Comercio de
Emisiones
Fue creado en 2003 bajo una Directiva de la UE que supone el comienzo del
sistema europeo de comercio de emisiones de gases de efecto invernadero (SECE).
Consiste en una restricción sobre las cuotas de emisión a los países que
intenten vender más cuotas de emisión de las permitidas y su mayor objetivo
es lograr una mejor redistribución de las emisiones entre las naciones
industrializadas.
Dicha restricción consiste en la prohibición de la venta de CO2 hasta que se
restauren los niveles exigidos teniendo un plazo de 30 días para ello.
Los países industrializados o pertenecientes al Anexo I del Protocolo de
Kyoto establecieron este sistema de compra-venta de emisiones de gases de
efecto invernadero puesto que les permite a aquellos que han reducido sus
emisiones más de lo comprometido, vender los certificados de emisiones
excedentarios a los países que no hayan alcanzado a cumplir con su
compromiso.
Entre las partes podrán negociar todas las emisiones de los gases de efecto
invernadero procedentes de las cuotas de emisión asignadas por Kioto (sólo
en caso de que hayan cumplido su objetivo), las emisiones procedentes de la
Aplicación Conjunta y de los Mecanismo de Desarrollo Limpio. En este
comercio de emisiones se establece la necesidad de asignar las cantidades a
distribuir entre distintos sectores, responsables de entre el 45-50% de las
emisiones, mediante el Plan Nacional de Asignación (PNA) que establece la
cantidad de emisiones que podrá emitir cada uno de los sectores implicados
inicialmente: generación de electricidad con combustibles fósiles,
refinerías, coquerías e instalaciones de combustión de más de 20 MW térmicos
(lo que incluye gran parte de la cogeneración); el sector del cemento, la
cerámica y el vidrio; la siderurgia; el sector del papel-cartón y pulpa de
papel.
En este comercio de emisiones se establece la necesidad de asignar las
cantidades a distribuir entre distintos sectores, responsables de entre el
45-50% de las emisiones, mediante el Plan Nacional de Asignación (PNA) que
establece la cantidad de emisiones que podrá emitir cada uno de los sectores
implicados inicialmente: generación de electricidad con combustibles
fósiles, refinerías, coquerías e instalaciones de combustión de más de 20 MW
térmicos (lo que incluye gran parte de la cogeneración); el sector del
cemento, la cerámica y el vidrio; la siderurgia; el sector del papel-cartón
y pulpa de papel.
En caso de que estos sectores superen las cuotas asignadas tendrán que ir al
mercado de emisiones para cubrir la parte de exceso de emisiones.
Otros mecanismos
Para cumplir con el Protocolo de Kioto se establecieron además de las
reducciones de emisiones de gases de efecto invernadero en cada país, y del
comercio de emisiones, otros mecanismos como la Aplicación Conjunta (AC) y
el Mecanismo de Desarrollo Limpio (MDL).
MECANISMO DE DESARROLLO LIMPIO (MDL)
El MDL esta regido por las Partes del Protocolo a través de la Junta
Ejecutiva.
Este mecanismo ofrece a los países industrializados la posibilidad de
diferir tecnologías limpias a países en vías de desarrollo, mediante
inversiones en proyectos de reducción de emisiones o sumideros, recibiendo a
cambio certificados de emisión que servirán como suplemento a sus
reducciones internas, dichas reducciones deberán ser verificadas y
certificadas por entidades independientes.
Para obtener la certificación de las emisiones, tanto el país
industrializado como el país en desarrollo receptor del proyecto, deberán
demostrar una reducción en el tiempo de emisiones real mensurable y
prolongada.
Este mecanismo tiene una especial sensibilidad dado que puede contribuir a
reducir emisiones futuras en los países en desarrollo y potenciar la
capacidad de transferencia de tecnologías limpias.
APLICACIÓN CONJUNTA (AC)
Un país industrializado (su Gobiernos, empresas u otras organizaciones
privadas) a través de la AC podrá invertir en otro país industrializado y
operar en un proyecto encaminado a reducir las emisiones de gases de efecto
invernadero o incrementar la absorción por los sumideros.
Cabe rescatar que existen una serie de requisitos que deben cumplirse
debidamente para poder hacer uso de este mecanismo, y en cualquier caso, los
proyectos deberán someterse a su certificación por entidades independientes.
Beneficios para el inversor: Será acreedor de certificados para reducir
emisiones a un precio menor del que le habría costado en su ámbito nacional.
Beneficios para el receptor: Este será beneficiario de la inversión y la
tecnología.
Estos proyectos podrían haber entrado en funcionamiento desde el 2000, pero
los certificados entraron en vigencia a partir de 2008.
Adaptación de fuente: Biodisel.com.ar

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Opiniones disímiles en torno
al mercado de BdC: |
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El comercio de bonos de carbono: una No-solución
inviable para un problema imaginario.
El presente artículo me salió largo, ...muy largo, y con sincero
realismo, abrigo poca esperanza de que alguien quiera publicarlo ( y
mucho menos leerlo), al menos en su integridad. Por lo tanto, quiero
ser honesto y decir de antemano que cualquiera cosa que aquí se diga
puede ser leida también (y con mejor redacción, datos y
fundamentos), en el Blog de Antón, o en la página de F.A.E.C.
Hecha la confesión precedente, reproduzco entonces un prólogo y un
epílogo, y al final, para los muy pacientes o bondadosos, va el
mamotreto total.
.............................................................
Cada día es más frecuente que a personas que viajan en avión o usan
gasolina en sus autos se les sugiera algún aporte de dinero para -se
les dice- “compensar” las emisiones de gases “invernadero” que han
provocado. Por ejemplo, numerosas aerolíneas europeas promueven
donaciones entre los viajeros; algunas municipalidades lo hacen en
el momento de expender el permiso de circulación; según ellas (unas
y otras), serán usadas en proyectos que de alguna manera compensarán
las emisiones del pasajero o conductor. Es el “Mercado voluntario”
de emisiones de Carbono. ¿Patraña o memez?. Antes de abrir
alegremente la billetera, convendría reflexionar un momento.
................................................
Epílogo: Los supuestos fundacionales del “Protocolo de Kioto”
carecen de base científica sólida, especialmente en lo referido al
bióxido de Carbono CO2. Este es efectivamente un “gas de
invernadero” pero de incidencia marginal en la temperatura de la
atmósfera, ya que lo verdaderamente relevante es la presencia en
ella del vapor de agua.
Adicionalmente no puede tenerse por “contaminantes” a gases inocuos,
que siempre han estado en la naturaleza y que son esenciales para la
Vida. El Vapor de agua tiene su ciclo, sobradamente conocido,
mientras el CO2 y el metano (CH4 ) son estadios transitorios en el
ciclo del Carbono (que es el ciclo de la Vida).
Por otra parte, las industrias que más CO2 emiten son justamente las
más determinantes para el desarrollo económico de los países;
estamos hablando de siderurgia (acero), cemento (concreto),
generación eléctrica, transporte y agricultura.
Limitar entonces, por algún arbitrio, la emisión de CO2, y olvidarse
de los verdaderos contaminantes, es poner trabas inútiles al
progreso de la humanidad.
Es por esto fútil y contraproducente perseverar en este empeño, lo
que garantiza a corto o mediano plazo el fracaso del absurdo
“Protocolo de Kioto”, del cual ya se anunció el retiro de Japón, y
donde nunca estuvo U.S.A. ni China ni la India, sino salvo para
aprovecharse de él, estas dos últimas potencias.
Sin embargo, igual se ha convertido en un negociado fabuloso y un
campo fértil para la especulación financiera, la corrupción y la
proliferación de burocracias parásitas, al amparo de la O.N.U. y sus
organismos, especialmente el desprestigiado I.P.C.C.
Con todo lo anterior se puede concluir que un presunto “mercado
voluntario” de bonos de carbono (las donaciones que se le piden a la
gente común, en abuso flagrante de su buena fe), no es más que
fraude y manipulación.
José Manuel Henriquez P.
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Versión completa ...
(texto del recuadro) Cada día es más frecuente que a personas que viajan en
avión o usan gasolina en sus autos se les sugiera algún aporte de dinero
para -se les dice- “compensar” las emisiones de gases “invernadero” que han
provocado. Por ejemplo, numerosas aerolíneas europeas promueven donaciones
entre los viajeros; algunas municipalidades lo hacen en el momento de
expender el permiso de circulación; según ellas (unas y otras), serán usadas
en proyectos que de alguna manera compensarán las emisiones del pasajero o
conductor. Es el “Mercado voluntario” de emisiones de Carbono. ¿Patraña o
memez?. Antes de abrir alegremente la billetera, convendría reflexionar un
momento.
…………………………………………………….
Al Gore hizo el negocio de su vida al apostar por la venta de bonos de
carbono hace algunos años (bajo la sugestión de una hábil y multimillonaria
campaña global de propaganda).
Apoyado en sus libros, películas y conferencias, era un negociado verde que
daba grandes dividendos al explotar una preocupación ciudadana obteniendo
retornos.
En diciembre pasado (2010) la mediática Bolsa Climática de Chicago impulsada
por Gore, y que utilizaba el modelo de carbón voluntario (VCS) para transar
emisiones, debió cerrar y finiquitar el comercio de carbono al desplomarse
las ventas. En su momento la plataforma contó con adherentes notables como
Barack Obama, e instituciones como Goldman Sachs (también la difunta Lehman
Brothers) y la Gestión de Inversiones de Generación (propiedad del mismo
Gore).
Ahora, cerrada ella, parece estar indicando el fin del espejismo de dinero
fácil en base a los bonos de carbono voluntarios.
Como tantos otros, en lo sucesivo el negociado sólo podrá sobrevivir y
prosperar bajo el alero protector de los gobiernos y sus “políticas
regulatorias”. Dicho más claro, será el dinero de los contribuyentes,
confiscado mediante impuestos, el aire con que se seguirá inflando la
próxima burbuja financiera de Occidente. Y como todas las anteriores, esta
no tiene más destino que el previsible pinchazo final con las consiguientes
secuelas y algún desventurado “inversionista” saltando del décimo piso. La
historia es conocida.
"Creo que los mecanismos voluntarios no son una alternativa por muchas
razones. Entre éstas, porque las empresas no bajan emisiones de forma
voluntaria. La experiencia dice que el negocio no funciona si no es
regulado", explica Arturo Brandt, experto en temas medioambientales del
Grupo Vial Abogados (citado en un artículo en “Revista del Campo”).
Efectivamente, los desencantados de los mecanismos voluntarios para la
reducción de emisiones, creen que "la mejor solución para comenzar a operar
en una bolsa nacional sería haber apostado por lo que está haciendo la
Comunidad Europea que regula los límites máximos autorizados por empresa,
fomenta el cap and trade -intercambios donde las empresas venden sus
reducciones a otras compañías con excesos- y cobra multas a quienes no
cumplen".(id.)
El más intangible de los comoditties (no es broma).
El mercado oficial de los certificados de carbono MDL (los “mecanismos
de desarrollo limpio”), sistema generalizado en la Unión Europea bajo los
auspicios del Protocolo de Kioto, se basa efectivamente en una imposición
gubernamental concertada entre los paises miembros, que pretende poner coto
a las emisiones industriales de ciertos gases llamados genéricamente “Gases
de efecto invernadero” (G.E.I. o G.H.G. en inglés) de los cuales el Bióxido
de Carbono CO2 se ha establecido como paradigma y parámetro de equivalencia.
En el fenómeno llamado “efecto invernadero”, intervienen básicamente tres
gases: el vapor de agua, con incidencia estimada de hasta un 95 % del efecto
total, el bióxido de carbono (CO2), que constituye la fuente original de
toda la materia orgánica (es decir, de la Vida), y el Metano (CH4), muchas
veces llamado también “gas natural”, que es de producción espontánea (y de
corta persistencia) en la naturaleza. Lo intrigante del asunto es que
Ninguno de estos gases es en realidad “contaminante”; ninguno de los tres
tiene efecto nocivo alguno sobre la biota (sino todo lo contrario), y en
definiva cada uno de estos tres gases resulta efectivamente inevitable e
imprescindible para el normal desempeño de todos los seres vivos (incluidos
los humanos).
Además de los mencionados, toda traza de otros gases en la atmósfera que
presenten molécula poliatómica (de tres átomos o más), contribuirá al
llamado “efecto Invernadero”, en proporción inmensamente superior a los
mencionados (en cierta relación con el “tamaño” molecular), pero con
incidencia final despreciable, dadas sus cantidades. Entre estos otros
gases, algunos de ellos efectivamente dañinos y otros no tanto, los que se
mencionan más frecuentemente son el Ozono (O3 ), en realidad una molécula
inestable; los Cloro-Fluor-Carbonos (CFCs), una gama de gases sintéticos e
inertes de uso industrial (a los que se atribuye un “efecto de invernadero”
equivalente a 20.000 veces el del CO2);el muy dañino óxido Nitroso, (NO2)
que se origina de la combustión del diesel al reaccionar el N y el O del
aire; el dióxido de azufre (SO2), al que paradójicamente también se atribuye
capacidad de “enfriamiento” de la atmósfera por su cualidad de reflejar la
luz solar; los refrigerantes (también sintéticos) utilizados para sustituir
a los CFCs, después del ”Protocolo de Montreal”, etc.
Sin embargo, los tres gases naturales mencionados inicialmente, son los
gestores principales, y explican siempre más del 99% del llamado “efecto
invernadero”.
El modelo impuesto por Kioto contempla la asignación de cuotas fijas de
derechos de emisión para cada país, y dentro de estos, para cada industria o
unidad productiva, iguales a lo que se emitía en el momento de entrar en
vigencia el Protocolo. Desde entonces en adelante, cada empresa que logre
rebajar sus emisione dispondrá del saldo para transarlo en el mercado, y la
que por el contrario las aumente, deberá compensar el exceso comprando
derechos de emisión o pagar onerosas multas o enfrentarse a la clausura. Se
contempla la posibilidad de que las empresas compensen sus emisiones en otro
país (lo que llama “carbon off set”), aún cuando los subdesarrollados no
están obligados –aún- a poner límite a sus emisiones.
El sistema había sido probado con éxito en USA donde se aplicó puntualmente
a la generación termoeléctrica para el efecto de controlar las emisiones de
dióxido de azufre (SO2).
La Ley del Aire Limpio de 1990 introdujo un sistema de tope y trueque por el
que las centrales eléctricas podían comprar y vender el derecho a emitir
dióxido de azufre, y dejaba en manos de las empresas individuales la gestión
de su actividad dentro de los nuevos límites. (Paul Krugman: “Cómo constuir
una economía Verde” en el New York Times,).
Sin embargo el buen éxito obtenido por la “Ley de Aire Limpio” en Estados
Unidos no se replicó para el Protocolo de Kioto. Este entró en operaciones
en 2005, cuando fue ratificado por Rusia, pero de sus objetivos originales
(reducción conjunta de las emisiones de al menos un 5% respecto del total de
1990), no hay ni la menor esperanza de que se cumplan, faltando menos de un
año para el término de su “primera fase”.
En realidad, las debilidades del “Protocolo” son patentes desde sus mismos
supuestos fundacionales; a saber:
a.- que el mundo esté amenazado por un “holocausto” de calentamiento
climático, es más que dudoso, la Tierra ha sido más cálida que ahora tanto
en tiempos históricos como prehistóricos.
b.- que la temperatura global media de la Tierra pueda ser “planificada”, es
simplemente un absurdo, un desafío al sentido común;
c.- o que esto pudiere hacerse gestionando algunos gases que se hallan en
trazas infinitesimales en la atmósfera, desentendiéndose de que el vapor de
agua es el principalísimo regulador térmico de aquella.
Antes bien, siendo débiles las suposiciones de partida, y haciéndose ya
evidente la rebelión masiva de los miles de científicos discordantes, sumado
lo anterior al creciente descrédito en que va cayendo el I.P.C.C., junto con
el C.R.U., Al Gore, y otros líderes (que han degradado el tema restándole
seriedad), se hace cada vez más difícil que el Protocolo de Kioto sobreviva
al 2012, y si lo hace será exclusivamente por los enormes recursos
financieros comprometidos que ya constituyen una burbuja insostenible que
sería mejor desinflar gradualmente.
Si algo importante puede decirse que ocurrió en la última cumbre “climática”
de Cancún, esto fue el anuncio del Japón de retirarse del Protocolo, lo que
puede considerarse un epitafio anticipado.
En tales circunstancias, el mercado de carbono “voluntario” se queda sin
usuarios porque no tiene lógica ni futuro. Se puede asemejar a la donación
dominical que un buen parroquiano hace en su iglesia, esperando en su fuero
íntimo que su generosidad sirva para algo. El pobre hombre se siente
culpable de las emisiones de CO2 que genera su dispendioso estilo de vida, y
espera que con su dinero donado, alguien en algún lugar retire ese CO2 o su
equivalente de la atmósfera.
Vana ilusión que termina en que el dinero va a parar a cualquier parte, y
seguramente financiando negocios millonarios en China, India o Rusia, además
de la cadena de intermediarios y especuladores. Nada de lo cual tendrá
–huelga decirlo- ni el menor efecto sobre el clima, ni ahora, ni mañana ni
después.
Con algunas anécdotas puede ilustrarse mejor la cuestión.
Un “esfuerzo” muy gratificante: Como ya se dijo, el Protocolo de Kioto
asignó, en su origen, sendas “cuotas” de carbono a los países y empresas, en
equivalencia a lo que en ese momento emitían. Fácil será imaginarse todo el
tiempo y el dinero que se habrá empeñado en las negociaciones previas; en
términos de burocracia internacional (la más cara e inútil), viajes,
viáticos, hoteles, consultas, etc., etc., para al fin llegar al Texto: Todo
ese dinero tiene que haber salido de alguna parte, salvo que la ONU se
autofinancie, y sabemos que no.
Lo insólito es que dentro de los mismos actores del “Protocolo”, existe el
consenso de que el efecto sobre el clima sería insignificante, aún si se
cumpliera cabalmente, lo que a estas alturas se sabe que no es posible.
Una lluvia “verde” (de dólares): Luego, con la asignación de “cuotas”,
obligatorias, fijas y transables se tiene que a las empresas involucradas
les cayó del cielo un activo que no tenían (en realidad es un “activo”
imaginario, pero eso sólo queda en evidencia cuando se pincha la burbuja), o
sea, una riqueza suplementaria recibida a título gracioso; pero además, una
virtual clausura de los mercados, con lo cual los empresarios actualmente
vigentes quedan protegidos de que les entre nueva competencia a su feudo,
salvo que les compren a ellos, -que son los actuales titulares- el
correspondiente “cupo” de cuotas de carbono, que a no dudarlo sabrán vender
a muy buen precio. Se entiende entonces por qué el “Protocolo” ha tenido
tanto éxito y tanta aceptación entre los megamillonarios del mundo, así como
entre los más conspicuos especuladores financieros.
Acero “sustentable”; en el mejor mundo posible. Un caso digno de mencionarse
lo ha suscitado la ArcelorMittal, la mayor transnacional siderúrgica del
mundo, que produce el 10 % de todo el acero mundial. En la fabricación del
acero entran mineral de Hierro (óxidos de Fe) y coque (carbón especial (C)),
que se deben mezclar en los altos hornos para extraer el oxígeno, además del
carbón térmico usado para la generación del calor de fundición (1.200-1.700
°C). Es inevitable entonces que se emita a la atmósfera a razón aproximada
de dos toneladas de CO2 por cada una de acero fabricado. Como es lógico,
todo carbón tiene su costo.
Sucede que ArcelorMittal optimizó sus procedimientos con lo que se ahorró
una enormidad de carbón durante el año pasado (2010), por lo que pudo
vender, además, la no despreciable suma de 140 millones de dólares en cuotas
de carbono. ¿Acaso no es un lindísimo negocio, hecho al amparo del
“Protocolo de Kioto”?. Adicionalmente ArcelorMittal entró este año en el
índice Dow Jones de grandes empresas reconocidas por su sostenibilidad.
El dueño, Presidente y Director Ejecutivo, Mr. Lakshmi Narayan Mittal,
(indio), es hoy el hombre más rico de Europa, y posee la quinta fortuna
mundial. Recientemente se gastó unos sesenta millones de dólares en el
matrimonio de su hija. Se dice (según Wikipedia) que ha sido la boda más
costosa en la Historia del mundo.
¿Era necesario regalarle los 140 millones de dólares a Mr. Lakshmi Narayan
Mittal?, o acaso el buen burgués, temeroso de su “huella de carbono”, que se
gasta 20 mil pesos adicionales a su permiso de circulación creyendo que con
eso ayuda a “salvar” el clima está conciente de que su dinero termina
financiando la modernización de una industria en China, en Rusia o en la
India?.
Sin duda una situación ilógica.
Adicionalmente, se tiene que China, y la India, segunda y quinta economías
del mundo actualmente, son países “en desarrollo”, por lo cual no están
obligados a limitar sus emisiones pese a ser adherentes al “Protocolo de
Kioto”, de tal manera que para ellos el juego se limita a certificar
reducción de emisiones y recibir la plata regalada; ¡y …de qué manera!.
El abnegado esfuerzo Chino: China recurre al “Mecanismo de Desarrollo
Limpio” (modalidad Off-set) para eliminar su gigantesca producción de HFC-23
(tri-Fluor-Metano, CHF3), un gas sintético que tiene un “potencial de
invernadero” equivalente a 11.700 veces el del CO2.
Esto significa que con eliminar UNA tonelada de HFC-23 los chinos generan
“bonos” por 11.700 toneladas equivalentes de CO2 que luego salen a vender al
“mercado” de Kioto. Si se considera que el valor por tonelada de CO2 está
por los 12 dólares, se podrá imaginar la cuantía del negocio. El HFC-23 se
elimina quemándolo, y por este concepto los chinos se embolsan cientos de
millones de dólares.
Lo absurdo es que el HFC-23 en sí no vale para nada pues tan sólo es un
producto residual de la fabricación de un gas refrigerante el HCFC-22 (di-Fluor-Cloro-Metano,
CHClF2). Este refrigerante surgió con fuerza gracias al Protocolo de
Montreal que prohibió los CFCs (Cloro-Fluor-Carbonos) y en gran parte los
hizo sustituir por HCFCs, (presuntamente menos "dañinos" para el ozono, se
dice).
Esta descarada especulación China llega a ser grotesca si se piensa que ese
refrigerante se podría sustituir por otros, que los hay, y que los chinos
ganan un montón de plata exportando sus refrigeradores, hechos con la mano
de obra más eficiente, dócil y barata del mundo, y no contentos con eso, se
embolsan aún más gracias al Mecanismo de Desarrollo Limpio, por la quema del
gas residual, el HFC-23 (con el gentil auspicio de los gobiernos de Europa y
su “Protocolo de Kioto”).
China, “la última esperanza” en la lucha contra el cambio climático:
Actualmente, China es uno de los tres mayores productores de carbón del
mundo, y el primer consumidor con un 50 % del total mundial (inauguran una
central térmica por semana); más del 60% de la energía primaria del país se
origina del carbón con lo cual la mitad del carbón que se quema en el mundo
se esta quemando en China; unas 4 mil millones de toneladas/año (dato del
Der Spiegel, no necesariamente exacto), y con tecnología sucia.
Si debieran los chinos entrar en el “Anexo 1” (o sea, la lista de los ricos)
del “Protocolo de Kioto”, y aceptar por consiguiente la acotación de sus
emisiones de “gases de invernadero”, entonces su “tope” sería el
correspondiente, es decir, el total de emisiones que tengan al momento, tal
como lo hicieron los demás paises.
En ese caso ¿tendrán los chinos, de todos modos, un margen colosal de
posibles “reducciones de gases de invernadero” que podrán cobrar a cuenta de
los estultos gobiernos europeos?. Un escenario inconcebible, pero sería
estupendo negocio al fin, y los chinos ya tienen en construcción 24 nuevas
centrales eléctricas termonucleares. En su momento, podrían ir cerrando
gradualmente sus anticuadas termoeléctricas a carbón, y cobrando un chorrón
de dinero por eso.
Con todo, China se ha convertido en el primer fabricante mundial de
generadores eólicos y también de paneles solares. Claro que prácticamente
toda la producción la exportan, y así la “salvación del clima” es también un
estupendo negocio para ellos.
Quizá por eso sea que James Hansen, el fanático climatólogo de la NASA,
apóstol del “calentamiento global”, y con seguridad uno de los tres o cuatro
científicos vivos menos inteligentes del planeta, considera que “China es la
última esperanza” (en la supuesta “lucha” contra el “cambioclimático”).
El Negocio de Putin: Rusia fue el último país en adherir al “protocolo” en
2005 con lo cual este entró en vigencia. Acababa de sufrir uno de los
inviernos más crudos de su historia (lo que en Rusia es mucho decir, como lo
comprobaran en su momento, Napoleón y Hitler). Sin embargo, el país tiene
una industria pesada basada en carbón sucio que se caía de vieja y las
reservas de gas natural más cuantiosas del mundo, además de tecnología
nuclear. Con Europa empeñada en reducir su emisión de CO2, y dispuesta a
pagar por “bonos” de carbono, Putin conseguía un mercado gigante ávido de
gas natural (metano, al fin y al cabo, pero mucho más eficiente que el
carbón porque produce el mismo calor con la mitad de la emisión), con la
posibilidad de cerrar la llave cuando lo considerase necesario, un “cap”
(tope) de emisiones extremadamente alto y, en virtud de los MDL, una
fabulosa oportunidad de modernizar su vetusta industria pesada con dinero
regalado, también gracias al gentil auspicio de los gobiernos de Europa y su
“Protocolo de Kioto”. Adicionalmente, la cantidad de “bonos” que quedó en
manos de Rusia fue tal que bien podrían saturar el “mercado” y hacer
desplomar el precio, con lo que además la imaginaria “lucha” contra el
“cambio climático” quedó (por el momento al menos), bajo el arbitrio del Zar
de Rusia Sr. Vladimir Stalinovich Putin.
Así las cosas, parece que este Zar salió más aventajado que los anteriores.
(texto del recuadro) Epílogo: Los supuestos fundacionales del
“Protocolo de Kioto” carecen de base científica sólida, especialmente en lo
referido al bióxido de Carbono CO2. Este es efectivamente un “gas de
invernadero” pero de incidencia marginal en la temperatura de la atmósfera,
ya que lo verdaderamente relevante es la presencia en ella del vapor de
agua.
Adicionalmente no puede tenerse por “contaminantes” a gases inocuos, que
siempre han estado en la naturaleza y que son esenciales para la Vida. El
Vapor de agua tiene su ciclo, sobradamente conocido, mientras el CO2 y el
metano (CH4 ) son estadios transitorios en el ciclo del Carbono (que es el
ciclo de la Vida).
Por otra parte, las industrias que más CO2 emiten son justamente las más
determinantes para el desarrollo económico de los países; estamos hablando
de siderurgia (acero), cemento (concreto), generación eléctrica, transporte
y agricultura.
Limitar entonces, por algún arbitrio, la emisión de CO2, y olvidarse de los
verdaderos contaminantes, es poner trabas inútiles al progreso de la
humanidad.
Es por esto fútil y contraproducente perseverar en este empeño, lo que
garantiza a corto o mediano plazo el fracaso del absurdo “Protocolo de
Kioto”, del cual ya se anunció el retiro de Japón, y donde nunca estuvo
U.S.A. ni China ni la India, sino salvo para aprovecharse de él, estas dos
últimas potencias.
Sin embargo, igual se ha convertido en un negociado fabuloso y un campo
fértil para la especulación financiera, la corrupción y la proliferación de
burocracias parásitas, al amparo de la O.N.U. y sus organismos,
especialmente el desprestigiado I.P.C.C.
Con todo lo anterior se puede concluir que un presunto “mercado voluntario”
de bonos de carbono (las donaciones que se le piden a la gente común, en
abuso flagrante de su buena fe), no es más que fraude y manipulación.
José Manuel Henriquez P.
Ingeniero Forestal, Chile
Fuente: Atinalchile.cl

Anticipan gran
crecimiento de Argentina en el Mercado de Bonos de
Carbono, FESIPAL
La Fundación de Estudios e Investigaciones para América Latina (FESIPAL)
organizó la primera jornada sobre Cambio Climático y oportunidades de
negocio en el Mercado de Bonos de Carbono en el Hotel NH City de esta
capital donde se presentaron los resultados de la cumbre de Copenhague y se
analizó la estructura actual del mercado de carbono y las perspectivas a
futuro para el mundo y la región que muestran a la Argentina con grandes
chances de transformarse en un jugador destacado a futuro.
Carlos Magariños, ex Director general para el Desarrollo Industrial de la
Organización de las Naciones Unidas, fue uno de los principales oradores y
dijo que el Mercado de Bonos de carbono ha tenido “un crecimiento
exponencial desde 2006 a la fecha” y que en volúmenes negociados a escala
global, “este mercado operó en el ultimo año 127.000 millones de dólares, lo
que representa un tercio del PBI de la argentina”.
En su exposición, Magariños, aclaró que el esquema Europeo es el más
relevante, ya que representa dos tercios de los volúmenes de CO2 negociados
en todo el mundo y resaltó que “Latinoamérica tan sólo llega a operar con el
6% de la oferta mundial de bonos“.
En Sudamérica, agregó Magariños, “Brasil y México son los jugadores más
importantes en la región para el Mercado de Carbono y estimó que Argentina
se sumará a esos países gracias a las políticas públicas que se están
adoptando hoy desde el Gobierno Nacional”.
Nazareno Castillo, Director de Cambio Climático de la Secretaría de Ambiente
y Desarrollo Sustentable de la Nación y Vanina Mirasson del Fondo Argentino
de Carbono presentaron los resultados de la Cumbre de Copenhague y una
perspectiva de cómo los posibles resultados o políticas dictaminadas en la
COP 16 de México afectarán al desarrollo de los Mercados de Carbono.
Castillo aseguró que “sin la inclusión de Estados Unidos y China, los
objetivos propuestos en el protocolo de Kioto para la disminución de las
emisiones de gases de efecto invernadero, jamás podrán cumplirse“.
Por su parte, Vanina Mirasson, mostró un panorama con perspectivas positivas
para el mercado MDL en la región y en Argentina, en términos de proyectos
desarrollados y su capacidad para generar activos de carbono. Sólo en
Argentina, aclaró, se han presentado 39 proyectos de los cuales 8 pudieron
emitir bonos por una cifra de aproximadamente 3.636.000 toneladas de dióxido
de carbono.
La apertura del encuentro estuvo a cargo de Graciela Gerola, titular de la
Agencia de protección Ambiental de la Ciudad de Buenos Aires y Claudio
Zuchovicki, Gerente de Desarrollo de Mercado de Capitales de Bolsa de
Comercio de Buenos Aires.
Del evento también participaron comunicando experiencias, Ramiro Sosa
Navarro Economista Jefe PROSPECTIVA 2020, Ricardo Bocco, Gerente de
Planeamiento y Control de Gestión de Benito Roggio Ambiental, Gustavo Nudel,
Gerente de Servicios de Certificación de sistemas de Bureau Veritas y
Alberto Center Director de la Aceitera General Deheza que expuso un caso de
éxito sobre la generación de energía eléctrica a partir del residuo en la
producción de aceites de maní y girasol .
La jornada fue organizada por la Fundación de Estudios e Investigaciones
para América Latina (FESIPAL), una entidad sin fines de lucro que busca el
desarrollo, la generación y la adaptación del conocimiento en distintos
campos a fin de generar más oportunidades y equidad social en América Latina
Alejandro Katz, Director Académico de FESIPAL, aclaró que “la visión
ambiental de la Fundación es trabajar para equilibrar el Capital Natural, al
que definió como el activo conformado por los recursos renovables y no
renovables de manera de sostenerlos en equilibrio entre el presente y las
generaciones futuras”.
Fuente: Zona Norte Diario, 13/05/2010

Los Bonos de Carbono, poco atractivos para la
Argentina y otros países de la región.
Los países desarrollados quieren seducir al resto para que inviertan en
bonos de carbono, pero el bajo precio de esos títulos los hace poco
atractivos. La Argentina espera una mejora en la cotización de esos títulos.
Los 12 euros por cada tonelada de carbono que se promete ahorrar, no son un
valor seductor para que los inversores argentinos se decidan a ingresar
masivamente en el mercado de los bonos verdes, cuyo valor derrapó a la mitad
del que registraban antes de la crisis de 2008.
Sin embargo, los especialistas en este singular instrumento financiero
aseguran que seguirá recuperando paulatinamente su valor, para fortuna de
los casi trescientos empresarios locales que tienen algún proyecto ecológico
en ciernes.
Los certificados de reducción de emisiones acreditan que un emprendimiento
–por ejemplo una planta para producir biocombustible– efectivamente permite
reducir la emisión de gases que producen el efecto invernadero y precisa en
qué magnitud lo hará.
Los títulos emitidos a partir de ese aval le permitirán a su tenedor
recuperar parcialmente la inversión que realizó cuando lo venda. O le ayudan
a financiarla, si opta por descontarlo en entidad financiera, antes de
ejecutar el proyecto.
Esas chances son anzuelos básicamente dirigidos a los países en vías de
desarrollo, que mediante la venta del bono o su descuento bancario pueden
costear una parte de la inversión en un emprendimiento limpio.
Los compradores son empresas de los países desarrollados que están obligadas
por sus normas internas, o en virtud de acuerdos internacionales, a reducir
las emisiones contaminantes en cierta cantidad y plazo.
En otros términos: en su versión original –y sin considerar las ganancias
que esos papeles permiten obtener por su comercialización en el mercado
secundario–, los bonos de carbono le permiten a las naciones ricas comprar
su derecho a seguir contaminando, gracias a que en otros lugares del planeta
se invierte en emprendimientos beneficiosos para el medio ambiente.
Según estimaciones privadas, el mercado global de bonos de carbono hoy
moviliza poco más de 126 mil millones de euros y tiene epicentro en Europa,
ya que en los Estados Unidos sólo se desarrollaron hasta el momento algunos
mercados regionales en forma casi marginal.
Los consultores entendidos en el tema calculan que, de no haber mediado la
última crisis financiera, aquel monto hubiera trepado cómodamente por encima
de los 200 mil y hoy el valor de referencia para esos papeles (los 12 euros
por cada tonelada de carbono) estaría bastante más arriba.
El Reino Unido lidera cómodo el ranking de compradores, con un 39% de los
papeles en su poder, seguido por Italia, Japón, España y Portugal, en ese
orden.
Del lado de la oferta verde descuella China, que tiene más de mil proyectos
en ejecución, básicamente orientados a la reducción de gases fluorados, la
acción más eficiente desde el punto de vista ambiental.
La mitad de las transacciones de bonos de carbono están ligadas a algún
emprendimiento en el país asiático. China captura el 84% de los
certificados, tiene el 40% de las propuestas inversoras a financiar por este
mecanismo y, desde el punto de vista de los montos involucrados, le
corresponde la mitad del dinero que se moviliza en este mercado.
América latina tiene una participación marginal en este negocio y, por esto
mismo, presenta una gran potencialidad. El 42% de las iniciativas a costear
con los títulos ecológicos pertenece a Brasil, nación secundada por México,
con 17 por ciento.
FUENTE: Buenos Aires Económico, Agosto, 2010

Copenhague desparramó
incertidumbre en el mercado de los bonos de
carbono
La ONU aprobó 16 proyectos argentinos por valor de US$ 35 millones. Pero el
fracaso de Copenhage paró otras inversiones. Por Damián Kantor
Efecto invernadero. El Protocolo de Kyoto obliga a los países ricos a
reducir un 5,2% de gases tóxicos a los niveles de 1990.
A casi cinco años de su entrada en vigencia, el futuro del Protocolo de
Kyoto –que obliga a las naciones industrializadas del planeta a reducir la
emisión de gases contaminantes– es una incógnita. Tal incertidumbre se
trasladó al mercado del carbono, que mueve más de US$ 125.000 millones a
nivel global, y que impacta en la Argentina: la explicación es que son
varios los proyectos de inversión que apuntan a eliminar emanaciones
contaminantes, un negocio que ya factura US$ 35 millones al año. Pero las
dudas podrían frustrar muchos otros.
El causante de todo es la fracasada cumbre de Cambio Climático desarrollada
en diciembre en Copenhague, en la que se intentó profundizar el acuerdo de
Kyoto, suscripto por 186 países, que impone la reducción de gases de efecto
invernadero en un 5,2%, por debajo de los niveles de 1990. En realidad, son
las empresas de países ricos las que deben reconvertir sus fábricas o
invertir en procesos aprobados por la ONU en países como la Argentina, que
frenen el proceso de calentamiento global, a través de la compra de bonos de
carbono.
La fecha tope es 2012, pero Copenhague fracasó, principalmente, porque no
pudo extender el plazo más allá y porque la posición de los EE.UU., el mayor
contaminante del planeta, no lo suscribió. “Se generó un marco de
incertidumbre”, opinó Eugenia Magnasco, de la Secretaría de Medio Ambiente,
pero agregó que aún es muy pronto para sacar conclusiones. Para eso habrá
que esperar a 2012, “cuando por primera vez, los países firmantes del
protocolo tengan que rendir cuentas sobre los niveles de reducción
comprometidos”.
En concreto, el país tiene 16 proyectos aprobados por las Naciones Unidas,
que decide en última instancia el nivel de reducción de cada uno y su valor
(en bonos CER). Cada bono corresponde a una tonelada de dióxido de carbono,
cuyo valor de mercado se negocia hoy a US$ 16. Los números muestran el tibio
interés de las empresas argentinas por entrar en la onda verde, lo que
genera opiniones contrapuestas en las consultoras que operan en ese mercado.
“La Argentina tiene mucho potencial para generar proyectos, pero no hay
inversiones. El país, en este aspecto, está por debajo de Brasil, Chile,
Colombia y Perú”, explicó, con visión optimista, Francisco Ocampo, de
Ecosecurities, una firma comprada recientemente por el JP Morgan. “Estamos
muy lejos de ser uno de los grandes países receptores de proyectos”,
completó Nuria Zanzottera, de MGM, otra consultora comprada adquirida meses
atrás por Morgan Stanley. Sin embargo, añadió que “poco a poco se van viendo
avances”.
Esos lentos avances pueden traducirse en los siguientes datos aportados por
el Fondo Argentino de Carbono, la oficina que depende de la Secretaría de
Medio Ambiente, encargada del tema. Desde la entrada en vigencia el
Protocolo de Kyoto, el 16 de febrero de 2005, hubo 293 consultas concretas
sobre proyectos basados en tecnologías limpias. De ese total, sólo 37 fueron
aprobados a nivel local, es decir, aquellos que aún cuentan con chances de
generar certificados negociables, si es que la ONU les da el visto bueno.
De los 16 proyectos avalados por la ONU, la mayoría tienen que ver con quema
de gas metano en rellenos sanitarios: el CEAMSE, una sociedad mixta del
Gobierno porteño y el bonaerense que gestiona la recolección de basuras,
firmó varios acuerdos con empresas internacionales para captar y negociar
bonos de carbono. El más redituable, hasta ahora, es el que logró Frío
Industrias Argentina, una empresa de San Luis enfocada en la refrigeración,
que invirtió en la eliminación de gases HFC 23, cuyo potencial de
calentamiento es 11.900 veces mayor que el dióxido de carbono. En otros
términos, por cada tonelada de ese gas eliminada, la empresa recibe 11.900
bonos.
Las dos caras
Este es uno de los motivos por el cual el negocio atrajo el interés de
consultoras internacionales, certificadoras (empresas habilitadas por la ONU
para avalar proyectos) y operadores. Pese al fracaso de Copenhague, muchos
de ellos se muestran optimistas con el futuro del negocio en el país. “El
fracaso de la Cumbre del Cambio Climático se sabía, era esperable.
Naturalmente, eso pospone decisiones de inversión, pero no lo hace peligrar.
Es sólo una demora”, dijo a iEco Marcelo Iesi, de Price.
La esperanza es que las políticas que tiendan a disminuir el calentamiento
global, cuyas consecuencias aún se desconocen, los interesados creen que el
mercado de carbono llegó para quedarse. Y para crecer. “Algún tipo de
acuerdo habrá; si no es formal, como el Protocolo de Kyoto, será por afuera,
producto del avance de leyes internas, como pasa en los EE.UU. (que tiene
pendiente de sanción dos normas en ese sentido), que prevé la compra de
créditos de carbono”, sentenció Ocampo, de Ecosecurities.
Muchos creen que será difícil reflotar el acuerdo de Kyoto. De lo que sí
están convencidos es del avance de lo que llaman el “mercado voluntario”, en
vías de conformación, que fortalecerá la demanda de proyectos basados en
tecnologías limpias.
Más pesimista, un broker aseguró que la incertidumbre que existe hoy quizás
afecte a la demanda, y a los precios. “Muchas empresas, después de
Copenhague, desconoce el valor de sus activos (bonos). Pero está el mercado
voluntario. Y también hay muchas empresas que, por cuestiones de marketing o
para lavar su imagen, promueven la ecología. Son factores que impulsarán la
demanda”, dijo.
El Banco Mundial, que cuenta con US$ 2.500 millones destinados a frenar el
cambio climático, es la contracara. En diálogo con iEco desde Washington,
Eduardo Dopazo, ejecutivo de la entidad, explicó: “Después de Kyoto, el
mercado crecerá más y la prueba es que nosotros seguiremos apostando
fuertemente a esos proyectos. Existen dudas en los actores del mercado. Sin
embargo, estamos a la búsqueda de fondos frescos, estamos cerrando
operaciones, y muchos son para participar después de 2012”.
Fuente: IECO-Clarin, 24/01/2010

Costo-beneficio:
la conveniencia de entrar al mercado de carbono. Por Fabián Gaioli
Los proyectos que contribuyen a reducir las emisiones de gases de efecto
invernadero (GEI) pueden beneficiarse del fondeo que brinda el mercado de
carbono. Dichos flujos surgen de los compromisos obligatorios asumidos por
los países industrializados en el marco del Protocolo de Kyoto o por las
acciones voluntarias emprendidas por Estados, empresas o sectores que no
están alcanzados por las obligaciones de Kyoto o por cuestiones de imagen
corporativa. En ese sentido, existen dos mercados, el regulado por Kyoto y
el voluntario. La diferencia radica en el precio a obtener por esos bonos.
En Kyoto, cada bono vale aproximadamente US$ 15 dólares, mientras que en el
mercado voluntario es del orden de una tercera parte de ese valor.
Una pregunta muy frecuente que surge es la conveniencia o no de entrar al
mercado de carbono. La pregunta tiene sentido porque no todo proyecto que
reduzca emisiones de GEI tiene posibilidades de reclamar bonos o, de
tenerlas, puede que resulte inviable gestionarlas debido a los altos costos
de elaborar un proyecto de estas características. Hay que evaluar la
inversión adicional necesaria, los costos de monitoreo para dar cuenta de
las reducciones de gases, los costos de gestión del proyecto asociados a las
auditorías para la aprobación del proyecto, los gastos en consultoría, entre
otras cosas.
La experiencia ha mostrado que los proyectos presentados son los de más bajo
rendimiento en términos de la relación costo-beneficio. En cambio, tienen un
margen mayor de efectividad los proyectos que reducen emisiones de GEI con
mayor potencial de calentamiento global, tales como el metano, óxido nitroso
y otros gases sintéticos. El metano, por ejemplo, tiene un potencial de
calentamiento global 21 veces mayor que el del dióxido de carbono
(convencionalmente tomado como la unidad). Esto significa que la reducción
de la emisión de una tonelada de metano equivale a 21 toneladas de CO2
abatidas. Ese efecto multiplicador potencia el volumen total de bonos a
obtener.
Para tener una idea de las escalas, comparemos algunas actividades con
potencial de reducción de emisiones de GEI. Digamos que ese valor ronda los
US$ 100.000 para proyectos de pequeña escala. Dos ejemplos: la sustitución
de combustibles o cambio tecnológico en automotores requeriría de una flota
muy grande de vehículos, más de la que suelen tener individualmente las
empresas de transporte público. Y la generación de energía a partir de
fuentes renovables necesitaría considerar una capacidad instalada tan grande
que permita compensar, además, el bajo valor de venta de la energía a la
red.

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El
negocio de limpiar el aire, Damián Kantor
Son empresas que invierten para eliminar la polución. A cambio obtienen los
llamados "bonos de carbón", que venden a compañías de países que contaminan.
El CEAMSE picó en punta.
Soplan nuevos vientos en estas tierras, más sanos y purificados. Esa
corriente viene de Kyoto, Japón, y nació el 16 de febrero, día en que entró
a regir el Protocolo de Kyoto, un acuerdo de alcance mundial para reducir la
emisión de gases contaminantes. Como el mecanismo contiene pautas que
permiten hacer negocios en países pobres, como la Argentina, varias
empresas, nacionales y extranjeras, ya estudian cómo sacarle provecho.
El Protocolo establece el compromiso de gobiernos de 35 países ricos de
reconvertir sus industrias para frenar el cambio climático. La idea es que
recorten la emisión de gases en un 5,2% por debajo del nivel de 1990. Pero
esas empresas pueden cumplir en cualquier lugar del plane ta. O comprar
créditos o bono de carbono de países que superen las metas exigidas. Esto
abrió un mercado de compra y venta de títulos, que en la actualidad cotizan
entre 5 y 7 dólares la unidad.
Con la mira puesta en ese negocio, el CEAMSE, una sociedad estatal (que
depende de los gobiernos porteño y bonaerense) a cargo de administrar los
residuos recolectados en el área metropolitana, firmó contratos con tres
empresas, que pretenden obtener certificados para venderlos. Esos bonos de
carbono los otorga las Naciones Unidas a quienes demuestren nuevas
inversiones en tecnologías menos contaminantes de gases perjudiciales, como
el dióxido de carbono.
Precontratos
El propio presidente del CEAMSE, Carlos Hurst, confirmó a Clarín las
negociaciones, y reveló que los contratos fueron firmados con Van Der Uiel,
de capital holandés, la canadiense Conestoga-Rovers & Associates, y con una
joint venture conformada entre ASJA (italiana) e IMPSA, del grupo Pescarmona.
La inversión comprometida para la próxima década, en total, es de alrededor
de 35 millones de dólares, que serán destinados, entre otras cosas, a la
construcción de plantas en los rellenos sanitarios para tratar o quemar gas
metano. Cualquier vía se premia con bonos.
Hurst asegura que los del CEAMSE "son de los primeros contratos firmados en
el mundo" desde que entró a regir el Protocolo de Kyoto, y en uno de ellos,
sólo resta una etapa: que la ONU certifique la cantidad de gas que se va a
eliminar. "Para el CEAMSE no hay costo y se queda con un porcentaje de los
bonos. Las compañias se hacen cargo de la instalación de las plantas y del
tratamiento del gas", dijo.
En ese sentido, Hurst, además, agregó que están adelantadas las tratativas
para cerrar acuerdos similares con el grupo Roggio y Tecna, una firma
nacional, para invertir en otros rellenos sanitarios a cargo del CEAMSE.
Estudios de gases
Fernando Canzani, de Eco Securities, una consultoría especializada en el
tema, explica que el mecanismo se aplica sólo a las nuevas inversiones. "Se
realizan estudios para determinar el nivel de reducción de gases. Se hace
una presentación en la ONU, y si el organismo lo aprueba, entrega los
certificados", señaló.
En síntesis, para saber si el negocio es viable, una empresa debe tener en
cuenta lo siguiente:
Cuando se planifica una inversión contemplando el uso de tecnología limpia,
se debe realizar un estudio de factibilidad, que cuesta entre 50 y 150 mil
dólares según su complejidad, para establecer con exactitud el nivel de
reducción de emanaciones de gases que produndizan el efecto invernadero.
Si el proyecto resulta rentable, luego debe superar la inspección de
expertos para que lo certifiquen. En última instancia, es la ONU el que lo
debe aprobar.
De acuerdo con el dictamen final, la empresa recibirá por cada tonelada de
carbono reducida un bono por año durante un lapso de hasta una década.
La rentabilidad, entonces, depende del volumen de ahorro, y su
perdurabilidad. Canzani estima que "con el precio actual, un buen proyecto
eleva la tasa de retorno de inversión entre un 10 y un 30% anual". Pero
resalta que hay otros gases que cotizan más, porque eliminar una tonelada de
metano —como los producidos por los rellenos sanitarios— equivale a 23
toneladas de carbono.
Aunque no se pudo confirmar, varias fuentes aseguraron a Clarín que son
muchas las empresas que tienen en carpeta invertir con la mira puesta en lo
firmado en Kyoto. Entre otras, mencionaron a Repsol, Shell, Capex y Aluar.
Un vocero de esta última empresa, al ser consultado sobre el tema, no lo
desmintió. "No hay novedades", se limitó a decir sin dar detalles.
De todas maneras, se sabe que en las gerencias financieras se la pasan
haciendo cálculos. En algunos casos, especialmente en inversiones chicas,
los números no dan por los costos de los estudios previos de rigor. Así pasó
en Nidera, una empresa agroexportadora. Alejandro Benvenutto, de esa firma,
explicó: "Encargaron un estudio de prefactibilidad, y no nos convenía".
En cambio, otro proyecto de Olavarría viene bien perfilado, y también tiene
que ver con la basura. La idea es similar a la del CEAMSE. Sus responsables,
Gabriel Blanco y Estela Santalla, de la facultad de Ingeniería de esa
localidad bonaerense, aseguran que "la iniciativa está en la etapa final de
certificación, y consiste en captar gas metano para quemarlo o venderlo con
el fin de eliminar contaminación".
Según Blanco, "con lo que nos va a ingresar en bonos de carbono recuperamos
la inversión (unos 120 mil dólares), los costos operativos (15 mil dólares)
y nos sobra alrededor de 70 mil dólares para implementar un programa social
en la ciudad".
Y dijo también que cerraron un acuerdo con el Banco Mundial, que puso parte
del dinero para poner en marcha el proyecto. "Ellos nos dieron un adelanto,
con el que cubrimos aproximadamente el 50% de la inversión, y realizarán
desembolsos parciales en un plazo de 6 a 7 años".
Fuente: Clarín, Económico, 27 marzo de 2005
"Ellos tienen fondos, pero no proyectos"
Damián Kantor.
Savino, el secretario de Ambiente, justificó así la creación del Fondo Argentino de Carbono. "Nuestra intención es atraer inversiones", dijo.
Para el Gobierno, el primer año de vigencia del Protocolo de Kyoto es promisorio para la Argentina, pero el futuro es incierto. Este es el balance que hicieron a pedido de Clarín el secretario de Ambiente, Atilio
Savino, y el titular del Fondo Argentino de Carbono, Hernán Carlino, los funcionarios encargados de recibir y evaluar los proyectos presentados en el país para acreditar bonos de carbono.
-Muchos dicen que el Protocolo es insuficiente para frenar el deterioro. Y
EEE.UU, el país más contaminante, no lo ratificó.
Atilio Savino: De los países grandes, los únicos que no ratificaron el Protocolo son los EE.UU. y Australia. El resto, todos lo ratificaron.
-¿EE.UU. puede cambiar?
AS: Hay dos lecturas, si uno se queda con la foto de negarse a ratificar el Protocolo... Yo creo que hay que mirar qué pasa adentro. La primera vez que votó el Senado, el resultado fue 97 a 0. Hoy, la mitad estaría dispuesta a apoyarlo. Hay empresas que se comprometieron a reducir la emisión de gases y a usar energías limpias. Hay Estados que aprobaron leyes parecidas al Protocolo.
-¿Quiénes presentan estos proyectos? ¿Consultoras, bancos especializados?
Hernán Carlino: Los presentan las empresas que quieren desarrollar la actividad para eliminar contaminación. Puede ser una empresa, una institución, un municipio, una provincia, etc...
-¿No hay gestoras?
AS: La consultoras pueden colaborar en formalizar el proyecto. Porque hay una serie de metodologías para determinar las reducciones de gases y cómo se convierten a dióxido de carbono. Por ejemplo, en caso de los rellenos sanitarios, lo normal es captar metano y quemarlo. Existe una metodología que determina cuanto metano es quemado y como se expresa en dióxido de carbono para cobrar los bonos.
HC: Hay dos instancias de consultoría, la que contribuye a generar el proyecto y la que realiza la auditoría de ese proyecto. Estas últimas están inscriptas en Naciones Unidas.
-De los 6 proyectos aprobados en el país, ¿todos tienen que ver con la quema de metano?
AS: No. Además de los rellenos sanitarios, hay un proyecto de eficiencia energética y un proyecto de energía eólica.
-Los fondos para pagar los bonos los pone la ONU?
AS: No, el dinero lo ponen los compradores.
-O sea las empresas que tienen que cumplir con lo establecido en el Protocolo.
AS: Las empresas o las naciones.
-¿Por qué una empresa tendría hoy la necesidad de adquirir estos bonos?
HC: Los países son los que tienen compromisos, pero no son los Estados los que emiten gases contaminantes sino las empresas. Entonces son los Estados los que obligan a las empresas a cumplir. Las empresas pueden comprar ahora los bonos o más adelante.
-¿Más adelante es más caro?
HC: Podria haber una tendencia a que esos bonos suban, aunque es difícil hacer una estimación. Dependerá de la evolución de las economías, de los compromisos que ya adquirieron. España, por ejemplo, venía desacomodado, pero 2005 fue un año sequísimo, disminuyó el uso de energía eléctrica y quemó más carbono y ahora quedó mejor.
-El año pasado se podían comprar a 4 dólares. Hoy están a más de 9
HC: No hay un valor de un mercado, dependerá de la capacidad que uno tenga para negociar.
AS: En Europa llegó a valer 30 euros, hoy creo que están a 25.
-¿Es un precio especulativo?
HC: Es un mercado a futuro.
AS: Uno hace la cuenta fácil: tengo 2,5 millones de toneladas, lo multiplico por diez y listo. Pero nadie paga el total del contrato.
-El Banco Mundial está muy activo con este tema ¿no?
AS: El fondo más grande, en lo que hace a volumen, es el del Banco Mundial.
-¿Cómo es la operatoria?
AS: Ellos concentran fondos de los países que están necesitados. Tienen más de 2.000 millones de dólares de disponibilidad. Estos fondos tienen
mucha plata, pero no proyectos viables.
Fuente Clarín Económico,
Enero 2006

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