que usted reduce sus emisiones de carbono o que captura carbono de la atmósfera. Los desechos orgánicos, al podrirse liberan carbono, si usted controla la putrefacción de la basura en su ciudad, con compostaje o con mejores rellenos sanitarios, reducirá emisiones de carbono. O bien, dado que los árboles capturan activamente CO2 y viven muchos años, si usted cuida sus bosques o reforesta, retirará carbono de la atmósfera. Tras alguna complicada aritmética, la autoridad competente le entregará su certificado de créditos de carbono o de reducción de emisiones. Usted puede ir ahora donde una empresa o donde un país o donde una persona que necesiten reducir sus emisiones, pero que no pueden o no quieren hacerlo, y venderle sus créditos de carbono a un precio mutuamente convenido. Usted gana dinero y otro gana el reconocimiento por el carbono que usted capturó.

Pensemos un ejemplo con pescado. Supongamos que los merlines se hubieran reproducido tanto que amenazaran al ecosistema marino. Sería necesario eliminar algunos para restablecer el equilibrio del océano. Entonces usted pesca un merlín y le toma una foto, con un notario al lado, que da fe que usted pescó en efecto ese merlín. Luego, usted le vende la foto a otra persona, que ahora puede decir que ese merlín pescado por usted le corresponde, «como si lo hubiera pescado él mismo». Ojo que no es el merlín, sino la imagen certificada del merlín; pero hay un merlín menos en el mar, que es lo que importa. Usted también podría prometer que va a pescar cierta cantidad de merlines dentro de un plazo determinado, y vender bonos (es decir, promesas certificadas) por el merlín que pescará en el futuro. En otras palabras, estaría prestándose dinero, a cuenta de sus capturas futuras de merlines. La gente podría comprar y revender los bonos, a precios que reflejen el riesgo, mayor o menor, de que usted incumpla la promesa. Suena disparatado, pero ya existen mercados de carbono. Algunos siguen los lineamientos de la ONU, pero hay también mercados voluntarios donde la gente compra y vende bonos de carbono según su entendimiento y conveniencia.

La mayor dificultad en el trueque e intercambio de emisiones y capturas de carbono es la verificación del cumplimiento. Así que también hay negocio para quienes establecen estándares y para quienes certifican. Los sistemas de certificación son complicados, porque no basta con decir «capturé» o «no emití» carbono, sino que hay que demostrar que ese carbono es adicional a cualquier otro carbono que uno fuera a capturar o dejar de emitir de todos modos (sería como cobrar por el pescado que uno necesita comer para vivir). Además, el carbono intercambiado debe quedarse fuera de la atmósfera (sería como devolver el pez al mar y pescarlo varias veces). Para que este sistema funcione lo que uno haga no debe provocar emisiones por otro lado. Si expulso a los ganaderos de mi bosque, pero ellos van y queman otro bosque para poner sus vacas, el carbono emitido es el mismo, y yo sólo le he empujado el problema a mi vecino.

Otro problema es que los seres vivientes tienen la costumbre de ser impredecibles. En la sequía del año 2005, los bosques amazónicos emitieron una cantidad de carbono equivalente al emitido por los países industrializados. Los bosques no estaban enfermos, sólo un poco estresados. Pero quienes trabajan con ellos como depósitos de carbono sufrieron un susto mayúsculo, porque además las sequías fuertes se harán más frecuentes con el cambio climático (lo que llamamos un círculo vicioso). También están los conflictos de derechos. Por ejemplo, si un bosque protegido y rico en carbono está en un territorio indígena, ¿cuál sería el justo reparto de beneficios entre los indígenas y la empresa especializada en vender el carbono que se captura en esos bosques? ¿Qué tipo de tributos debería cobrar el Estado, y a quién los cobraría?

Las cosas importantes se abaratan cuando les ponemos precio. Reducir emisiones de carbono es un deber moral, sobre todo en los países industrializados, que emiten más per cápita. ¿Cómo mercantilizar un deber moral? ¿Cómo reemplazar la responsabilidad propia con un papel que representa el mérito de otro? Es decir, si uno le pega a su mujer ¿debería salir bien librado si otra persona deja de pegarle a su propia mujer y vende el certificado? (De todos modos, es una mujer golpeada menos).

La posibilidad de engañar, especular y confundir con el carbono es amplia, pero no debiera ser un motivo para tirar la toalla. Las fuerzas del mercado son poderosas y creativas, y aun es más fácil para algunos comprar carbono capturado o no emitido por otros que treparse a una bicicleta, aunque la bicicleta consuma cincuenta veces menos energía que una camioneta, nos lleve igual de bien a todos lados, y encima nos ponga fuertes y rozagantes. Para las empresas y naciones cuyo poder viene de traficar petróleo y emitir carbono, resulta demasiado caro que transformemos nuestros patrones de consumo hacia hábitos «bajos en carbono». Así que mientras otros pescan carbono, yo los alcanzo en bicicleta.
Fuente: EtiquetaNegra.com

 

 


El Comercio de Bonos de Carbono: una No-solución inviable para un problema imaginario.

El presente artículo me salió largo, ...muy largo, y con sincero realismo, abrigo poca esperanza de que alguien quiera publicarlo ( y mucho menos leerlo), al menos en su integridad. Por lo tanto, quiero ser honesto y decir de antemano que cualquiera cosa que aquí se diga puede ser leida también (y con mejor redacción, datos y fundamentos), en el Blog de Antón, o en la página de F.A.E.C.

Hecha la confesión precedente, reproduzco entonces un prólogo y un epílogo, y al final, para los muy pacientes o bondadosos, va el mamotreto total.
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Cada día es más frecuente que a personas que viajan en avión o usan gasolina en sus autos se les sugiera algún aporte de dinero para -se les dice- “compensar” las emisiones de gases “invernadero” que han provocado. Por ejemplo, numerosas aerolíneas europeas promueven donaciones entre los viajeros; algunas municipalidades lo hacen en el momento de expender el permiso de circulación; según ellas (unas y otras), serán usadas en proyectos que de alguna manera compensarán las emisiones del pasajero o conductor. Es el “Mercado voluntario” de emisiones de Carbono. ¿Patraña o memez?. Antes de abrir alegremente la billetera, convendría reflexionar un momento.
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Epílogo:  Los supuestos fundacionales del “Protocolo de Kioto” carecen de base científica sólida, especialmente en lo referido al bióxido de Carbono CO2. Este es efectivamente un “gas de invernadero” pero de incidencia marginal en la temperatura de la atmósfera, ya que lo verdaderamente relevante es la presencia en ella del vapor de agua.
Adicionalmente no puede tenerse por “contaminantes” a gases inocuos, que siempre han estado en la naturaleza y que son esenciales para la Vida. El Vapor de agua tiene su ciclo, sobradamente conocido, mientras el CO2 y el metano (CH4 ) son estadios transitorios en el ciclo del Carbono (que es el ciclo de la Vida).
Por otra parte, las industrias que más CO2 emiten son justamente las más determinantes para el desarrollo económico de los países; estamos hablando de siderurgia (acero), cemento (concreto), generación eléctrica, transporte y agricultura.
Limitar entonces, por algún arbitrio, la emisión de CO2, y olvidarse de los verdaderos contaminantes, es poner trabas inútiles al progreso de la humanidad.
Es por esto fútil y contraproducente perseverar en este empeño, lo que garantiza a corto o mediano plazo el fracaso del absurdo “Protocolo de Kioto”, del cual ya se anunció el retiro de Japón, y donde nunca estuvo U.S.A. ni China ni la India, sino salvo para aprovecharse de él, estas dos últimas potencias.
Sin embargo, igual se ha convertido en un negociado fabuloso y un campo fértil para la especulación financiera, la corrupción y la proliferación de burocracias parásitas, al amparo de la O.N.U. y sus organismos, especialmente el desprestigiado I.P.C.C.

Con todo lo anterior se puede concluir que un presunto “mercado voluntario” de bonos de carbono (las donaciones que se le piden a la gente común, en abuso flagrante de su buena fe), no es más que fraude y manipulación.  José M. Henriquez P.

Versión completa ...

(texto del recuadro) Cada día es más frecuente que a personas que viajan en avión o usan gasolina en sus autos se les sugiera algún aporte de dinero para -se les dice- “compensar” las emisiones de gases “invernadero” que han provocado. Por ejemplo, numerosas aerolíneas europeas promueven donaciones entre los viajeros; algunas municipalidades lo hacen en el momento de expender el permiso de circulación; según ellas (unas y otras), serán usadas en proyectos que de alguna manera compensarán las emisiones del pasajero o conductor. Es el “Mercado voluntario” de emisiones de Carbono. ¿Patraña o memez?. Antes de abrir alegremente la billetera, convendría reflexionar un momento.
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Al Gore hizo el negocio de su vida al apostar por la venta de bonos de carbono hace algunos años (bajo la sugestión de una hábil y multimillonaria campaña global de propaganda).

Apoyado en sus libros, películas y conferencias, era un negociado verde que daba grandes dividendos al explotar una preocupación ciudadana obteniendo retornos.

En diciembre pasado (2010) la mediática Bolsa Climática de Chicago impulsada por Gore, y que utilizaba el modelo de carbón voluntario (VCS) para transar emisiones, debió cerrar y finiquitar el comercio de carbono al desplomarse las ventas. En su momento la plataforma contó con adherentes notables como Barack Obama, e instituciones como Goldman Sachs (también la difunta Lehman Brothers) y la Gestión de Inversiones de Generación (propiedad del mismo Gore).

Ahora, cerrada ella, parece estar indicando el fin del espejismo de dinero fácil en base a los bonos de carbono voluntarios.

Como tantos otros, en lo sucesivo el negociado sólo podrá sobrevivir y prosperar bajo el alero protector de los gobiernos y sus “políticas regulatorias”. Dicho más claro, será el dinero de los contribuyentes, confiscado mediante impuestos, el aire con que se seguirá inflando la próxima burbuja financiera de Occidente. Y como todas las anteriores, esta no tiene más destino que el previsible pinchazo final con las consiguientes secuelas y algún desventurado “inversionista” saltando del décimo piso. La historia es conocida.
"Creo que los mecanismos voluntarios no son una alternativa por muchas razones. Entre éstas, porque las empresas no bajan emisiones de forma voluntaria. La experiencia dice que el negocio no funciona si no es regulado", explica Arturo Brandt, experto en temas medioambientales del Grupo Vial Abogados (citado en un artículo en “Revista del Campo”).
Efectivamente, los desencantados de los mecanismos voluntarios para la reducción de emisiones, creen que "la mejor solución para comenzar a operar en una bolsa nacional sería haber apostado por lo que está haciendo la Comunidad Europea que regula los límites máximos autorizados por empresa, fomenta el cap and trade -intercambios donde las empresas venden sus reducciones a otras compañías con excesos- y cobra multas a quienes no cumplen".(id.)

El más intangible de los comoditties (no es broma).
El mercado oficial de los certificados de carbono MDL (los “mecanismos de desarrollo limpio”), sistema generalizado en la Unión Europea bajo los auspicios del Protocolo de Kioto, se basa efectivamente en una imposición gubernamental concertada entre los paises miembros, que pretende poner coto a las emisiones industriales de ciertos gases llamados genéricamente “Gases de efecto invernadero” (G.E.I. o G.H.G. en inglés) de los cuales el Bióxido de Carbono CO2 se ha establecido como paradigma y parámetro de equivalencia.

En el fenómeno llamado “efecto invernadero”, intervienen básicamente tres gases: el vapor de agua, con incidencia estimada de hasta un 95 % del efecto total, el bióxido de carbono (CO2), que constituye la fuente original de toda la materia orgánica (es decir, de la Vida), y el Metano (CH4), muchas veces llamado también “gas natural”, que es de producción espontánea (y de corta persistencia) en la naturaleza. Lo intrigante del asunto es que Ninguno de estos gases es en realidad “contaminante”; ninguno de los tres tiene efecto nocivo alguno sobre la biota (sino todo lo contrario), y en definiva cada uno de estos tres gases resulta efectivamente inevitable e imprescindible para el normal desempeño de todos los seres vivos (incluidos los humanos).
Además de los mencionados, toda traza de otros gases en la atmósfera que presenten molécula poliatómica (de tres átomos o más), contribuirá al llamado “efecto Invernadero”, en proporción inmensamente superior a los mencionados (en cierta relación con el “tamaño” molecular), pero con incidencia final despreciable, dadas sus cantidades. Entre estos otros gases, algunos de ellos efectivamente dañinos y otros no tanto, los que se mencionan más frecuentemente son el Ozono (O3 ), en realidad una molécula inestable; los Cloro-Fluor-Carbonos (CFCs), una gama de gases sintéticos e inertes de uso industrial (a los que se atribuye un “efecto de invernadero” equivalente a 20.000 veces el del CO2);el muy dañino óxido Nitroso, (NO2) que se origina de la combustión del diesel al reaccionar el N y el O del aire; el dióxido de azufre (SO2), al que paradójicamente también se atribuye capacidad de “enfriamiento” de la atmósfera por su cualidad de reflejar la luz solar; los refrigerantes (también sintéticos) utilizados para sustituir a los CFCs, después del ”Protocolo de Montreal”, etc.
Sin embargo, los tres gases naturales mencionados inicialmente, son los gestores principales, y explican siempre más del 99% del llamado “efecto invernadero”.

El modelo impuesto por Kioto contempla la asignación de cuotas fijas de derechos de emisión para cada país, y dentro de estos, para cada industria o unidad productiva, iguales a lo que se emitía en el momento de entrar en vigencia el Protocolo. Desde entonces en adelante, cada empresa que logre rebajar sus emisione dispondrá del saldo para transarlo en el mercado, y la que por el contrario las aumente, deberá compensar el exceso comprando derechos de emisión o pagar onerosas multas o enfrentarse a la clausura. Se contempla la posibilidad de que las empresas compensen sus emisiones en otro país (lo que llama “carbon off set”), aún cuando los subdesarrollados no están obligados –aún- a poner límite a sus emisiones.
El sistema había sido probado con éxito en USA donde se aplicó puntualmente a la generación termoeléctrica para el efecto de controlar las emisiones de dióxido de azufre (SO2).

La Ley del Aire Limpio de 1990 introdujo un sistema de tope y trueque por el que las centrales eléctricas podían comprar y vender el derecho a emitir dióxido de azufre, y dejaba en manos de las empresas individuales la gestión de su actividad dentro de los nuevos límites. (Paul Krugman: “Cómo constuir una economía Verde” en el New York Times,).

Sin embargo el buen éxito obtenido por la “Ley de Aire Limpio” en Estados Unidos no se replicó para el Protocolo de Kioto. Este entró en operaciones en 2005, cuando fue ratificado por Rusia, pero de sus objetivos originales (reducción conjunta de las emisiones de al menos un 5% respecto del total de 1990), no hay ni la menor esperanza de que se cumplan, faltando menos de un año para el término de su “primera fase”.

En realidad, las debilidades del “Protocolo” son patentes desde sus mismos supuestos fundacionales; a saber:
a.- que el mundo esté amenazado por un “holocausto” de calentamiento climático, es más que dudoso, la Tierra ha sido más cálida que ahora tanto en tiempos históricos como prehistóricos.
b.- que la temperatura global media de la Tierra pueda ser “planificada”, es simplemente un absurdo, un desafío al sentido común;
c.- o que esto pudiere hacerse gestionando algunos gases que se hallan en trazas infinitesimales en la atmósfera, desentendiéndose de que el vapor de agua es el principalísimo regulador térmico de aquella.

Antes bien, siendo débiles las suposiciones de partida, y haciéndose ya evidente la rebelión masiva de los miles de científicos discordantes, sumado lo anterior al creciente descrédito en que va cayendo el I.P.C.C., junto con el C.R.U., Al Gore, y otros líderes (que han degradado el tema restándole seriedad), se hace cada vez más difícil que el Protocolo de Kioto sobreviva al 2012, y si lo hace será exclusivamente por los enormes recursos financieros comprometidos que ya constituyen una burbuja insostenible que sería mejor desinflar gradualmente.

Si algo importante puede decirse que ocurrió en la última cumbre “climática” de Cancún, esto fue el anuncio del Japón de retirarse del Protocolo, lo que puede considerarse un epitafio anticipado.

En tales circunstancias, el mercado de carbono “voluntario” se queda sin usuarios porque no tiene lógica ni futuro. Se puede asemejar a la donación dominical que un buen parroquiano hace en su iglesia, esperando en su fuero íntimo que su generosidad sirva para algo. El pobre hombre se siente culpable de las emisiones de CO2 que genera su dispendioso estilo de vida, y espera que con su dinero donado, alguien en algún lugar retire ese CO2 o su equivalente de la atmósfera.
Vana ilusión que termina en que el dinero va a parar a cualquier parte, y seguramente financiando negocios millonarios en China, India o Rusia, además de la cadena de intermediarios y especuladores. Nada de lo cual tendrá –huelga decirlo- ni el menor efecto sobre el clima, ni ahora, ni mañana ni después.

Con algunas anécdotas puede ilustrarse mejor la cuestión.
Un “esfuerzo” muy gratificante: Como ya se dijo, el Protocolo de Kioto asignó, en su origen, sendas “cuotas” de carbono a los países y empresas, en equivalencia a lo que en ese momento emitían. Fácil será imaginarse todo el tiempo y el dinero que se habrá empeñado en las negociaciones previas; en términos de burocracia internacional (la más cara e inútil), viajes, viáticos, hoteles, consultas, etc., etc., para al fin llegar al Texto: Todo ese dinero tiene que haber salido de alguna parte, salvo que la ONU se autofinancie, y sabemos que no.
Lo insólito es que dentro de los mismos actores del “Protocolo”, existe el consenso de que el efecto sobre el clima sería insignificante, aún si se cumpliera cabalmente, lo que a estas alturas se sabe que no es posible.

Una lluvia “verde” (de dólares): Luego, con la asignación de “cuotas”, obligatorias, fijas y transables se tiene que a las empresas involucradas les cayó del cielo un activo que no tenían (en realidad es un “activo” imaginario, pero eso sólo queda en evidencia cuando se pincha la burbuja), o sea, una riqueza suplementaria recibida a título gracioso; pero además, una virtual clausura de los mercados, con lo cual los empresarios actualmente vigentes quedan protegidos de que les entre nueva competencia a su feudo, salvo que les compren a ellos, -que son los actuales titulares- el correspondiente “cupo” de cuotas de carbono, que a no dudarlo sabrán vender a muy buen precio. Se entiende entonces por qué el “Protocolo” ha tenido tanto éxito y tanta aceptación entre los megamillonarios del mundo, así como entre los más conspicuos especuladores financieros.

Acero “sustentable”; en el mejor mundo posible. Un caso digno de mencionarse lo ha suscitado la ArcelorMittal, la mayor transnacional siderúrgica del mundo, que produce el 10 % de todo el acero mundial. En la fabricación del acero entran mineral de Hierro (óxidos de Fe) y coque (carbón especial (C)), que se deben mezclar en los altos hornos para extraer el oxígeno, además del carbón térmico usado para la generación del calor de fundición (1.200-1.700 °C). Es inevitable entonces que se emita a la atmósfera a razón aproximada de dos toneladas de CO2 por cada una de acero fabricado. Como es lógico, todo carbón tiene su costo.
Sucede que ArcelorMittal optimizó sus procedimientos con lo que se ahorró una enormidad de carbón durante el año pasado (2010), por lo que pudo vender, además, la no despreciable suma de 140 millones de dólares en cuotas de carbono. ¿Acaso no es un lindísimo negocio, hecho al amparo del “Protocolo de Kioto”?. Adicionalmente ArcelorMittal entró este año en el índice Dow Jones de grandes empresas reconocidas por su sostenibilidad.
El dueño, Presidente y Director Ejecutivo, Mr. Lakshmi Narayan Mittal, (indio), es hoy el hombre más rico de Europa, y posee la quinta fortuna mundial. Recientemente se gastó unos sesenta millones de dólares en el matrimonio de su hija. Se dice (según Wikipedia) que ha sido la boda más costosa en la Historia del mundo.

¿Era necesario regalarle los 140 millones de dólares a Mr. Lakshmi Narayan Mittal?, o acaso el buen burgués, temeroso de su “huella de carbono”, que se gasta 20 mil pesos adicionales a su permiso de circulación creyendo que con eso ayuda a “salvar” el clima está conciente de que su dinero termina financiando la modernización de una industria en China, en Rusia o en la India?.
Sin duda una situación ilógica.

Adicionalmente, se tiene que China, y la India, segunda y quinta economías del mundo actualmente, son países “en desarrollo”, por lo cual no están obligados a limitar sus emisiones pese a ser adherentes al “Protocolo de Kioto”, de tal manera que para ellos el juego se limita a certificar reducción de emisiones y recibir la plata regalada; ¡y …de qué manera!.

El abnegado esfuerzo Chino: China recurre al “Mecanismo de Desarrollo Limpio” (modalidad Off-set) para eliminar su gigantesca producción de HFC-23 (tri-Fluor-Metano, CHF3), un gas sintético que tiene un “potencial de invernadero” equivalente a 11.700 veces el del CO2.
Esto significa que con eliminar UNA tonelada de HFC-23 los chinos generan “bonos” por 11.700 toneladas equivalentes de CO2 que luego salen a vender al “mercado” de Kioto. Si se considera que el valor por tonelada de CO2 está por los 12 dólares, se podrá imaginar la cuantía del negocio. El HFC-23 se elimina quemándolo, y por este concepto los chinos se embolsan cientos de millones de dólares.
Lo absurdo es que el HFC-23 en sí no vale para nada pues tan sólo es un producto residual de la fabricación de un gas refrigerante el HCFC-22 (di-Fluor-Cloro-Metano, CHClF2). Este refrigerante surgió con fuerza gracias al Protocolo de Montreal que prohibió los CFCs (Cloro-Fluor-Carbonos) y en gran parte los hizo sustituir por HCFCs, (presuntamente menos "dañinos" para el ozono, se dice).
Esta descarada especulación China llega a ser grotesca si se piensa que ese refrigerante se podría sustituir por otros, que los hay, y que los chinos ganan un montón de plata exportando sus refrigeradores, hechos con la mano de obra más eficiente, dócil y barata del mundo, y no contentos con eso, se embolsan aún más gracias al Mecanismo de Desarrollo Limpio, por la quema del gas residual, el HFC-23 (con el gentil auspicio de los gobiernos de Europa y su “Protocolo de Kioto”).

China, “la última esperanza” en la lucha contra el cambio climático: Actualmente, China es uno de los tres mayores productores de carbón del mundo, y el primer consumidor con un 50 % del total mundial (inauguran una central térmica por semana); más del 60% de la energía primaria del país se origina del carbón con lo cual la mitad del carbón que se quema en el mundo se esta quemando en China; unas 4 mil millones de toneladas/año (dato del Der Spiegel, no necesariamente exacto), y con tecnología sucia.
Si debieran los chinos entrar en el “Anexo 1” (o sea, la lista de los ricos) del “Protocolo de Kioto”, y aceptar por consiguiente la acotación de sus emisiones de “gases de invernadero”, entonces su “tope” sería el correspondiente, es decir, el total de emisiones que tengan al momento, tal como lo hicieron los demás paises.
En ese caso ¿tendrán los chinos, de todos modos, un margen colosal de posibles “reducciones de gases de invernadero” que podrán cobrar a cuenta de los estultos gobiernos europeos?. Un escenario inconcebible, pero sería estupendo negocio al fin, y los chinos ya tienen en construcción 24 nuevas centrales eléctricas termonucleares. En su momento, podrían ir cerrando gradualmente sus anticuadas termoeléctricas a carbón, y cobrando un chorrón de dinero por eso.
Con todo, China se ha convertido en el primer fabricante mundial de generadores eólicos y también de paneles solares. Claro que prácticamente toda la producción la exportan, y así la “salvación del clima” es también un estupendo negocio para ellos.

Quizá por eso sea que James Hansen, el fanático climatólogo de la NASA, apóstol del “calentamiento global”, y con seguridad uno de los tres o cuatro científicos vivos menos inteligentes del planeta, considera que “China es la última esperanza” (en la supuesta “lucha” contra el “cambioclimático”).

El Negocio de Putin: Rusia fue el último país en adherir al “protocolo” en 2005 con lo cual este entró en vigencia. Acababa de sufrir uno de los inviernos más crudos de su historia (lo que en Rusia es mucho decir, como lo comprobaran en su momento, Napoleón y Hitler). Sin embargo, el país tiene una industria pesada basada en carbón sucio que se caía de vieja y las reservas de gas natural más cuantiosas del mundo, además de tecnología nuclear. Con Europa empeñada en reducir su emisión de CO2, y dispuesta a pagar por “bonos” de carbono, Putin conseguía un mercado gigante ávido de gas natural (metano, al fin y al cabo, pero mucho más eficiente que el carbón porque produce el mismo calor con la mitad de la emisión), con la posibilidad de cerrar la llave cuando lo considerase necesario, un “cap” (tope) de emisiones extremadamente alto y, en virtud de los MDL, una fabulosa oportunidad de modernizar su vetusta industria pesada con dinero regalado, también gracias al gentil auspicio de los gobiernos de Europa y su “Protocolo de Kioto”. Adicionalmente, la cantidad de “bonos” que quedó en manos de Rusia fue tal que bien podrían saturar el “mercado” y hacer desplomar el precio, con lo que además la imaginaria “lucha” contra el “cambio climático” quedó (por el momento al menos), bajo el arbitrio del Zar de Rusia Sr. Vladimir Stalinovich Putin.
Así las cosas, parece que este Zar salió más aventajado que los anteriores.

(texto del recuadro) Epílogo:  Los supuestos fundacionales del “Protocolo de Kioto” carecen de base científica sólida, especialmente en lo referido al bióxido de Carbono CO2. Este es efectivamente un “gas de invernadero” pero de incidencia marginal en la temperatura de la atmósfera, ya que lo verdaderamente relevante es la presencia en ella del vapor de agua.
Adicionalmente no puede tenerse por “contaminantes” a gases inocuos, que siempre han estado en la naturaleza y que son esenciales para la Vida. El Vapor de agua tiene su ciclo, sobradamente conocido, mientras el CO2 y el metano (CH4 ) son estadios transitorios en el ciclo del Carbono (que es el ciclo de la Vida).
Por otra parte, las industrias que más CO2 emiten son justamente las más determinantes para el desarrollo económico de los países; estamos hablando de siderurgia (acero), cemento (concreto), generación eléctrica, transporte y agricultura.
Limitar entonces, por algún arbitrio, la emisión de CO2, y olvidarse de los verdaderos contaminantes, es poner trabas inútiles al progreso de la humanidad.
Es por esto fútil y contraproducente perseverar en este empeño, lo que garantiza a corto o mediano plazo el fracaso del absurdo “Protocolo de Kioto”, del cual ya se anunció el retiro de Japón, y donde nunca estuvo U.S.A. ni China ni la India, sino salvo para aprovecharse de él, estas dos últimas potencias.
Sin embargo, igual se ha convertido en un negociado fabuloso y un campo fértil para la especulación financiera, la corrupción y la proliferación de burocracias parásitas, al amparo de la O.N.U. y sus organismos, especialmente el desprestigiado I.P.C.C.

Con todo lo anterior se puede concluir que un presunto “mercado voluntario” de bonos de carbono (las donaciones que se le piden a la gente común, en abuso flagrante de su buena fe), no es más que fraude y manipulación.

José Manuel Henriquez P. Ingeniero Forestal, Chile   Fuente: Atinalchile.cl
 

 


Anticipan gran crecimiento de Argentina en el Mercado de Bonos de Carbono, FESIPAL

La Fundación de Estudios e Investigaciones para América Latina (FESIPAL) organizó la primera jornada sobre Cambio Climático y oportunidades de negocio en el Mercado de Bonos de Carbono en el Hotel NH City de esta capital donde se presentaron los resultados de la cumbre de Copenhague y se analizó la estructura actual del mercado de carbono y las perspectivas a futuro para el mundo y la región que muestran a la Argentina con grandes chances de transformarse en un jugador destacado a futuro.

Carlos Magariños, ex Director general para el Desarrollo Industrial de la Organización de las Naciones Unidas, fue uno de los principales oradores y dijo que el Mercado de Bonos de carbono ha tenido “un crecimiento exponencial desde 2006 a la fecha” y que en volúmenes negociados a escala global, “este mercado operó en el ultimo año 127.000 millones de dólares, lo que representa un tercio del PBI de la argentina”.

En su exposición, Magariños, aclaró que el esquema Europeo es el más relevante, ya que representa dos tercios de los volúmenes de CO2 negociados en todo el mundo y resaltó que “Latinoamérica tan sólo llega a operar con el 6% de la oferta mundial de bonos“.

En Sudamérica, agregó Magariños, “Brasil y México son los jugadores más importantes en la región para el Mercado de Carbono y estimó que Argentina se sumará a esos países gracias a las políticas públicas que se están adoptando hoy desde el Gobierno Nacional”.

Nazareno Castillo, Director de Cambio Climático de la Secretaría de Ambiente y Desarrollo Sustentable de la Nación y Vanina Mirasson del Fondo Argentino de Carbono presentaron los resultados de la Cumbre de Copenhague y una perspectiva de cómo los posibles resultados o políticas dictaminadas en la COP 16 de México afectarán al desarrollo de los Mercados de Carbono.

Castillo aseguró que “sin la inclusión de Estados Unidos y China, los objetivos propuestos en el protocolo de Kioto para la disminución de las emisiones de gases de efecto invernadero, jamás podrán cumplirse“.

Por su parte, Vanina Mirasson, mostró un panorama con perspectivas positivas para el mercado MDL en la región y en Argentina, en términos de proyectos desarrollados y su capacidad para generar activos de carbono. Sólo en Argentina, aclaró, se han presentado 39 proyectos de los cuales 8 pudieron emitir bonos por una cifra de aproximadamente 3.636.000 toneladas de dióxido de carbono.

La apertura del encuentro estuvo a cargo de Graciela Gerola, titular de la Agencia de protección Ambiental de la Ciudad de Buenos Aires y Claudio Zuchovicki, Gerente de Desarrollo de Mercado de Capitales de Bolsa de Comercio de Buenos Aires.

Del evento también participaron comunicando experiencias, Ramiro Sosa Navarro Economista Jefe PROSPECTIVA 2020, Ricardo Bocco, Gerente de Planeamiento y Control de Gestión de Benito Roggio Ambiental, Gustavo Nudel, Gerente de Servicios de Certificación de sistemas de Bureau Veritas y Alberto Center Director de la Aceitera General Deheza que expuso un caso de éxito sobre la generación de energía eléctrica a partir del residuo en la producción de aceites de maní y girasol .

La jornada fue organizada por la Fundación de Estudios e Investigaciones para América Latina (FESIPAL), una entidad sin fines de lucro que busca el desarrollo, la generación y la adaptación del conocimiento en distintos campos a fin de generar más oportunidades y equidad social en América Latina

Alejandro Katz, Director Académico de FESIPAL, aclaró que “la visión ambiental de la Fundación es trabajar para equilibrar el Capital Natural, al que definió como el activo conformado por los recursos renovables y no renovables de manera de sostenerlos en equilibrio entre el presente y las generaciones futuras”.

Fuente: Zona Norte Diario, 13/05/2010

 

 


Los Bonos de Carbono, poco atractivos para la Argentina y otros países de la región.


Los países desarrollados quieren seducir al resto para que inviertan en bonos de carbono, pero el bajo precio de esos títulos los hace poco atractivos. La Argentina espera una mejora en la cotización de esos títulos.

Los 12 euros por cada tonelada de carbono que se promete ahorrar, no son un valor seductor para que los inversores argentinos se decidan a ingresar masivamente en el mercado de los bonos verdes, cuyo valor derrapó a la mitad del que registraban antes de la crisis de 2008.

Sin embargo, los especialistas en este singular instrumento financiero aseguran que seguirá recuperando paulatinamente su valor, para fortuna de los casi trescientos empresarios locales que tienen algún proyecto ecológico en ciernes.

Los certificados de reducción de emisiones acreditan que un emprendimiento –por ejemplo una planta para producir biocombustible– efectivamente permite reducir la emisión de gases que producen el efecto invernadero y precisa en qué magnitud lo hará.

Los títulos emitidos a partir de ese aval le permitirán a su tenedor recuperar parcialmente la inversión que realizó cuando lo venda. O le ayudan a financiarla, si opta por descontarlo en entidad financiera, antes de ejecutar el proyecto.

Esas chances son anzuelos básicamente dirigidos a los países en vías de desarrollo, que mediante la venta del bono o su descuento bancario pueden costear una parte de la inversión en un emprendimiento limpio.

Los compradores son empresas de los países desarrollados que están obligadas por sus normas internas, o en virtud de acuerdos internacionales, a reducir las emisiones contaminantes en cierta cantidad y plazo.

En otros términos: en su versión original –y sin considerar las ganancias que esos papeles permiten obtener por su comercialización en el mercado secundario–, los bonos de carbono le permiten a las naciones ricas comprar su derecho a seguir contaminando, gracias a que en otros lugares del planeta se invierte en emprendimientos beneficiosos para el medio ambiente.

Según estimaciones privadas, el mercado global de bonos de carbono hoy moviliza poco más de 126 mil millones de euros y tiene epicentro en Europa, ya que en los Estados Unidos sólo se desarrollaron hasta el momento algunos mercados regionales en forma casi marginal.

Los consultores entendidos en el tema calculan que, de no haber mediado la última crisis financiera, aquel monto hubiera trepado cómodamente por encima de los 200 mil y hoy el valor de referencia para esos papeles (los 12 euros por cada tonelada de carbono) estaría bastante más arriba.

El Reino Unido lidera cómodo el ranking de compradores, con un 39% de los papeles en su poder, seguido por Italia, Japón, España y Portugal, en ese orden.

Del lado de la oferta verde descuella China, que tiene más de mil proyectos en ejecución, básicamente orientados a la reducción de gases fluorados, la acción más eficiente desde el punto de vista ambiental.

La mitad de las transacciones de bonos de carbono están ligadas a algún emprendimiento en el país asiático. China captura el 84% de los certificados, tiene el 40% de las propuestas inversoras a financiar por este mecanismo y, desde el punto de vista de los montos involucrados, le corresponde la mitad del dinero que se moviliza en este mercado.

América latina tiene una participación marginal en este negocio y, por esto mismo, presenta una gran potencialidad. El 42% de las iniciativas a costear con los títulos ecológicos pertenece a Brasil, nación secundada por México, con 17 por ciento.

FUENTE: Buenos Aires Económico, Agosto, 2010

 

 

Copenhague desparramó incertidumbre en el mercado de los bonos de carbono

La ONU aprobó 16 proyectos argentinos por valor de US$ 35 millones. Pero el fracaso de Copenhage paró otras inversiones. Por Damián Kantor

Efecto invernadero. El Protocolo de Kyoto obliga a los países ricos a reducir un 5,2% de gases tóxicos a los niveles de 1990.


A casi cinco años de su entrada en vigencia, el futuro del Protocolo de Kyoto –que obliga a las naciones industrializadas del planeta a reducir la emisión de gases contaminantes– es una incógnita. Tal incertidumbre se trasladó al mercado del carbono, que mueve más de US$ 125.000 millones a nivel global, y que impacta en la Argentina: la explicación es que son varios los proyectos de inversión que apuntan a eliminar emanaciones contaminantes, un negocio que ya factura US$ 35 millones al año. Pero las dudas podrían frustrar muchos otros.

El causante de todo es la fracasada cumbre de Cambio Climático desarrollada en diciembre en Copenhague, en la que se intentó profundizar el acuerdo de Kyoto, suscripto por 186 países, que impone la reducción de gases de efecto invernadero en un 5,2%, por debajo de los niveles de 1990. En realidad, son las empresas de países ricos las que deben reconvertir sus fábricas o invertir en procesos aprobados por la ONU en países como la Argentina, que frenen el proceso de calentamiento global, a través de la compra de bonos de carbono.

La fecha tope es 2012, pero Copenhague fracasó, principalmente, porque no pudo extender el plazo más allá y porque la posición de los EE.UU., el mayor contaminante del planeta, no lo suscribió. “Se generó un marco de incertidumbre”, opinó Eugenia Magnasco, de la Secretaría de Medio Ambiente, pero agregó que aún es muy pronto para sacar conclusiones. Para eso habrá que esperar a 2012, “cuando por primera vez, los países firmantes del protocolo tengan que rendir cuentas sobre los niveles de reducción comprometidos”.

En concreto, el país tiene 16 proyectos aprobados por las Naciones Unidas, que decide en última instancia el nivel de reducción de cada uno y su valor (en bonos CER). Cada bono corresponde a una tonelada de dióxido de carbono, cuyo valor de mercado se negocia hoy a US$ 16. Los números muestran el tibio interés de las empresas argentinas por entrar en la onda verde, lo que genera opiniones contrapuestas en las consultoras que operan en ese mercado. “La Argentina tiene mucho potencial para generar proyectos, pero no hay inversiones. El país, en este aspecto, está por debajo de Brasil, Chile, Colombia y Perú”, explicó, con visión optimista, Francisco Ocampo, de Ecosecurities, una firma comprada recientemente por el JP Morgan. “Estamos muy lejos de ser uno de los grandes países receptores de proyectos”, completó Nuria Zanzottera, de MGM, otra consultora comprada adquirida meses atrás por Morgan Stanley. Sin embargo, añadió que “poco a poco se van viendo avances”.

Esos lentos avances pueden traducirse en los siguientes datos aportados por el Fondo Argentino de Carbono, la oficina que depende de la Secretaría de Medio Ambiente, encargada del tema. Desde la entrada en vigencia el Protocolo de Kyoto, el 16 de febrero de 2005, hubo 293 consultas concretas sobre proyectos basados en tecnologías limpias. De ese total, sólo 37 fueron aprobados a nivel local, es decir, aquellos que aún cuentan con chances de generar certificados negociables, si es que la ONU les da el visto bueno.

De los 16 proyectos avalados por la ONU, la mayoría tienen que ver con quema de gas metano en rellenos sanitarios: el CEAMSE, una sociedad mixta del Gobierno porteño y el bonaerense que gestiona la recolección de basuras, firmó varios acuerdos con empresas internacionales para captar y negociar bonos de carbono. El más redituable, hasta ahora, es el que logró Frío Industrias Argentina, una empresa de San Luis enfocada en la refrigeración, que invirtió en la eliminación de gases HFC 23, cuyo potencial de calentamiento es 11.900 veces mayor que el dióxido de carbono. En otros términos, por cada tonelada de ese gas eliminada, la empresa recibe 11.900 bonos.

Las dos caras
Este es uno de los motivos por el cual el negocio atrajo el interés de consultoras internacionales, certificadoras (empresas habilitadas por la ONU para avalar proyectos) y operadores. Pese al fracaso de Copenhague, muchos de ellos se muestran optimistas con el futuro del negocio en el país. “El fracaso de la Cumbre del Cambio Climático se sabía, era esperable. Naturalmente, eso pospone decisiones de inversión, pero no lo hace peligrar. Es sólo una demora”, dijo a iEco Marcelo Iesi, de Price.

La esperanza es que las políticas que tiendan a disminuir el calentamiento global, cuyas consecuencias aún se desconocen, los interesados creen que el mercado de carbono llegó para quedarse. Y para crecer. “Algún tipo de acuerdo habrá; si no es formal, como el Protocolo de Kyoto, será por afuera, producto del avance de leyes internas, como pasa en los EE.UU. (que tiene pendiente de sanción dos normas en ese sentido), que prevé la compra de créditos de carbono”, sentenció Ocampo, de Ecosecurities.

Muchos creen que será difícil reflotar el acuerdo de Kyoto. De lo que sí están convencidos es del avance de lo que llaman el “mercado voluntario”, en vías de conformación, que fortalecerá la demanda de proyectos basados en tecnologías limpias.

Más pesimista, un broker aseguró que la incertidumbre que existe hoy quizás afecte a la demanda, y a los precios. “Muchas empresas, después de Copenhague, desconoce el valor de sus activos (bonos). Pero está el mercado voluntario. Y también hay muchas empresas que, por cuestiones de marketing o para lavar su imagen, promueven la ecología. Son factores que impulsarán la demanda”, dijo.

El Banco Mundial, que cuenta con US$ 2.500 millones destinados a frenar el cambio climático, es la contracara. En diálogo con iEco desde Washington, Eduardo Dopazo, ejecutivo de la entidad, explicó: “Después de Kyoto, el mercado crecerá más y la prueba es que nosotros seguiremos apostando fuertemente a esos proyectos. Existen dudas en los actores del mercado. Sin embargo, estamos a la búsqueda de fondos frescos, estamos cerrando operaciones, y muchos son para participar después de 2012”.

Fuente: IECO-Clarin, 24/01/2010

 

 

Costo-beneficio: la conveniencia de entrar al mercado de carbono. Por Fabián Gaioli

Los proyectos que contribuyen a reducir las emisiones de gases de efecto invernadero (GEI) pueden beneficiarse del fondeo que brinda el mercado de carbono. Dichos flujos surgen de los compromisos obligatorios asumidos por los países industrializados en el marco del Protocolo de Kyoto o por las acciones voluntarias emprendidas por Estados, empresas o sectores que no están alcanzados por las obligaciones de Kyoto o por cuestiones de imagen corporativa. En ese sentido, existen dos mercados, el regulado por Kyoto y el voluntario. La diferencia radica en el precio a obtener por esos bonos. En Kyoto, cada bono vale aproximadamente US$ 15 dólares, mientras que en el mercado voluntario es del orden de una tercera parte de ese valor.

Una pregunta muy frecuente que surge es la conveniencia o no de entrar al mercado de carbono. La pregunta tiene sentido porque no todo proyecto que reduzca emisiones de GEI tiene posibilidades de reclamar bonos o, de tenerlas, puede que resulte inviable gestionarlas debido a los altos costos de elaborar un proyecto de estas características. Hay que evaluar la inversión adicional necesaria, los costos de monitoreo para dar cuenta de las reducciones de gases, los costos de gestión del proyecto asociados a las auditorías para la aprobación del proyecto, los gastos en consultoría, entre otras cosas.

La experiencia ha mostrado que los proyectos presentados son los de más bajo rendimiento en términos de la relación costo-beneficio. En cambio, tienen un margen mayor de efectividad los proyectos que reducen emisiones de GEI con mayor potencial de calentamiento global, tales como el metano, óxido nitroso y otros gases sintéticos. El metano, por ejemplo, tiene un potencial de calentamiento global 21 veces mayor que el del dióxido de carbono (convencionalmente tomado como la unidad). Esto significa que la reducción de la emisión de una tonelada de metano equivale a 21 toneladas de CO2 abatidas. Ese efecto multiplicador potencia el volumen total de bonos a obtener.

Para tener una idea de las escalas, comparemos algunas actividades con potencial de reducción de emisiones de GEI. Digamos que ese valor ronda los US$ 100.000 para proyectos de pequeña escala. Dos ejemplos: la sustitución de combustibles o cambio tecnológico en automotores requeriría de una flota muy grande de vehículos, más de la que suelen tener individualmente las empresas de transporte público. Y la generación de energía a partir de fuentes renovables necesitaría considerar una capacidad instalada tan grande que permita compensar, además, el bajo valor de venta de la energía a la red.

 

 

Material de Archivo

    La banca estadounidense se une a lucha contra el cambio climático

Tres bancos de Wall Street se unieron hoy a la lucha contra el cambio climático al anunciar que se guiarán por los llamados "principios del carbono", que pondrán más difícil a las empresas energéticas obtener financiación para construir en Estados Unidos centrales eléctricas que funcionen con carbón.

Los "principios del carbono" han sido establecidos por Citigroup, JP Morgan Chase y Morgan Stanley, tras consultar con empresas energéticas estadounidenses, grupos ecologistas y organizaciones no gubernamentales.
Se trata de la primera vez que unos bancos se unen en Estados Unidos para establecer principios medioambientales que sirvan como guías a la hora de ofrecer préstamos a las empresas energéticas.

"Estos principios son el resultado de un esfuerzo intensivo de nueve meses para crear una propuesta para evaluar y hacer frente a los riesgos del carbono a la hora de financiar proyectos de generación de energía", señalaron hoy en un comunicado conjunto Citigroup, J.P. Morgan Chase y Morgan Stanley.

American Energy Power, la mayor empresa energética consumidora de carbón de Estados Unidos, CMS Energy, DTE Energy, NRG Energy, PSEG, Sempra y Southern Company son las empresas del sector con las que han mantenido consultas estos tres bancos antes de establecer estos principios.

Las tres firmas añadieron que se trata de "un primer paso en un proceso para dar a los bancos y sus clientes del sector energético una guía para reducir los riesgos financieros asociados con la emisión de gases de efecto invernadero".

Estos tres bancos apuestan por la eficiencia energética y recuerdan que "una manera efectiva de limitar las emisiones de CO2 es no producirlas", por lo que animarán a sus clientes para que eviten su emisión.

Citigroup, JP Morgan Chase y Morgan Stanley también recomendarán a sus clientes que inviertan en energías renovables y en tecnologías para crear energía con bajas emisiones de carbono.
Fuente: Cincodías.com Efe / NUEVA YORK (04-02-2008)



    Es posible emitir menos carbono sin limitar el consumo de energía

Una de las mentes más reconocidas en los mercados de energía limpia es la economista argentina, Graciela Chichilnisky. Profesora de Estadística en la universidad de Columbia, consultora y ex asesora de la Opep, Chichilnisky fue precisamente quien hace 10 años propuso la compraventa de bonos de carbono como parte de la solución a la crisis del calentamiento global.  La idea de Chichilnisky, adoptada como parte del mecanismo de desarrollo limpio (CDM, por sus siglas en inglés) del Protocolo de Kyoto en 1997, ha dado origen a un mercado que hoy es valorado en US$ 200.000 millones y en el que América Latina tiene una gran oportunidad con inversiones que podrían alcanzar a US$ 100.000 millones durante esta década, aseguró la economista argentina, en entrevista con AméricaEnergía.

De acuerdo a estimaciones de Naciones Unidas, América Latina podría atraer hasta US$ 12.000 millones en créditos para reducir sus emisiones de carbono para el final de la década. ¿Cómo lograr que una porción de estas inversiones vaya en beneficio de la región?
La manera de conseguirlo es procurar que cada vez más países desarrollen proyectos que aumenten el consumo y desarrollo de energía limpia en América Latina y permitan atraer cada vez más inversión extranjera para sacar ventaja del mecanismo de desarrollo limpio acordado en el Protocolo de Kyoto.
Un proyecto con estas características es el de gasoductos del sur, promovido por Venezuela, y que cuenta con la participación de Bolivia, Paraguay, Uruguay, Brazil y Argentina. Esta iniciativa podría permitir la distribución de energía limpia porque el gas natural emite mucho menos carbón que petróleo y significaría una inversión de aproximadamente US$20.000 millones.

¿En cuánto podría estimarse la inversión para los próximos años en América Latina?
Si incluimos proyectos más ambiciosos, como los que involucran mecanismos para extraer carbón desde la atmósfera, podríamos alcanzar montos superiores a US$ 100.000 millones sólo en esta década.
A ellos se podrían agregar emprendimientos sobre la base de uso de etanol, biomasa y plantas de cogeneración que extraigan gas metano de rellenos sanitarios para su uso en la generación eléctrica. En este sentido, me atrevería a decir que la región tiene hoy una gran oportunidad en el mercado global de bonos de carbono.

América Latina cuenta con aproximadamente 14% de las reservas mundiales de hidrocarburos y es un proveedor clave de materias primas hacia China. ¿Ve riesgos para la región en caso de que aumente la exportación de energéticos a China?
El riesgo para América Latina es volver a su estado inicial de exportador de materias primas, un modelo que, como todos sabemos, lleva al fracaso económico. Basta con recordar que los continentes que se han especializado en proveer materias primas, como África y América Latina, son precisamente las regiones que más han sido dejadas de lado por la globalización.

Algunos críticos del Protocolo de Kyoto argumentan que este acuerdo establece un límite al consumo de energía que podría afectar el crecimiento económico de ciertos países...
No estoy de acuerdo con esta idea. El objetivo del Protocolo de Kyoto no es limitar el consumo de energía, sino reducir las emisiones de carbono que provocan el efecto invernadero. Es absolutamente posible emitir menos carbono sin limitar el consumo de energía.

La opción es elegir etanol en lugar de petróleo y generar cada vez más energía solar y atómica como alternativas a la hidroelectricidad para evitar producir demasiados gases de carbono.
Finalmente está la alternativa de extraer carbón de la atmósfera. Una solución absolutamente viable y que por millones de años ha sido puesta en práctica por árboles y vegetales, transformando el carbón de la atmósfera en oxígeno.
Fuente: América Economía


    Brasil, el primer país en subastar Bonos de Carbono

San Pablo. La Bolsa de Mercaderías y Futuros (BM&F) de San Pablo será la primera en el mundo en subastar dentro de su mercado a visita la venta de Reducciones Certificadas de Emisión (RCE), conocidos como “créditos de carbono”.

La primera subasta se realizará el 26 de setiembre, según anunció la BM&F en un comunicado con motivo de la visita de John Stuttard, alcalde del Distrito Financiero de Londres, quien expresó el “enorme interés” británico en participar de la compra por oferta.
Los créditos, propiedad de la Prefectura (municipio) de la ciudad brasileña de San Pablo, forman parte de “la etapa de proceso de organización y desarrollo del mercado de certificados ambientales” de la plaza bursátil.
En la primera subasta serán ofertados créditos correspondientes a 808.450 toneladas de dióxido de carbono equivalente, generados en los términos del Mecanismo de Desarrollo Limpio (MDL) de la Organización de Naciones Unidas (ONU).
Los generadores de los créditos son los proyectos Bandeirantes de Gas de Aterro y el de Generación de Energía.

El proyecto Bandeirantes de Gas de Aterro surgió de la necesidad de procesar las siete mil toneladas de residuos tóxicos que produce cada día la mayor ciudad sudamericana y que ahora son quemados en un 80 por ciento para generación de energía.
Stuttard, quien está de visita en Brasil invitado por la BM&F, mostró su interés por participar en la subasta, además de intensificar sus relaciones con Sao Paulo, donde pretende invitar a inversionistas brasileños y, de además, recibir asesoría en el tema de los biocombustibles.
Fuente: La Voz del Interior, 23 Agosto, 2007 (Biodisel.com.ar)

 

     Bonos de Carbono como alternativa al Calentamiento Global

Ya sea desde los centros académicos, los discursos políticos o los medios de comunicación, el fenómeno del calentamiento global se ha convertido en el gran protagonista de la problemática internacional de la contaminación del medio ambiente. Los autores somos estudiantes de la carrera Licenciatura en Economía de la Universidad Nacional del Sur (Bahía Blanca, Argentina), y hace poco estuvimos buscando información acerca del tratamiento del problema del calentamiento global y las políticas de mitigación que los países en vías de desarrollo, como el nuestro, están llevando adelante. Específicamente nuestro trabajo se centró en poder entender de que trata el MDL (Mecanismo de Desarrollo Limpio), así como también el mercado de los CERs (Certificates of Emissions Reduction). El MDL es uno de los tres mecanismos internacionales enmarcados en el Protocolo de Kyoto denominados: “Mecanismos de Flexibilidad”, cuyo objetivo es posibilitar a los países que asumieron obligaciones en torno a la reducción de GEIs (gases efecto invernadero), el cumplimiento de las mismas a costos mínimos.

Pensamos que quizás existan partes del trabajo que puedan resultar de interés para los lectores de esta página, así que decidimos ponernos en contacto y hacer nuestro aporte. También esperamos seguir aprendiendo mediante la participación de los usuarios vinculados al tema tratado, quedando a la espera tanto de sus aportes en el terreno teórico-científico, así como también de vuestras opiniones. Estamos convencidos que la diversidad de puntos de vista es muy enriquecedora a la hora de debatir aquellas cuestiones criticas que son planteadas a lo largo del trabajo.

“El Calentamiento Global: Bonos de Carbono, una alternativa”, surgió para poder integrar conceptos y aplicar herramientas adquiridas en el curso Modelización y Simulación de Sistemas Económicos y así representar un problema global de suma actualidad y que plantea desafíos de gran envergadura para un futuro cercano. Nos fuimos adentrando en una de las ramas de la economía que se encuentra en pleno desarrollo, como es el caso de la Economía Ambiental, de manera de ir identificando nuestros intereses para un futuro campo de acción laboral. Quizás lo más importante es que hayamos planteado este trabajo como un tablero de juego en el cual podemos experimentar y crecer con las equivocaciones, para contribuir así con nuestra formación profesional.

Consideramos práctico publicar aquí solo algunos extractos en forma de ítems, pudiéndose acceder al trabajo completo
haciendo click aquí [PDF, 407 Kb].

  • El tratamiento del problema del calentamiento global necesita de la implementación de una serie de acciones conjuntas de todos los países por su alto grado de complejidad y universalidad, si tenemos en cuenta que tanto los perjudicados como los damnificadores estamos distribuidos por toda la superficie del planeta. Es así que, teniendo como meta principal la necesidad imperiosa de reducir las emisiones, se han combinado aquellas políticas de intervención publica que mejor responden a la ecuación costo-beneficio social. Bajo un sistema en el que se busque modificar el comportamiento ambiental de los agentes implementando un juego de incentivos en donde se combinen permisos transferibles de contaminación junto a la política de un umbral máximo y global de emisiones permitidas.
     

  • Para este trabajo elegimos profundizar el último mecanismo enunciado: MDL , teniendo en cuenta que de los “mecanismos de flexibilidad” éste es el único que contempla la participación de un País No Anexo I, como es el caso de Argentina, que al igual que otros Estados de la región, cuenta con la ventaja de tener emisiones que están por debajo del límite permitido, pudiendo convertirse en un buen proveedor de bonos de carbono para aquellos países que firmaron el Protocolo de Kyoto y superan los estándares prefijados. Por lo tanto, las oportunidades que los proyectos MDL abren al país son inmensas y no pueden dejarse pasar. Estaríamos hablando no solo de beneficios económicos y el acceso a nuevos mercados; sino que al renovar o incorporar tecnologías que contribuyan al desarrollo sustentable del país y mejorar procesos productivos, se estarían creando fuentes de empleo al mismo tiempo que se mejora el medio ambiente y la calidad de vida de la población.
     

  • El diagrama temporal es una herramienta grafica, de fácil interpretación que permite arribar a contundentes conclusiones. En él se puede monitorear la evolución de las variables de análisis en el tiempo ante el impacto de medidas de shocks (cerrar las fabricas e industrias contaminantes; ratificación del protocolo de Kyoto por parte de EEUU; conflictos geopolíticos en los países productores de petróleo y señales de agotamiento de las reservas.) o convergencia (acuerdos internacionales; aproximación al periodo de compromiso 2012 que modifiquen o alteren su comportamiento.). Graficos y conclusiones en el trabajo completo.
     

  • La posibilidad de que esta reconversión hacia las energías renovables sea paulatina y se inicie lo antes posible permitirá atenuar las consecuencias negativas de la escasez de petróleo sobre las variables macroeconómicas mundiales.
     

  • El desafío es grande y el tiempo apremia, la pregunta que debemos hacernos es: ¿estaremos a la altura de los acontecimientos?. ¿Acaso esto permita una reversión de los flujos financieros entre los países en desarrollo y los desarrollados al incluir la problemática ambiental?. Quedan también por incorporar al debate algunos puntos débiles de este protocolo convertido en negocio, como el hecho de que se está pensando en cambios estructurales de gran envergadura para un compromiso que en principio se extendería sólo hasta el 2012. También deberíamos repensar la paradoja que esta situación presenta: “no es necesario reducir la contaminación a escala global. Se trata de que contamine el que pueda pagarlo al precio que sea”.
     

  • Estamos convencidos de que mas allá de plantearnos al MDL como un criterio de compensación justo o, ya sea, viéndolo desde una perspectiva de nuevas ganancias adicionales, claramente es una oportunidad que necesita del esfuerzo conjunto para poder desarrollarse y prosperar. Es indispensable comenzar a interiorizarse en el tema y conformar alianzas interdisciplinarias entre los profesionales para así poder brindar servicios de asesoría y consultoría, atendiendo a las necesidades tanto del sector público como del sector privado en el desarrollo de proyectos que permitan la obtención de beneficios a través de la comercialización de los Bonos de Carbono generados por los mismos. Es clave en este proceso el establecimiento de una red de contactos y sus iniciativas, así como también la capacidad de adaptación de éstos grupos interdisciplinarios con que tendrán que contar para poder además de asistir técnicamente a quienes recurran a ellos, detectar potenciales proyectos
    Fuente: IngenieriaQuimica.org Artículo enviado por Ticiana Temperini , 22 marzo, 2007


 

 

    El Negocio de Invertir en Ecología, Gabriela Ensinck

El desarrollo de un fondo local de estos títulos es incipiente en la Argentina, pero ya hay 75 proyectos para reducir las emisiones de gases, por un total de u$s 150 millones. Chile, con el mercado más desarollado.
La liberación a la atmósfera de gases de efecto invernadero como el dióxido de carbono (CO2) está provocando un aumento de la temperatura global cuyas consecuencias son aún impredecibles. La reducción en la emisión de estos gases que se acordó en el Protocolo de Kyoto dio lugar a un mercado de títulos ecológicos, del que la Argentina, al igual que otras naciones latinoamericanas, podrá ser un importante emisor.
Los países firmantes se comprometieron a reducir las emisiones de CO2 a un 5% por debajo a lo que emitían en 1990, y tienen plazo hasta 2012. Según este acuerdo, aquellos proyectos que reduzcan o capturen emisiones de gases de efecto invernadero (GEI) podrán generar “bonos de carbono” o CER´s (Carbon Emisión Reductions). Las empresas o países que no logren la reducción deben adquirir estos bonos a quienes contaminan menos.
Las compañías que disminuyan sus emisiones de GEI pueden vender estos certificados a un valor estimado de entre u$s 3 y u$s 8 por cada tonelada de equivalente de dióxido de carbono (tCO2e) reducido. Se estima que este valor mentará a medida que se acerque el plazo de vencimiento establecido en Kyoto.
La ONU se encargará de regular el cumplimiento de dicho acuerdo, y cada país definirá si obliga a sus empresas a reducir la emisión de GEI o a comprar bonos de carbono a empresas que ya lo hayan logrado.
El dióxido de carbono es el principal, pero no el único responsable del calentamiento global o efecto invernadero. Hay otros gases definidos en el Protocolo de Kyoto cuyas emisiones también deben ser reducidas. Se trata de el Metano (CH4), el óxido nitroso (N2O), los clorofluorcarbonos (CFC-HFC-PFC), y el hexafloruro de azufre (SF6).

EMISORES Y COMPRADORES. En el Anexo 1 del Protocolo se enumeran los países que deberán reducir sus emisiones, a través de la realización de proyectos en otras naciones en vías de desarrollo. Estados Unidos encabeza esa lista, aunque paradójicamente, se ha negado hasta el momento a firmarlo.
Por otra parte, los países industrializados, con el 20% de la población mundial, son responsables de más del 60% de las emisiones de los gases de efecto invernadero.
“La Argentina no forma parte de ese listado del Anexo 1, y por lo tanto está en condiciones de generar bonos de carbono”, señala Alejandra Barreiro, directora de la consultora local Herramientas Gerenciales. El Protocolo establece una serie de instrumentos flexibles que facilitan la reducción de emisiones, como el llamado Mecanismo de Desarrollo Limpio (MDL), que es el que permite vender las potenciales reducciones de emisiones mediante proyectos de ahorro energético, sustitución de combustibles o captura de gases de carbono.
Países Europeos, y también Japón y Canadá, están explorando proyectos MDL en América Latina. De hecho, los países latinoamericanos concentran cerca del 40% de las emisiones totales de bonos de carbono, según un relevamiento del Banco Mundial, seguidos por Asia. Hay mercados sumamente desarrollados, como el de Chile, quien es el tercer mayor oferente de bonos de carbono a nivel mundial.
No obstante, la mayoría de los compradores busca proyectos de MDL importantes, que impliquen cientos de miles de toneladas de CO2 por año. Esto lleva a que resulte difícil encuadrar dentro de este mecanismo a los pequeños proyectos o para empresas medianas y pequeñas.  Las cuestiones de escala se tornan cruciales, dado que los costos de transacción implicados para desarrollar un proyecto MDL, hacer su seguimiento y corroborar la reducción de emisiones o la captura de gases fácilmente superen los u$s 100 mil.

PROYECTOS LOCALES. Si bien el desarrollo de un fondo local de bonos de carbono es muy incipiente, en el país existen al menos 75 proyectos destinados a producir reducción de emisiones. Los recursos para crear dicho fondo provienen tanto de aportes públicos como privados, y cuenta con financiamiento del Banco Mundial. El Fondo Prototipo de Carbono (FPC), que fue creado por ese organismo en julio de 1999, recibió contribuciones por u$s 180 millones de parte de 17 grandes corporaciones europeas, japonesas y canadienses, y de seis gobiernos: Canadá, Finlandia, Japón, Holanda, Noruega y Suecia.
Según cálculos del Ministerio de Salud y Ambiente de la Nación, el total de derechos de emisión por estos proyectos podría alcanzar los 15 millones de toneladas de dióxido de carbono anuales, lo que representaría un volumen de unos u$s 150 millones anuales.
En el país ya están en marcha dos iniciativas de gestión de residuos sólidos y recuperación de biogás en rellenos sanitarios. La primera, con financiamiento de capitales holandeses, se lleva a cabo en el vertedero de residuos de Villa Dominico.
El segundo proyecto, desarrollado por la Facultad de Ingeniería de la Universidad Nacional del Centro de la Provincia de Buenos Aires y la Municipalidad de Olavaria, consiste en la construcción de una planta de recuperación de gas. La iniciativa prevé un 50% de eficiencia de recuperación, y una reducción de emisiones, en los próximos 20 años, de 409.000 Ton de CO2. También se han puesto en marcha obras de forestación en la provincia de Misiones y en el Sur del país, en la ciudad de Esquel.
Sin ser la panacea, los bonos de carbono abren una excelente perspectiva de negocios a empresas que desarrollen emprendimientos que reduzcan los gases de efecto invernadero y con esto contribuyan al crecimiento económico sostenible.

Opinión
Un problema global | Por Mario Molin. Premio Nobel de Química 1995 .
La contaminación y el cambio climático son fenómenos a escala planetaria, y es preciso actuar tanto local como globalmente, previendo las consecuencias no sólo climáticas sino sociales y políticas. Muchos gobiernos hacen oídos sordos al problema, y dicen esperar las pruebas definitivas del daño que las emisiones de gases contaminantes causan en la atmósfera. No obstante, cada vez tenemos más información en este sentido, y cuando los efectos sean visibles, tal vez sea demasiado tarde. Hay que tomar medidas ahora. Todas las iniciativas tendientes a reducir las emisiones de carbono son bienvenidas. Estoy de acuerdo con la política de Bonos de Carbono como una de las medidas tendientes a reducir las emisiones y promover un crecimiento sustentable. No se trata de dejar de producir, ni de pagar para contaminar. Sino que quienes contaminan, deben pagar y generar fondos para proyectos de desarrollo limpio. Pero con los Bonos de Carbono no alcanza. Hay que promover el desarrollo de energías alternativas no contaminantes, renovar la flota vehicular; los autos viejos emiten un 50% más que los modernos). Si bien el tema de los CFC (gases de clorofluorocarbono) están bastante controlados luego del Protocolo de Montreal, hay que trabajar en otros compuestos igualmente contaminantes como el bromuro de metilo, que se usa para la agricultura, y muchos otros. Las tecnologías limpias cuestan más, pero a la hora de hacer un cálculo de costo – beneficio, resultan mucho más eficientes.
Fuente: Revista Fortuna
http://www.fortuna.uolsinectis.com.ar/edicion_0117/sociedad/nota_00.htm

 

 

 

    El negocio de limpiar el aire, Damián Kantor

Son empresas que invierten para eliminar la polución. A cambio obtienen los llamados "bonos de carbón", que venden a compañías de países que contaminan. El CEAMSE picó en punta.

Soplan nuevos vientos en estas tierras, más sanos y purificados. Esa corriente viene de Kyoto, Japón, y nació el 16 de febrero, día en que entró a regir el Protocolo de Kyoto, un acuerdo de alcance mundial para reducir la emisión de gases contaminantes. Como el mecanismo contiene pautas que permiten hacer negocios en países pobres, como la Argentina, varias empresas, nacionales y extranjeras, ya estudian cómo sacarle provecho.
El Protocolo establece el compromiso de gobiernos de 35 países ricos de reconvertir sus industrias para frenar el cambio climático. La idea es que recorten la emisión de gases en un 5,2% por debajo del nivel de 1990. Pero esas empresas pueden cumplir en cualquier lugar del plane ta. O comprar créditos o bono de carbono de países que superen las metas exigidas. Esto abrió un mercado de compra y venta de títulos, que en la actualidad cotizan entre 5 y 7 dólares la unidad.
Con la mira puesta en ese negocio, el CEAMSE, una sociedad estatal (que depende de los gobiernos porteño y bonaerense) a cargo de administrar los residuos recolectados en el área metropolitana, firmó contratos con tres empresas, que pretenden obtener certificados para venderlos. Esos bonos de carbono los otorga las Naciones Unidas a quienes demuestren nuevas inversiones en tecnologías menos contaminantes de gases perjudiciales, como el dióxido de carbono.

Precontratos
El propio presidente del CEAMSE, Carlos Hurst, confirmó a Clarín las negociaciones, y reveló que los contratos fueron firmados con Van Der Uiel, de capital holandés, la canadiense Conestoga-Rovers & Associates, y con una joint venture conformada entre ASJA (italiana) e IMPSA, del grupo Pescarmona. La inversión comprometida para la próxima década, en total, es de alrededor de 35 millones de dólares, que serán destinados, entre otras cosas, a la construcción de plantas en los rellenos sanitarios para tratar o quemar gas metano. Cualquier vía se premia con bonos.
Hurst asegura que los del CEAMSE "son de los primeros contratos firmados en el mundo" desde que entró a regir el Protocolo de Kyoto, y en uno de ellos, sólo resta una etapa: que la ONU certifique la cantidad de gas que se va a eliminar. "Para el CEAMSE no hay costo y se queda con un porcentaje de los bonos. Las compañias se hacen cargo de la instalación de las plantas y del tratamiento del gas", dijo.
En ese sentido, Hurst, además, agregó que están adelantadas las tratativas para cerrar acuerdos similares con el grupo Roggio y Tecna, una firma nacional, para invertir en otros rellenos sanitarios a cargo del CEAMSE.

Estudios de gases
Fernando Canzani, de Eco Securities, una consultoría especializada en el tema, explica que el mecanismo se aplica sólo a las nuevas inversiones. "Se realizan estudios para determinar el nivel de reducción de gases. Se hace una presentación en la ONU, y si el organismo lo aprueba, entrega los certificados", señaló.
En síntesis, para saber si el negocio es viable, una empresa debe tener en cuenta lo siguiente:
Cuando se planifica una inversión contemplando el uso de tecnología limpia, se debe realizar un estudio de factibilidad, que cuesta entre 50 y 150 mil dólares según su complejidad, para establecer con exactitud el nivel de reducción de emanaciones de gases que produndizan el efecto invernadero.
Si el proyecto resulta rentable, luego debe superar la inspección de expertos para que lo certifiquen. En última instancia, es la ONU el que lo debe aprobar.
De acuerdo con el dictamen final, la empresa recibirá por cada tonelada de carbono reducida un bono por año durante un lapso de hasta una década.
La rentabilidad, entonces, depende del volumen de ahorro, y su perdurabilidad. Canzani estima que "con el precio actual, un buen proyecto eleva la tasa de retorno de inversión entre un 10 y un 30% anual". Pero resalta que hay otros gases que cotizan más, porque eliminar una tonelada de metano —como los producidos por los rellenos sanitarios— equivale a 23 toneladas de carbono.
Aunque no se pudo confirmar, varias fuentes aseguraron a Clarín que son muchas las empresas que tienen en carpeta invertir con la mira puesta en lo firmado en Kyoto. Entre otras, mencionaron a Repsol, Shell, Capex y Aluar. Un vocero de esta última empresa, al ser consultado sobre el tema, no lo desmintió. "No hay novedades", se limitó a decir sin dar detalles.
De todas maneras, se sabe que en las gerencias financieras se la pasan haciendo cálculos. En algunos casos, especialmente en inversiones chicas, los números no dan por los costos de los estudios previos de rigor. Así pasó en Nidera, una empresa agroexportadora. Alejandro Benvenutto, de esa firma, explicó: "Encargaron un estudio de prefactibilidad, y no nos convenía".
En cambio, otro proyecto de Olavarría viene bien perfilado, y también tiene que ver con la basura. La idea es similar a la del CEAMSE. Sus responsables, Gabriel Blanco y Estela Santalla, de la facultad de Ingeniería de esa localidad bonaerense, aseguran que "la iniciativa está en la etapa final de certificación, y consiste en captar gas metano para quemarlo o venderlo con el fin de eliminar contaminación".
Según Blanco, "con lo que nos va a ingresar en bonos de carbono recuperamos la inversión (unos 120 mil dólares), los costos operativos (15 mil dólares) y nos sobra alrededor de 70 mil dólares para implementar un programa social en la ciudad".
Y dijo también que cerraron un acuerdo con el Banco Mundial, que puso parte del dinero para poner en marcha el proyecto. "Ellos nos dieron un adelanto, con el que cubrimos aproximadamente el 50% de la inversión, y realizarán desembolsos parciales en un plazo de 6 a 7 años".
Fuente: Clarín, Económico, 27 marzo de 2005
 

   "Ellos tienen fondos, pero no proyectos"  Damián Kantor. 

Savino, el secretario de Ambiente, justificó así la creación del Fondo Argentino de Carbono. "Nuestra intención es atraer inversiones", dijo. 
Para el Gobierno, el primer año de vigencia del Protocolo de Kyoto es promisorio para la Argentina, pero el futuro es incierto. Este es el balance que hicieron a pedido de Clarín el secretario de Ambiente, Atilio Savino, y el titular del Fondo Argentino de Carbono, Hernán Carlino, los funcionarios encargados de recibir y evaluar los proyectos presentados en el país para acreditar bonos de carbono.
-Muchos dicen que el Protocolo es insuficiente para frenar el deterioro. Y EEE.UU, el país más contaminante, no lo ratificó.
Atilio Savino: De los países grandes, los únicos que no ratificaron el Protocolo son los EE.UU. y Australia. El resto, todos lo ratificaron.
-¿EE.UU. puede cambiar?
AS: Hay dos lecturas, si uno se queda con la foto de negarse a ratificar el Protocolo... Yo creo que hay que mirar qué pasa adentro. La primera vez que votó el Senado, el resultado fue 97 a 0. Hoy, la mitad estaría dispuesta a apoyarlo. Hay empresas que se comprometieron a reducir la emisión de gases y a usar energías limpias. Hay Estados que aprobaron leyes parecidas al Protocolo.
-¿Quiénes presentan estos proyectos? ¿Consultoras, bancos especializados?
Hernán Carlino: Los presentan las empresas que quieren desarrollar la actividad para eliminar contaminación. Puede ser una empresa, una institución, un municipio, una provincia, etc...
-¿No hay gestoras?
AS: La consultoras pueden colaborar en formalizar el proyecto. Porque hay una serie de metodologías para determinar las reducciones de gases y cómo se convierten a dióxido de carbono. Por ejemplo, en caso de los rellenos sanitarios, lo normal es captar metano y quemarlo. Existe una metodología que determina cuanto metano es quemado y como se expresa en dióxido de carbono para cobrar los bonos.
HC: Hay dos instancias de consultoría, la que contribuye a generar el proyecto y la que realiza la auditoría de ese proyecto. Estas últimas están inscriptas en Naciones Unidas.
-De los 6 proyectos aprobados en el país, ¿todos tienen que ver con la quema de metano?
AS: No. Además de los rellenos sanitarios, hay un proyecto de eficiencia energética y un proyecto de energía eólica. 
-Los fondos para pagar los bonos los pone la ONU?
AS: No, el dinero lo ponen los compradores.
-O sea las empresas que tienen que cumplir con lo establecido en el Protocolo.
AS: Las empresas o las naciones.
-¿Por qué una empresa tendría hoy la necesidad de adquirir estos bonos?
HC: Los países son los que tienen compromisos, pero no son los Estados los que emiten gases contaminantes sino las empresas. Entonces son los Estados los que obligan a las empresas a cumplir. Las empresas pueden comprar ahora los bonos o más adelante.
-¿Más adelante es más caro?
HC: Podria haber una tendencia a que esos bonos suban, aunque es difícil hacer una estimación. Dependerá de la evolución de las economías, de los compromisos que ya adquirieron. España, por ejemplo, venía desacomodado, pero 2005 fue un año sequísimo, disminuyó el uso de energía eléctrica y quemó más carbono y ahora quedó mejor.
-El año pasado se podían comprar a 4 dólares. Hoy están a más de 9
HC: No hay un valor de un mercado, dependerá de la capacidad que uno tenga para negociar.
AS: En Europa llegó a valer 30 euros, hoy creo que están a 25.
-¿Es un precio especulativo?
HC: Es un mercado a futuro.
AS: Uno hace la cuenta fácil: tengo 2,5 millones de toneladas, lo multiplico por diez y listo. Pero nadie paga el total del contrato.
-El Banco Mundial está muy activo con este tema ¿no?
AS: El fondo más grande, en lo que hace a volumen, es el del Banco Mundial.
-¿Cómo es la operatoria?
AS: Ellos concentran fondos de los países que están necesitados. Tienen más de 2.000 millones de dólares de disponibilidad. Estos fondos tienen mucha plata, pero no proyectos viables.
Fuente   Clarín Económico, Enero 2006