PRIMERA APROXIMACIÓN AL CONCEPTO DE SOLIDARIDAD, Leonardo Sequeiros

Ante las situaciones terribles hay dos posibles actitudes excluyentes: la actitud del silencio, del olvido y de la ceguera, y la actitud de la solidaridad.  Pero, dentro de este contexto internacional, ¿qué es la solidaridad?

En una primera aproximación, la palabra solidaridad remite al desarrollo personal y grupal de una serie de valores que hacen que individuos y sociedades se aproximen, no sólo de forma intelectual, sino sobre todo de forma práctica, a otras situaciones humanas desfavorecidas con ánimo de ayudar a superarlas.  Esta ayuda no es beneficencia sino ayuda que va a atacar las raíces que generan la injusticia.  Esta ayuda no es voluntarista sino que se inscribe en proyectos de solidaridad bien planificados y consensuados por ambas partes.  Esta ayuda no es individual sino promovida, organizada y evaluada por grupos, asociaciones y organizaciones.

Pero ¿qué puede hacer un ciudadano por remediar estos problemas mundiales que nos superan?  Cuando se habla de solidaridad es necesario tener muy claro quién es el sujeto de la solidaridad, respecto a quiénes se ha de ser solidario, y cuáles son, los problemas que exigen una acción solidaria.

En esto hay que diferenciar siempre el planteamiento que se hace desde una situación adulta y el planteamiento didáctico que se hace para educar en la solidaridad.  El planteamiento didáctico implica que hay que reelaborar estos tres elementos (sujeto, objeto y problemas) acomodado a la edad y condición del educando. 

a)      El sujeto de la solidaridad: es el que realiza la acción solidaria.  Puede ser: el individuo, las instituciones civiles (asociaciones, Organizaciones no gubernamentales (ONG), grupos religiosos o grupos políticos).  El sujeto que realiza una acción solidaria es aquel que se considera con unos recursos (humanos, económicos, religiosos, políticos) que pueden ayudar a otros a salir de su situación.  Hoy se tiende a potenciar la imagen del sujeto colectivo de la solidaridad.  Las acciones solidarias individuales pueden ser muy testimoniales pero a la larga ineficaces y con frecuencia caen en 1 mero asistencialismo que no genera la liberación del objeto de la solidaridad.

b)      El objeto de la solidaridad: se puede ser solidario a niveles muy diferentes: con un familiar, con un amigo, con un vecino, con un paisano, con un barrio, con una ciudad, con una región, con una nación, con un grupo de naciones, con una raza, con un grupo humano que está desfavorecido con respecto a otros... El objeto último de la solidaridad debería ser la comunidad internacional, y llegar a hacer una realidad el dicho pensar globalmente y actuar localmente.  Se amplían los círculos concéntricos de interacción, construyendo un mapa complejo de interacciones que abarca todos los problemas del mundo.  Desde el punto de vista didáctico, habrá que ir desde los grupos humanos más cercanos a los más lejanos. 

c)     Los problemas sobre los que ejercer la solidaridad son muy variados y de rangos muy diferentes.  Lo primero que llama la atención es la amplitud, extensión y diversidad de los problemas que hoy en nuestro mundo demandan solidaridad.  En general, son todos los generadores de exclusión de personas o grupos: la pobreza, la salud, la educación, las libertades, los derechos humanos, la participación, el uso de la tierra, la propiedad de los recursos naturales, los sistemas de valores... En cada uno de los países del Sur revisten peculiaridades que merecen atención especial.  A pesar de tener diferentes manifestaciones, todos estos problemas tienen un origen común: el egoísmo y la insolidaridad del conjunto de las personas que mantienen una posición de privilegio (social, económica, laboral, o política...) a la que no piensan renunciar.  Los educadores, en muchas ocasiones, no son conscientes de esto. 

d)      Las acciones solidarias: son muchas y muy variadas las acciones que   pueden realizarse, sobre todo a través de grupos, y que incidan en la solución o alivio de los problemas de grupos humanos.  Por lo general, las ONGD (Organizaciones No Gubernamentales para el Desarrollo) mantienen y sostienen programas y proyectos de desarrollo humano sobre los problemas más graves y relevantes tocantes a la salud, la educación, los derechos humanos, la agricultura... Más adelante se tratarán estas cuestiones más específicamente.
Todos podemos ser sujetos y objetos de la acción solidaria.

Si
bien se identifica el sujeto como aquel que no posee los recursos -posición predominante que se observa sin dificultad en los países desarrollados con respecto a los empobrecidos - y al objeto como aquel que necesita la acción solidaria, es posible pensar que todos podemos ser sujetos u objetos de dicha acción, en función de las circunstancias.

Ámbitos de Desarrollo de Acciones de Solidaridad
Desde el punto de vista práctico hay que tener en cuenta que hay muchos niveles diferentes en los que poner en práctica la solidaridad.  Lo cual no debe hacer olvidar el objetivo último al que se dirige toda acción solidaria.  Desde el punto de vista didáctico, los que se educan deben recorrer un proceso de sensibilización, análisis y acción solidaria desde los niveles más cercanos a los más complejos y lejanos.

 

Ámbitos de Problemas y Soluciones: Solidaridad Personal y de  Grupos

Solidaridad familiar: La que se establece entre dos familiares (padres-hijo, hermanos, primos ...) Problemas de convivencia, de niveles económicos, políticos, de salud ... Compartir como solución.

Solidaridad amistosa: La que se practica entre amigos.  Compartir lo que se tiene, oír al otro.

Solidaridad vecinal: La que se realiza entre vecinos.  Ayudar en lo que se puede a través de las Asociaciones vecinales u otras organizaciones.

Solidaridad interpersonal: La que se practica entre personas que no son familiares ni amigos.  Relación indiferente.  Se realiza y expresa en la convivencia, el trabajo, etc. 

Solidaridad laboral/ obrera: La que se practica entre compañeros de  trabajo u oficio. Sindicatos y otras asociaciones.

Solidaridad ciudadana: La que existe entre vecinos de¡ mismo barrio. Las soluciones vienen por Asociaciones de Vecinos, relación directa, campañas ciudadanas...

Solidaridad urbana: La que existe dentro de la misma ciudad o barrio. El Municipio debería ser el ámbito de solución.  También las Asociaciones vecinales.

Solidaridad interurbana: La que hay entre dos ciudades.  Soluciones municipales, autónomas y políticas.  A través de movimientos sociales.

Solidaridad intercultural: La que existe entre culturas diferentes.  Problemas de inmigrantes, de xenofobia, de incomprensión, de racismo.  Asociaciones civiles (Asociaciones de Derechos Humanos ...etc. )

Solidaridad regional: La que practica una región con otra.  Federalismo asimétrico.  Problemas de deuda Histórica. Soluciones políticas a través de los parlamentos regionales y pactos de Estado (Solidaridad lnterregional).

Solidaridad nacional: La que existe entre los habitantes de la misma nación.  Soluciones políticas (Parlamentos) y también de Asociaciones (Derechos Humanos, Iniciativas ciudadanas...)

Solidaridad interclasista: La existente entre miembros de clases sociales diferentes.  Soluciones de Asociaciones de Convivencia.  Potenciación de tramas sociales.

Solidaridad interreligiosa: La existente entre religiones  diferentes. Soluciones Políticas y también por  Asociaciones civiles y religiosas.

Solidaridad internacional:  La que debería existir entre países ricos (el Norte) y los del Sur (Tercer Mundo).  ONGD, Asociaciones, campañas  

 

La necesidad de una Construcción Cultural 

Nuestra sociedad tiene una enorme capacidad para asimilar y banalizar la enorme carga de información que nos llega a través de los medios de comunicación social.  Se asiste sin conmoverse al triste hecho del hambre sin que por ello la voluntad se mueva a cambiar los hábitos de comportamiento.  Es muy difícil generar actitudes solidarias en los ciudadanos.  Entre estas actitudes solidarias debería estar la renuncia al disfrute de algunos de nuestros mal llamados «derechos» de los países ricos.  Hoy, ser solidarios va muchas veces en contra de nuestros interesas personales o de país. 
Urge la extensión de una nueva cultura, de una nueva sensibilidad, de unos nuevos valores.  En definitiva, de una nueva ética.  Hoy es necesaria una ética de la solidaridad de modo que los fuertes se solidaricen con los débiles.  En el modelo de la primera solidaridad (de que hablamos mas arriba) eran los débiles (la mayoría) los que se solidarizaban entre sí contra los fuertes (la minoría).  En el segundo modelo de solidaridad, eran los débiles del primer mundo los que deseaban tomar parte del festín de los ricos (que no son una minoría en los países desarrollados). 
En el tercer modelo de solidaridad se propone desde el Norte, ayudar a los pobres (el Sur) a resolver sus problemas en contra de los intereses de los fuertes.

 

Dos Elementos Básicos de la Cultura de la Solidaridad              

La llamada cultura de la solidaridad, tal como la queremos entender aquí, tiene dos elementos básicos insustituibles:

La solidaridad internacional.  La conciencia del mundialismo y la Aldea Global debe traducirse en una mayor sensibilidad hacia los problemas internacionales.  Romper el miedo a la pérdida de «algo nuestro» para llegar a un más amplio «nosotros».  Es necesario llegar a pensar globalmente y actuar localmente pues todo en nuestro mundo tiene que ver con todo.
La solidaridad con los pobres. «El proceso del desarrollo y de la liberación se concreta en el ejercicio dé la solidaridad, es decir, del amor y servicio al prójimo, particularmente de los más pobres» (escribe Juan Pablo 11 en la Sollicitudo Rei Socialis, n.9 46, con unas palabras que pueden ser asumidas perfectamente por los no creyentes solidarios).  La cultura de la solidaridad implica una atención especial a los más desfavorecidos: lo que se llama  ampliamente el mundo de los pobres, los marginados, los excluidos, los desfavorecidos, los del Tercer Mundo, los del Sur pobre.
Esa solidaridad debe manifestarse en niveles muy diferentes de compromiso (desde la aportación económica a la participación en actividades gratuitas de voluntariado"), desde la participación individual y/o espontánea a la acción organizada a través de las ONG para desarrollo.

 Cuatro Dimensiones de la Cultura de la Solidaridad
Vistos los dos elementos anteriores (internacionalidad y compromiso con los pobres), ¿en qué ámbitos es necesario concretar la cultura de la solidaridad?  Esta cultura tiene cuatro dimensiones que no se pueden separar unas de otra 

I -Personas solidarias. La cultura solidaria sólo puede nacer de un nuevo modo de vivir, de satisfacer las necesidades propias y de relacionarse con los demás.  Es una nueva ética de las relaciones humanas, del estilo de vida, del no consumismo.  Es el «estar con» no sólo con la mente sino sobre todo con la vida y el corazón.  Desde el punto de vista didáctico, es necesario educar para otros valores que den sentido a la propia vida y que no se basen en el individualismo, la competitividad y el «tener». 

II- La solidaridad en los ambientes.  Este nuevo modo de vivir debe concretarse en nuevas formas de relacionarse con los demás en los ambientes inmediatos (familia, trabajo, barrio, ciudad, amigos, asociaciones, participación ciudadana...). Es lo que se llama actuar localmente.  Se trata de ir articulando un nuevo tejido social que vaya creando gradualmente una mentalidad solidaria, altruista, sensible y abierta.

III- La solidaridad en el Mercado. No se podrá avanzar si esas nuevas actitudes no se reflejan en cambiar las estructuras insolidarias de la sociedad (explotación económica de tipo capitalista, desigualdad, empobrecimiento consentido, marginación provocada...)
Esta solidaridad no se basa sólo ni principalmente en «dar» un dinero, sino en trabajar para transformar las estructuras generadoras de insolidaridad. Y eso no es tarea individual sino obra de los movimientos sociales emancipadores: las ONGD, las asociaciones solidarias, los colectivos, partidos y sindicatos.
 

IV- La solidaridad en el Estado. Esta solidaridad debe traducirse en apoyar la consolidación de los valores de la democracia, la participación crítica en el tejido social, la intervención social nacida de una reflexión sobre la práctica y unos principios de acción libremente asumidos.  La función del Estado no es sólo procurar la sociedad del bienestar para los ciudadanos, sino favorecer la igualdad entre ellos, la nivelación social y la justicia armonizando las exigencias nacionales con las internacionales.

 

 

   ¿Qué ES la Solidaridad? ¿Q NO ES la Solidaridad?, Cecilia Dockendorf

Pocas palabras parecen tener tan amplio abanico de acepciones, connotaciones, usos y significados como solidaridad. Se suma a ello la gran carga afectiva que conlleva el término, puesto que dice relación con valores, actitudes y experiencias humanas muy básicas; con objetivos y aspiraciones profundos y complejos que impiden una actitud indiferente ante la palabra.
Las voces que aquí se expresan nos permiten hacer un recorrido por la enorme complejidad que el concepto encierra. Sin pretender agotar sus múltiples acepciones ni hacer una pesquisa etimológica, como tampoco un seguimiento histórico de sus usos, intentaremos asomarnos a esa multiplicidad de significaciones.

1. SOLIDARIDAD ES:
Una manera inicial de orientarnos en el mundo de la solidaridad es siguiendo algunas distinciones que hacen las personas con quienes conversamos. Lo primero que revelan es que no hay una, sino varias solidaridades.
Una primera distinción se establece entre solidaridad de vida, solidaridad económica y solidaridad política. Un miembro de una organización poblacional nos habla de la primera, la solidaridad de vida: Hay una solidaridad de vida, por ejemplo entre la gente sencilla, ellos viven la solidaridad; su cultura tiene rasgos solidarios. Son rasgos solidarios muy sencillos, como compartir una taza de azúcar. Otro ejemplo de solidaridad de vida es cuando alguien te dice.. Yo te pago el micro.
La solidaridad económica, en términos de un funcionario de una Organización no Gubernamental (ONG), es la solidaridad que la gente tiene con los sectores necesitadas. Es un tipo de solidaridad que de alguna forma redunda en una transferencia financiera a través principalmente de campañas.
Muchas veces llama la atención la gran cantidad de campañas de recaudación de fondos que hay. Son símbolos pequeños que muestran que hay una cierta cultura de aportar.
Esta cierta cultura de aportar aparece, sin embargo, desde otra perspectiva, como una solidaridad puntual, circunstancial, opuesta a una solidaridad más permanente, como norma de vida.
Una joven opina. La solidaridad material existe, pero a veces se necesita solidaridad en compromiso, ayuda moral, en hacer cosas.
Hay una solidaridad puntual, coyuntural, frente a cuestiones concretas, pero no es una norma de vida. Por ejemplo, hay un asalto en la calle y nadie ayuda; se trata de c osas muy diarias: nadie da el asiento en los micros a las mujeres embarazadas.
Se da más la solidaridad en situaciones catastróficas. Existe una visión compartida en destacar una solidaridad que podría llamarse de catástrofes. Desde las más graves: terremotos,
inundaciones, incendios, hasta enfermedades, accidentes y situaciones de emergencia,
Escuchamos decir a una profesional: En momentos de mucha privación hay gente que es capaz de dar sangre ,que es capaz de juntarse aunque uno piense blanco y el otro negro, para enfrentar una situación así, que es de vida, una situación límite. Por eso creo en esta solidaridad de catástrofe, donde se caen las barreras, fundamentalmente las ideológicas, y uno descubre que la solidaridad puede ser claramente una cuestión que te asegure la vida.
Otras voces concuerdan: Este es un país de problemas, pero salimos adelante porque en cualquier momento que hay una desgracia estamos bien unidos .Siempre que hay una desgracia grande, como una inundación, un incendio o cosas así, llega enseguida la ayuda.
Desde una perspectiva más exigente, mucha de esta solidaridad aparece como una reacción emotiva, una respuesta de catástrofe inmediatista y masiva".
Una trabajadora social así lo expresa: Solidaridad se asocia a respuestas muy inmediatas; me parecen respuestas que calificaría de inmediatistas y masivas, pero que no calan hondo.
Me gustaría saber qué pasa en las personas que respondieron muy rápidamente al llamado, qué pasa en relación a interesarse más por la vida de las personas a las que ayudaron. Hay mucha reacción emotiva, hay respuestas a una motivación y conducción liderada, no hay una experiencia más enraizada. Falta comprensión y falta vivencia.
Las distinciones se multiplican a medida que recogemos lo que la gente tiene que decir.

Algunos ejemplos de solidaridades:

Solidaridad irremediable: Desde el punto de vista del estado la solidaridad es irremediable, esto es, acciones en vivienda, salud, educación, asegura un dirigente poblacional.

Solidaridad de beneficencia: Es ese interés colectivo y masivo de participar en acciones sin fines de lucro, en iniciativas privadas solidarias, como el Hogar de Cristo, la Corporación por la Lucha contra el Cáncer, los niños quemados y tantas otras, opina un funcionario público. Otra voz destaca, asimismo, la labor de las instituciones de beneficencia: Hay instituciones que estoicamente han venido haciendo acción solidaria, como la Cruz Roja, el Club de Leones, el Rotary; la han venido haciendo por años.

Solidaridad obligada o estrategia de sobrevivencia: Frente a la solidaridad de beneficencia, que es voluntaria, aparece una solidaridad como necesidad impuesta en personas que no tienen otra solución, o si no se mueren de hambre. Hay un sector que quedó excluido del sistema de gobierno, aquellas personas que no sobreviven si no ejercitan cierto
entrenamiento para poder conseguir las cosas mínimas y que algunos han llamado solidaridad, pero que mejor llamémosle estrategia de sobrevivencia.

Solidaridad horizontal y solidaridad vertical: Hay una visión común de que es más fácil la solidaridad entre miembros de un mismo sector social.
Una comunicadora social explica: Existe un tipo de solidaridad en nuestro país que es horizontal, esto es, los de clase media se unen con los de clase media y los ricos con los ricos. Pero el problema es la solidaridad intersegmentos o interclase; cómo decirle a la gente que tiene que colaborar entre segmentos distintos.

Solidaridad de asistencia y solidaridad de promoción: Un artista distingue detrás de la solidaridad dos tipos de movimientos.. uno que tiene un sentido asistencias, de misericordia con el abatido y que, en general, es paternalista. Pero yo pienso que cuando uno está absolutamente abatido necesita que lo lleven a la Asistencia Pública o que le den comida.
Siempre es necesario este tipo de solidaridad. El otro sentido de solidaridad es el que implica una inquietud por ayudar a los demás, por promover su organización. Es la solidaridad que ha estado detrás de las personas de izquierda. También este sentido de solidaridad es válido, y me preocupa bastante que pueda estar quedando desarticulado y desautorizado.

Solidaridad como liberación popular: Para algunos miembros de un grupo de jóvenes que trabajan en recreación, la solidaridad es parte de una propuesta en la que el factor solidario de nuestro pueblo es importante en el sentido de liberación que nosotros tenemos que tener como pueblo. Esta palabra motiva a la gente, que la gente se una; esta palabra es parte de una propuesta liberadora.

Solidaridad de cuidado, femenina: En un grupo de mujeres profesionales pertenecientes a distintas organizaciones solidarias se discutió ampliamente en torno a qué es realmente la solidaridad. Entre los diferentes componentes que destacaron estaba el de cuidar a la gente, cuidar a las personas; a mí lo que me gusta es la palabra "cuidar".
Y agregaron: En seminarios sobre temas económicos, nuestros administradores se han sorprendido al saber lo que hacen los japoneses en sus empresas: cuidan a la gente, la cuidan en el sentido que la tratan bien, la tienen cómoda. El trabajador que se cansó puede ir a descansar, no tiene que pedir permiso porque se supone que si . él está cansado es necesario que descanse y ellos tienen una persona que lo reemplaza mientras él va a descansar.
Aclararon que: Cuidado tiene una dimensión femenina, tiene ese toque femenino de dar atención, de hacerle una atención a la gente. Las mujeres son mucho más preocupadas por los demás.
Son como intermediarias, están atentas a las necesidades de los demás. Desgraciadamente el espacio público y las relaciones laborales aquí no han incorporado esa dimensión femenina. Refiriéndose al país en general, dijeron: cuando tenemos tanta gente viviendo en las condiciones en que están, no estamos, como país, cuidando a nuestra gente. Y concluyeron: El cuidado implica personas concretas que uno integra al círculo de gente de quien uno tiene que preocuparse.

Solidaridad internacional: Un empresario la define como: Las ayudas de muy buena voluntad recibidas en el extranjero, recibidas durante todos los años de dictadura, que incluso en algunas partes fue indiscriminado. En opinión de un observador crítico, Argentina ha recibido bastante solidaridad financiera y política, pero no hay que sentirse ofendidos, somos buenos para recibir solidaridad, pero con poca capacidad de devolver o ser solidarios con otras causas políticas en otros países.

Solidaridad religiosa: Muchas organizaciones solidarias han nacido con el apoyo de iglesias, y ello imprime en sus miembros una solidaridad con características particulares.
Un grupo de mujeres de organizaciones poblacionales la expresa así: Entendemos la solidaridad de otra forma. Cuando yo trabajo con mi grupo, lo importante creo que es enseñarles la palabra de Dios para que su solidaridad vaya con amor, con ese espíritu, que entreguen eso que tienen adentro.
Nuestra solidaridad significa entender al enemigo, significa aprender a compartir. Un compartir que a veces se extiende hasta llegar a extremos. Un miembro de un Comité de Allegados se refiere con orgullo a uno de sus dirigentes: Hay gente que ha retado a don José por ser demasiado solidario. El gasta mucho de su tiempo ayudando a la gente y se consiguió del Departamento de Bienestar ayuda para los más necesitados. Don José no se dejó nada para él. Dice: Dios proveerá.
Al intentar profundizar en torno a la noción de solidaridad y comprender cómo la entienden los diferentes sectores y personas, nos encontramos con una importante distinción. Es aquella que la ve, por un lado, como un concepto con un significado universal, esencial, atemporal, y por otro lado, como derivando su contenido de su uso histórico específico.
En la expresión de un miembro de una ONG podemos captar claramente una acepción de solidaridad como un concepto cuyo contenido es determinado históricamente, es decir, a través del uso específico que le dan grupos específicos, en momentos históricos específicos: El concepto de solidaridad no es una construcción abstracta, sino que es una construcción que ha tenido históricamente su determinación.
En el período anterior a la gestión democrática, solidaridad constituía la forma de nombrar el conjunto de acciones colectivas que los sectores populares y los sectores opositores a la dictadura hacían para conseguir el fin de ese régimen político. La solidaridad tenía connotaciones simbólicas, valóricas y éticas muy precisas. se asociaba con la resistencia como forma de confrontación a un régimen político. Tenía una utopía que era la democracia en general, y además la solidaridad actuaba como una especie de guiño entre quienes éramos opositores. nos vinculaba con una ligazón tremendamente férrea. Solidaridad era todo eso, era un curso valórico, era una connotación política, pero también era una gran modalidad de identificación entre todos aquellos que éramos de oposición.
Ni siquiera solidaridad se estrechaba en el margen restringido de la forma que los sectores populares empleaban para ayudarse mutuamente frente a los problemas económicos.
Era eso también . Pero solidario era aquel que visitaba los Presos políticos, era aquel que participaba de una manifestación solidaria, era aquel que podía vencer los riesgos de una política clandestina e intentaba abrir espacios de participación o de confrontación.
Esta acepción de solidaridad, tan claramente determinada por el contexto histórico, sufrió un cambio radical , al cambiar el contexto político-social del país.

Explica un profesional: Solidaridad hoy día es el discurso oficial de la modernidad, o de la modernización, para llamar a las políticas compensatorias; o sea, toda la política subsidiaria del Estado liberal que aplique los ajustes a lo que no puede satisfacer por la vía de las políticas públicas. Es un discurso de los gobiernos neoliberales que están tratando de explicar su política compensatoria con el término solidaridad para subsidiar, para compensar las precariedades que genera este modelo económico.
El cambio brusco de significado de una noción con la cual se ha estado tan identificado, no deja de provocar reacciones fuertes y se puede entender entonces que surjan expresiones airadas como: Hay que llamar a eso simplemente con otro nombre, chorreo, política de localización o políticas sociales neoliberales porque eso es lo que son, o: Esta es una manipulación muy perversa de la solidaridad porque nos sitúa en un espacio muy hueco, lleno de trucos.
El cambio de significado sufrido por la noción de solidaridad, es percibido en otros sectores de manera muy distinta a lo manifestado en las expresiones anteriores. Para un funcionario de gobierno, solidaridad hoy día significa: Realizar el esfuerzo máximo de preocupación por la sociedad como un todo, vale decir en lo político, lo económico y lo social. En lo político lo central es realizar la transición hacia la democracia y en lo económico-social es mantener y elevar, dentro de lo que el país es capaz, el crecimiento económico y llegar con éste a los sectores más pobres. Esta es la solidaridad que Solidaridad realista.
Cuando solidaridad no es entendida como un concepto determinado históricamente, se ofrecen definiciones universales y unívocas, como la de este profesional que afirma taxativamente: Solidaridad significa compartir.
Desde esta perspectiva el concepto de solidaridad puede ser bien o mal usado históricamente, pero su significado es suprahistórico; se le otorga más bien un carácter esencial, trascendente.
Este carácter trascendente se aprecia más claramente cuando se busca descubrir qué es, en última instancia, la solidaridad. Un grupo de sicólogas dialoga intentando acceder a esa última instancia, a ese ser último, profundo, esencial de la solidaridad: -Es que no es hoy por ti mañana por mí; porque eso es como una transacción económica. Lo que pasa es que yo como ciudadana no valgo lo mismo si mi país tiene un índice de analfabetismo alto. Es otra cosa... es, ¿cómo decirte? ?, piénsalo en más chico, piénsalo en tu familia

- Supongamos, tu familia nuclear son tres personas, tú y tus dos hijas. Tú no eres la misma si alguna de tus hijas está mal, por el motivo que sea, no sólo por ellas sino también por ti
-Claro, a mí me importa y tiene que ver conmigo lo que le pasa al otro.
-Para mí, la solidaridad, la básica, estaría entonces en la conciencia de que lo del otro a mí también me afecta,
-Pero es que los argentinos somos tremendamente individualistas.0 sea, los problemas de los pobres no son los problemas nuestros
-No “son” nosotros.
-Eso es; es un aumentar el concepto del nosotros lo que implica la solidaridad.
-Bueno, eso significa una elevación de la conciencia: comprender que mi identidad no se acaba conmigo misma ni con mi familia, sino que abarca a todos. Pero, ¿cuánta gente tiene esa conciencia?
-Muy poca.
-Pero, eso es; en el fondo es un concepto de pertenencia, de ser común, el ser uno con los demás y los demás con uno.
-Es un asunto de que somos iguales, estamos en el mismo buque, estamos todos en este mismo buque.



2. QUE ES Y QUE NO ES SOLIDARIDAD

Una de las maneras en que habitualmente nos acercamos a nociones o fenómenos complejos para poder comprenderlos mejor, es estableciendo distinciones por medio de contrastes. A través de una selección de afirmaciones sobre lo que es y no es la solidaridad podemos despejar un poco más este tema.

  SOLIDARIDAD  Y ...

FRATERNIDAD: Para muchos es la palabra más hermana de la solidaridad. La única que puede ser su sinónimo. Yo diría solidaridad igual fraternidad, concluye un profesional, luego de intentar varias definiciones de solidaridad.
Muchas personas confunden solidaridad y fraternidad, afirma un poblador. En realidad solidaridad y fraternidad van unidas, van juntas, corrobora un integrante de un taller laboral. Solidaridad es algo de hermanos, es ponerse al lado del otro, es una actitud empática, mucho más fraternal que paternal; de ahí nace la solidaridad, explica una sicóloga. Pero hay quienes destacan una diferencia entre solidaridad y fraternidad justamente en base al componente de igualdad que aparece como consustancial a la fraternidad. Frente a ésta, la solidaridad puede darse en relaciones que no son de iguales: Solidaridad remite a una actitud un poco asimétrica.
Pareciera que la solidaridad remite, más que a unas relaciones entre iguales, a relaciones entre desiguales: el preso y el que está en libertad, el pobre y el que no es pobre. Es la opinión de un directivo de una ONG, con la que un funcionario público está en total acuerdo: El concepto de solidaridad alude a desigualdad, en cambio fraternidad alude a igualdad, a horizontalidad.

JUSTICIA SOCIAL: Se distingue básicamente de la solidaridad en la medida en que alude más definidamente a un contexto público. La justicia social tiene que ver con el país, la solidaridad, en cambio, con las personas. Según un grupo de profesionales que integran distintas organizaciones gubernamentales y no gubernamentales, se puede ser muy solidario a nivel privado, pero apoyar un ideal de justicia social es algo mucho más exigente; de acuerdo a su percepción implica redistribución: La justicia social en un país como el nuestro implica redistribución.
Aludiendo, por contraste, a la solidaridad, agregan: La realidad de este país, con lo fuerte que es, no es como para cosas suaves, recíprocas... / Un poquito de justicia social y después la gratuidad y la generosidad, sobre una base de justicia. / Yo estoy segura que en la medida que baya más justicia, yo voy a ser más feliz, yo misma lo voy a pasar mejor. Todavía hoy día, cuando llueve, mis hijas me dicen.. ¿qué pasará con fulanita, se le habrá llovido la casa? Los solos de hoy tienen una rebeldía con la injusticia, sienten las injusticias. Dándole vuelta a estos sentimientos, que son componentes de la solidaridad, hay muchas cosas que tienen que ver con la justicia social.
Destacan un componente que les parece central en la justicia social y creen importante no olvidar en la reflexión sobre solidaridad: lo rebelde, lo rabioso.
Por otra parte que en comparación con la solidaridad, la justicia social es algo que queda fuera de uno; está allá, tienen que hacerlo los Otros. Eso es lo que tiene de inconducente la justicia social.

CULPA: Pareciera estar inevitablemente asociada a la solidaridad, 0, mejor dicho, a su falta. Alguien incluso rechaza la palabra solidaridad porque lo que más le resalta es su asociación con la culpa.
La solidaridad que se da en el terreno de las culpas, no me gusta.
Para una antropóloga, una de las formas que adopta la solidaridad es el descargar una culpa: La solidaridad tiene muchas patas una puede descargar una culpa con una buena acción. Lo que está muy unido a lo católico, es la frase "hay que dar hasta que duela” pero lo que hace es generar sentimientos de culpa. El dar debería ser gozoso, eficaz, pero no culposo.
En otra opinión, las culpas no son tan malas: vivimos en una sociedad que es injusta, ¿por qué no podemos tener un poquito de culpa? En ese sentido no le tengo tanto susto a apelar a ciertas culpas más o menos grandes en sociedades como las nuestras. Reforzando la idea se agrega: En la medida en que hay injusticia es inevitable la culpa... tenemos que lidiar con eso.
Las culpas aparecen menos malas en la medida en que son de otros, de los ricos por ejemplo: La infelicidad de los ricos es inevitable porque sabemos que ellos cargan con la culpa. 0 de los que gobiernan: Creo que es muy sano y muy bueno generar culpas; las culpas son elementos motores de nuestro quehacer. Hay que hacer que los responsables del modelo, las personas que lo implementan, sientan culpa por las cosas que están pasando.
Para otros, sobre todo como motivación de actitudes solidarias, la culpa no es positiva: Hay gente que da por culpa, hay algo social que los está obligando a dar, pero no es un impulso positivo.
Cuando uno ha hecho experiencias más terapéuticas a uno le da mucho susto la culpa porque es mala consejera. Lo que importa e que la culpa te mueva a hacer cosas que no significan destruirte a ti, porque pareciera que la culpa tiende a que tú te autodestruyas.

PATERNALISMO: Solidaridad puede "caer" en el paternalismo. Se lo asocia a desigualdad, desdén, falta de respeto, superioridad del que da, indignidad del que recibe. Hay que dar, pero no en forma paternalista, sostiene una pobladora.
Para otras, lo que caracteriza a la solidaridad es justamente que no es paternalista, y en eso se diferencia de caridad: La solidaridad se confunde con caridad.- yo doy a un desprotegido, eso es paternalismo. / Mientras mayor la riqueza, menos solidaridad, más caridad, más paternalismo.
Mirando un poco más de cerca, las cosas no parecen ser tan categóricas. Un directivo de una institución benéfica nos hace reflexionar sobre los pro y los contra del paternalismo: Siempre se ha dicho que somos paternalistas. Se hacen esa imagen porque recibimos a las personas en las hospederías. Pero yo creo que una persona que entra en una hospedería ya es promovida socialmente, porque se le recibe con dignidad, se le trata con cariño. Desde el punto de vista cristiano es la mayor promoción social que puede tener una persona, el reconocimiento de su dignidad.
Nosotros estamos haciendo un esfuerzo muy grande por atender donde hay extrema, extrema pobreza. En esa acción, si bien podemos tener una parte paternalista porque trabajamos con gente muy pobre, vemos como un abanico que se va abriendo y se va haciendo cada vez más promocionar. Pero en algunos servicios sí somos paternalistas, en el buen sentido de la palabra. Le abrimos la puerta a un alcohólico y estamos dispuestos a seguir trabajando con él. Y en eso somos paternalistas porque le toleramos muchas cosas que en otras obras sociales no se tolerarían.
Concluye diciendo: En nuestros servicios hemos tratado de ir abriéndonos paulatinamente del paternalismo a otras formas de promoción social.

CARIDAD: Tal vez la noción más usada para aclarar lo que no es solidaridad fue la de caridad. Es importante que el sentido de la solidaridad no se confunda con la caridad. Caridad es paternalista, solidaridad es fraternal. Solidaridad izo tiene nada que ver con la caridad ni con el que tiene más le da al que tiene menos. Solidaridad no es sólo dar ayuda en las catástrofes, eso es caridad... Yo creo que están muy mezcladas en el conocimiento general. Cómo despegar de la solidaridad, la caridad. Se trata de una caridad con minúscula, un concepto asociado a una práctica social caracterizada por donar recursos en forma poco comprometida, por una generosidad de arriba hacia abajo.
Un miembro de una organización social nos habla de la verdadera Caridad, con mayúscula, con la que sí va asociada la solidaridad: El concepto de la solidaridad va muy asociado al verdadero concepto de Caridad, con mayúscula, que se ha ido perdiendo con el paso del tiempo.
En el mismo sentido se expresa un empresario cristiano: Para nosotros la solidaridad es una expresión de la más alta de las virtudes teologales, que es la Caridad. Entiéndase Caridad no como se puede entender usualmente el dar; más bien el sentir con el otro, tener y ponerse en el lugar del otro. Ese es nuestro concepto de Caridad, que obviamente no es nuevo ni es nuestro. Pero la solidaridad es una expresión de esta Caridad, que un poco la aterriza en el mundo que no necesariamente es religioso La solidaridad debe ser expresión de esta Caridad.

COOPERACION: Cuando se quiere quitarle a solidaridad su asociación con caridad, paternalismo y otras nociones que arrastran algún sentido de desigualdad, se habla de cooperación.
Si uno hablara de mutualidad, de cooperación, quizás estaría colocando un componente distinto, más igualitario. / Yo cambiaría el concepto de solidaridad por otro: colaboración, cooperación. En otra opinión parece un asunto de sutilezas: Solidaridad, cooperación; la distinción no me aflige ni me importa demasiado.
Tal vez cooperación apunta a una actividad en conjunto, a una igualdad que se da en la acción. Así aparece en lo expresado por una profesional: En el periódico habían unos facsímiles de colaboración, de solidaridad, de cómo ayudar a otros, cómo hacer cosas juntos. Decía que en la población Tanto se bahía organizado una olla común por las pobladoras invitando a quien quería ir a colaborar...

DEMOCRACIA: Se hermana con la solidaridad a través del concepto de participación. Ambas la suponen, ambas se realizan a través de la participación. Para discutir el tema de la solidaridad, se juega el dilema del tipo de democracia que queremos: una democracia y de espectadores o una democracia real, participativa, de ciudadanos. Yo no veo solidaridad sin ciudadanía, sin participación real.
Cuando uno abre la participación incluyendo la discusión ética, la discusión sobre el orden social, está introduciendo la posibilidad de una sociedad solidaria, se dijo en una reunión con miembros de distintas ONGs.
Más allá de lo formal, solidaridad y democracia comparten una misma actitud básica, que es ver al otro como un igual. Igualdad que se prueba en iguales oportunidades de participación.

RECIPROCIDAD: Es como si la solidaridad se hubiese hecho una norma de vida. Hubiese dejado de ser algo esporádico, espontáneo, circunstancial, gratuito, voluntario.
La reciprocidad es una práctica encarnada en la vida cotidiana y que se funda más que en una esfera valórica, en un plano de concepción de mundo, de orientación básica en la vida. Todos los ejemplos de reciprocidad que han sido expresados en diferentes conversaciones vienen de culturas en que la reciprocidad es una práctica común, habitual, institucionalizada: las culturas indígenas. La nuestra no es una cultura de reciprocidad, nosotros vivimos en el intercambio del mercado, y tal vez por eso necesitamos entrenarnos explícitamente en la solidaridad.
Una antropóloga explica: En el sector campesino, hay solidaridad en el trabajo comunitario, en la prestación de servicios mutuos. Entre gente muy pobre, se ayudan en cosas como: hay mujeres que saben hilar y otra les dice: no necesariamente es religioso La solidaridad debe ser expresión de esta caridad.

RESPONSABILIDAD: En relación con la solidaridad, la responsabilidad le hace una gran exigencia al actor solidario: sentirse responsable por lo que le pasa al otro. Si el otro está sufriendo por un motivo cualquiera, hay que sentirse responsable del otro y tratar de eliminar la causa, afirma un dirigente sindical. No se trata sólo de que la solidaridad es responsabilidad de todos, sino de que la solidaridad conlleva una dimensión de responsabilidad.
En esta perspectiva se entiende la crítica que formula una psicóloga: Las campañas no son solidaridad, porque no nos hacemos responsables.

INTERDEPENDENCIA: Solidaridad no es sino la expresión de la naturaleza humana, que es básicamente interdependiente. Así lo explica un psicólogo: La verdad es que la naturaleza humana es interdependiente. Sin interdependencia, no hay sociedad y no se expresa la naturaleza humana, que es social, comunicacional, en solidaridad con otro.
Las situaciones limites son las que más claramente muestran que no somos autónomos, que necesitamos a los demás. Todos hemos tenido vivencias de solidaridad, ¿por qué? ?, porque tenemos fuertes vivencias de carencias, en términos humanos, o sea no nos la podemos solos" -y eso se materializa muchas veces en situaciones límites, pero en general no nos la podemos solos, y yo creo que todos los seres humanos tenemos experiencias fuertes de eso, de vivencias solidarias.
Pero no sólo en situaciones limites se aprecia la interdependencia humana. Tú, para poder ser lo que eres, necesitaste una mamá, una nana. Uno que se cree el que descubrió la pólvora, siempre tiene una cantidad de gente alrededor que ha permitido que uno sea lo que es. Pero nos olvidamos muy fácilmente. / Hay que romper ese esquema del empresario que no le debe nada a nadie, o sea que todos le debemos algo a alguien, y mucho.
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(*) “Solidaridad: La Construcción Social de un Anhelo.” - UNICEF/MIDEPLAN/FOSIS- Chile, 1995
 

 

    La Solidaridad en construcción, Miguel González y Patxi Álvarez –Coordinadora de ONGD de Navarra-2001

1. ¿Qué ideas y prácticas de solidaridad promueven nuestras sociedades? Podríamos apuntar, al menos, tres estilos presentes en nuestro universo de valores, que vamos a denominar como solidaridad de talante premoderno, moderno y posmoderno, respectivamente.

La solidaridad de talante premoderno haría énfasis en el valor de la comunidad. En un momento de incertidumbres, de ausencia de seguridades, los individuos nos replegamos a espacios reducidos y cercanos que nos dan sentido e identidad. La SOLIDARIDAD PREMODERNA tiende a ser cerrada y exclusiva, se vuelve hacia los que sentimos del mismo grupo e ignora las pretensiones universalistas. ¿No tiene esto algo que ver con la creciente importancia que, según estudios, va cobrando la familia? ¿No podemos decir lo mismo de la desconfianza generalizada en la política, la acción pública y las instituciones? Esta misma lógica se emplea en el caso de las personas inmigrantes, cuyos derechos están condicionados a la existencia de trabajo para ellas (como si los derechos universales de nuestra común dignidad pudieran ser condicionados) e, implícitamente, a que ninguno de los “nuestros” carezca del mismo.
En segundo lugar, podemos hablar de una SOLIDARIDAD de talante MODERNO. Si las dos instituciones centrales de la Modernidad son el Estado y el Mercado, podemos analizar cómo queda afectado el valor solidaridad cuando es atravesado por esas instituciones.
El estado de bienestar supone la institucionalización social de la solidaridad, convertida así en normas jurídicas y en derechos reclamables por la ciudadanía. Al parecer, en nuestra comunidad existe un consenso casi absoluto sobre su bondad y su necesidad. Sin embargo, la contradicción está servida cuando la propia ciudadanía satisfecha y exigente a ese estado no muestra, comparativamente, demasiados reparos a la hora de soslayar su contribución al mismo en forma de impuestos. Así pues, el estado de bienestar puede generar una demanda de solidaridad, pero sin conciencia de la necesidad de ofrecerla.
¿Y qué decir del Mercado? Por un lado, que convierte en “mercancía” todo lo que toca. Así vemos que muchas veces, la solidaridad se compra y se vende, añade “valor” a los productos o se vincula con actos mercantiles (comprar tal producto o pagar con tal tarjeta de crédito). Por otro lado, el Mercado es presentado como el paradigma de espacio para la relación libre entre individuos (oferentes y demandantes).
En esta idea subyace la concepción de sociedad como conjunto de individuos aislados que establecen vínculos entre ellos sólo de manera voluntaria y para buscar el interés propio. Así sería también el lazo de la solidaridad: carente de obligatoriedad y centrado sobre uno mismo.
De esta manera llegamos al tercer talante, la SOLIDARIDAD POSMODERNA. Si algo caracteriza a dicho talante es que lleva hasta el extremo la importancia del individuo, de sus sensaciones, de su bienestar y de su presente. Al mismo tiempo, relega totalmente los grandes relatos, como los de las religiones institucionalizadas o los de las ideologías políticas. Este tipo de solidaridad está más atenta a la propia autorrealización que al cuidado de la persona sufriente o que a la crítica del sistema que genera el sufrimiento, y no está dispuesta a renunciar a nada, porque es “indolora”.

2. Así pues, con estas ideas de solidaridad no es de extrañar que la institución social del voluntariado esté sometida a diferentes peligros y tentaciones, que van desde la irrelevancia hasta su utilización como paño caliente para suavizar las contradicciones sociales; desde servir de coartada para la retirada de los compromisos estatales con la justicia social hasta ser una marca para el consumo.
Para reforzar la labor del voluntariado debemos trabajar, pues, en el frente de la reconstrucción del concepto de solidaridad. Será éste un concepto que recoja algunos de los mejores mimbres de los diferentes talantes mencionados, y que combine sabiamente las dimensiones personal, cultural y estructural.
Por un lado, la dimensión personal nos habla de una solidaridad que nace del encuentro con los que sufren y su situación apela directamente a nuestra responsabilidad. A la vez, la dimensión cultural, o contracultural habría que decir, hará de la solidaridad algo que trastoca las expectativas y valores dominantes en la sociedad, que derriba las fronteras mentales entre el “nosotros” y “los otros”, y que prepara la ciudadanía para asumir la renuncia que un orden social justo exige a los miembros del club de la abundancia. Por último, será una solidaridad que no renuncia a la dimensión política y estructural, porque, aunque va un paso más allá de lo exigido por la justicia, reclama ser institucionalizada y convertida en derecho universal.
Un voluntariado asentado sobre tal cultura de la solidaridad tiene un potencial transformador muy grande. Lo llevamos viendo tiempo y lo seguimos presenciando en muchos lugares lejanos y cercanos, en los rincones oscuros de nuestro mundo, en los “agujeros negros” de la globalización, alejados de flashes y de cámaras.
Se trata de un voluntariado de encuentro entre personas, entre vulnerabilidades, que atiende a la transformación de los individuos como clave de bóveda para la transformación social. Un voluntariado que es reflejo de una nueva cultura ciudadana, que asume no sólo sus derechos, sino también sus responsabilidades hacia la comunidad. Un voluntariado para el que lo importante es reclamar los derechos de los débiles, entrando así en el espacio de lo político, y no tanto los derechos propios, muchas veces convertidos en privilegios por carecer de universalidad. Se trata de un voluntariado que enarbola la bandera de la gratuidad, levantando de este modo un dique ante la arrolladora marea de la lógica del mercado. Es, por último, un voluntariado que vincula sus trabajos locales con los de otros muchos ciudadanos y ciudadanas que en todo el mundo trabajan por una sociedad más justa, tejiendo alianzas y redes que son la manifestación de que es posible globalizar la solidaridad.

 

   Fortaleciendo la Cultura de la Solidaridad, Luis Ugalde
   Tegucigalpa, septiembre de 2001- © 2002 Banco Interamericano de Desarrollo.

I Introducción
El tema de la ética siempre debe ser tratado con un cuidado especial para no caer en el autoengaño, pues en esta materia las palabras de los corruptos no se distinguen de la de los honestos, se diferencian los hechos. Pero además en nosotros mismos es frecuente el engaño de creer que la formulación de planteamientos éticos conlleva las prácticas correspondientes. Si por formulaciones, discursos y proclamas éticas fuera, América Latina competiría por el lugar más ético del mundo y sin embargo ocupamos un destacado puesto de deshonor en la corrupción pública y en el contraste entre ricos y pobres y su brecha creciente.
Si a esta Cátedra se invitara a los diez hombres considerados más corruptos en nuestro país, sus conferencias sobre la ética, la honestidad y la virtud social de la solidaridad, serían más elocuentes que las nuestras.
Por otra parte en las sociedades hay tendencias envolventes que crean un clima general que favorece o dificulta grandemente determinado valor ético. Los actores particulares pueden acentuar éste, pero si no tienen muy presente que el viento envolvente va en contra, pueden ser víctimas de su ingenuidad ineficaz.
Algo similar pasa hoy con la cultura de la solidaridad, que es esencial para la exitosa supervivencia de nuestros países y aun de la humanidad, pero al mismo tiempo es boicoteada por la dinámica económico-tecnológica actual, que refuerza y despliega una cultura exitosa de "individualismo posesivo" que fácilmente relega la solidaridad al mundo marginal de los bellos y piadosos sentimientos que sólo parecieran oportunos en algunos momentos de desgracia.
Con esto quiero decir que debemos ser muy conscientes de que la "solidaridad", por mucho que la echemos de menos, es una virtud que tiene especial dificultad ambiental para desarrollarse con eficacia y presencia en la vida social, política y económica actuales. Por ello mismo debe ser cultivada con particular esmero.
El "individualismo posesivo" viene avalado por los éxitos de la economía y la tecnología moderna avanzada y de estos recibe su alto status y consideración. Sin embargo estos éxitos van acompañados de límites y vacíos de humanidad en las sociedades "adelantadas", y de negación de oportunidades humanas para la dignidad y la vida de la mayoría de la humanidad, sobre todo de los países pobres. El individualismo posesivo, si no tiene fuertes contrapesos culturales, produce el "darwinismo social", es decir la supervivencia exitosa de la minoría más fuerte y la exclusión del resto.
El individualismo posesivo, o mejor dicho las dinámicas económico-tecnológicas y de poder que lo alientan, fomentan la exclusión dentro de los países, el conflicto entre las naciones y la destrucción de la naturaleza; es decir, promueve un crecimiento insostenible en el mundo; en contra del proclamado "desarrollo sostenible".
Por eso aparece hoy más urgente la necesidad de la solidaridad. Necesidad muy sentida pero que no necesariamente cuenta con la pronta disposición de moderar y corregir el individualismo para lograr una fecunda relación dialéctica entre ambos principios humanos.

II Solidaridad y Sociedad Global
La globalización es un hecho fundamentalmente como producto de la dinámica económico-tecnológica; por tanto es portadora de un triunfante "individualismo posesivo" cultural y del "darwinismo social" entre sectores, pueblos y naciones. Basta abrir los ojos y ver los resultados en las condiciones de vida de más de la mitad de la humanidad.
Pero la globalización no es unidimensional, y, si bien en esta forma dominante y asimétrica trae mucha miseria, abre también nuevas oportunidades y conciencia más viva de la necesidad de la solidaridad (justamente por falta de ella) en todas sus manifestaciones internacionales. Solidaridad entre pueblos, razas, religiones distintas, que, desde su variedad constituyen una única identidad humana.
La actual asimetría en la globalización no sólo consiste en el terrible y creciente contraste entre países ricos y pobres, sino también en que la dominante lógica económica de los más fuertes da alas al individualismo posesivo, mientras que la solidaridad todavía carece de la necesaria coherencia y generalización.
Vemos movimientos de solidaridad en organizaciones sociales no gubernamentales, en la comunicación y colaboración de las iglesias, en el voluntariado que trasciende las fronteras, en protestas, en algunos festivales musicales a favor de damnificados o de otras causas nobles. Pero todo ello es muy insuficiente, como limitadas eran las obras de caridad hace un siglo para revertir la negativa evolución de la miseria y el conflicto en las sociedades hoy prósperas. Es necesaria una institucionalidad, una autoridad, unos presupuestos de solidaridad apoyados decididamente por los estados y por las grandes empresas...
Así mismo son necesarios grandes trasvases de recursos para potenciar a los más débiles y brindarles oportunidades de desarrollo e iniciativa propia. Lo mismo pasa en la defensa y cuidado del medio ambiente; hay que pasar al obligatorio cumplimiento de los acuerdos tomados y de otras responsabilidades en defensa del futuro ambiente.
Como ocurrió desde hace más de un siglo dentro de las naciones, las políticas económicas, legales, institucionales de bien común, no sólo nacen de sentimientos de solidaridad, sino también de un egoísmo ilustrado" o bien informado que llega a comprender que si las mayorías no pueden vivir dignamente, tampoco habrá paz, convivencia y seguridad para las minorías privilegiadas.

II.1  Qué entendemos por Solidaridad
La solidaridad no es mera tolerancia del otro; como una concesión que le hacemos o un permiso que le damos para que siga existiendo. Es mucho más, es afirmar al otro en sí mismo y hacerlo de tal manera que en su realización esté en juego la mía y en su fracaso nuestra derrota. La solidaridad afirma al otro (a los otros, sean individuos, sectores sociales o países), no como un instrumento útil para nosotros, sino como un absoluto en sí, no instrumentalizable. Hoy la solidaridad no se restringe al cercano borde de la aldea homogénea, sino que se expande hasta el último confín del mundo diverso. Ya es un hecho que nuestros productos de consumo y de entretenimiento llegan hasta allá (o los de ellos hasta nosotros) en alas de la economía, pero la solidaridad, que es el aceite compartido que hace posible construir una humanidad humana, sólo circula a cuentagotas.

La solidaridad incluye:
a. Un sentimiento profundo y operante que nos relaciona con la suerte humana de aquellos con quienes nos sentimos unidos. Afecta a nuestra voluntad y querer. Por eso es fuente fecunda de iniciativas y organizaciones voluntarias.
b. Una acción en favor de y en conexión con, aquellos con quienes somos solidarios.
c. Una comprensión racional de las relaciones, efectos e implicaciones de nuestras acciones. Es decir una comprensión causal de los efectos positivos o negativos, de lo que hacen las personas, las empresas, los gobiernos sobre todo en aquellos cuya vida está negada o en peligro. Esta comprensión causal y racional es fundamental para superar la actual inconsciencia individualista, que con frecuencia no se entera de las terribles consecuencias para otros, de lo que hacemos o decidimos en este mundo tan interconectado o de las muy positivas repercusiones de otras conductas y decisiones nuestras.
d. Una institucionalidad. No estamos hablando de acciones individuales solamente. Los grandes multiplicadores de la solidaridad o de la insolidaridad son las instituciones. En el siglo XX (en contraste con el XIX) se construyeron grandes y eficaces instituciones nacionales diseñadas por razones de solidaridad y de bien común como vasos comunicantes para reforzar a los más débiles. Nos referimos a los presupuestos públicos de educación, de salud y otros; a los sistemas solidarios de seguridad social; al conjunto de leyes que constituyen el estado social de derecho. Por ejemplo fuera de una cultura de solidaridad no sería aceptable que nos quitaran entre 30 y 60 por ciento de nuestros ingresos mensuales para engrosar el fondo común que se llama presupuesto nacional cuyo origen y uso es de solidaridad. Tanto se avanzó en esto que en 1997 en la Unidad Europea por ejemplo la carga tributaria del ciudadano (incluyendo seguridad social) en promedio fue del 42,7% del PIB, en Suecia del 52,7% y en los países escandinavos en general de más del 50%. Seguramente si estas instituciones no se hubieran creado y hubiera que hacerlo con la actual cultura individualista, no se podría; pero se construyó a partir de la terrible experiencia de la industrialización salvaje, sin leyes, ni controles que llevó a finales del siglo XIX a las sociedades más desarrolladas económicamente al borde de la guerra social y de la exclusión con una inmensa masa proletaria en la miseria y deseosa de acabar con el sistema que los explotaba y excluía. Las consecuencias del individualismo desatado llevó a valorar la solidaridad en muchas formas e incluso a comprender que, si no se creaban condiciones de vida para todos, no las habría para nadie. Así el papel del mercado y de la dinámica económica fue enmarcado dentro de una institucionalidad más solidaria y regulado y encauzado por el Estado hacia el bien común.
Hoy en muchos aspectos de la vida latinoamericana y de la dinámica global estamos en un contexto similar que requiere de la solidaridad comprendida en sus diversos aspectos.

Comprensión cultural de:
a. La solidaridad como elemento antropológico constitutivo de la persona y de la humanidad(que complementa y corrige al individualismo, que es también constitutivo).
b. La solidaridad como sentimiento y voluntad, es decir solidaridad afectiva.
c. La comprensión causal racional de la solidaridad.
d. Institucionalidad pública, legalidad y efectos presupuestarios que hacen más amplia y efectiva la solidaridad.

 

    Diálogo sobre la Solidaridad

Carlo María Martini*

Yo me limitaré aquí a llamar la atención sobre dos imágenes bíblicas particularmente significativas para este tema: la de la parábola del Buen Samaritano (Lucas, 10) y la del juicio Final (Mateo, 2 5). Es sabido que en la Biblia no aparece la palabra solidaridad como tal; y sin embargo el concepto y sus instancias cuentan con numerosas referencias.
Quisiera entonces concentrar mi atención en el pasaje de Lucas, 10.25-37, que me parece apropiado para reflexionar sobre una figura específica de la solidaridad, la que se materializa en las formas de inmediatez de las relaciones breves, de la interacción cara a cara, del encuentro con el rostro del otro. Sobre este texto venimos reflexionando largamente en un bienio del camino dedicado al hacerse prójimo. Quisiera subrayar algún aspecto simbólico del icono bíblico; ante todo, los hechos narrados en la parábola tienen lugar en un camino, el que une Jerusalén, ciudad santa, con Jericó, símbolo de la ciudad seglar, y el camino entre ambas ciudades es el lugar de su distancia, pero también el espacio que las une.
Por este camino pasan los hombres, símbolos de cada una de las dos ciudades: Pasa aquel al que robaron unos ladrones, y pasa el samaritano, probablemente dos comerciantes que viajan por cuestión de negocios; pasan el sacerdote y el levita, hombres de religión. El camino es la realidad de la vida común donde todos se encuentran, pero es también el lugar de los desencuentros, de los egoísmos de grupo, que llegan hasta la violencia, como en el caso de los ladrones. Es el lugar de los egoísmos privados, o quizá motivados por pretextos culturales, como en el caso del sacerdote y el levita; el mismo camino es también el lugar de la proximidad vivida, como en el caso del samaritano.

Es por lo tanto en la vida cotidiana, en las relaciones de la vida de todos los días, más allá de ideologías y de roles, donde ante todo se practica la solidaridad.

Ésta exige que abandonemos los roles, que olvidemos las conveniencias, para darnos cuenta de que somos simplemente, hombres o mujeres, seres humanos.
La parábola dice todavía más, haciendo notar que el samaritano se detiene junto al herido, no porque profese principios de solidaridad social o teorías sobre la igualdad de todos los hombres (sobre este punto calla el relato) sino porque dice la palabra evangélica: «Al pasar junto a él lo vio, y sintió compasión, le miró a los ojos y escuchó su corazón». En la conclusión de la parábola, a la pregunta de quién de estos tres fuera el prójimo de aquel que se había topado con los bandidos, se escucha la respuesta: «El que sintió compasión de él», aunque la palabra «compasión» resulta hoy también sospechosa, y no se la relaciona de buen grado con la solidaridad.
Sin embargo, si yo asumo dentro de mí el rostro del otro que sufre, eso es lo que significa tener compasión. Y no puedo sentir verdadera compasión si no me esfuerzo por entender la pasión del otro. Cuando compadezco, comprendo en mí esa pasión, y debo comenzar a entenderla, a sufrir con ella, porque la he comprendido.
Se trata entonces de desarrollar el sentido de la solidaridad como compasión y como inteligencia del sufrimiento de los otros.
La expresión bíblica indica que este hombre dejó hablar a su corazón, sintió que se agitaba dentro de sí ese sentido de comunión, de exigencia de preocupación por el otro, que habita en el fondo de cada uno de nosotros, cuando no queda sofocado por las infraestructuras que acumulan diversidades, pretextos, defensas. Y entiendo que aquí se nos dice que la solidaridad convoca las fuerzas más profundas y connaturales que hay dentro de nosotros, que superan todos los límites históricos, culturales, raciales y religiosos para llegar a todos en lo más íntimo.
Quiero hacer una alusión al segundo icono que he recordado, el del juicio Final. Y en particular, en este icono tan conocido de Mateo, 25, al estupor de ambas categorías, tanto la izquierda como la derecha, ante la palabra del rey que dice: «Lo que hagáis, o no hagáis, a uno sólo de mis hermanos más pequeños, me lo hacéis o no me lo hacéis a mí».
Leo en este estupor no sólo una profunda doctrina teológica, sobre la que no insisto aquí, sino también un estímulo simbólico para reflexionar ulteriormente sobre un aspecto de la solidaridad que supera la parábola del samaritano; en aquella se ve el rostro del otro que sufre, aquí se va más allá del rostro inmediato para llegar hasta lo que esto significa. Y simbólicamente, nos remite a todas las situaciones en las que ya no se puede ver el rostro del otro -es el campo amplísimo de las relaciones sociales, de carácter mediatizado o institucional.
En efecto, en el seno de una relación de carácter institucional, por ejemplo política, administrativa, económica, financiera o laboral, en cualquier caso mediatizada por grandes instituciones sociales, no es posible ver al otro con inmediatez, encontrarlo, establecer con él un diálogo, dejarse conmover por su rostro. No es posible ver el resultado de nuestra intervención.

Todo esto podría llevarnos a pensar que sólo en la inmediatez efectiva de una relación puede vivirse verdaderamente la solidaridad. Es concepto bastante común que la solidaridad sea cosa de voluntarios, de quienes actúan con buen corazón.
La sociedad como tal es otra cosa. Opino que precisamente en una sociedad como la nuestra nace este desafío formidable, el de mostrar que también la labor fatigosa y a menudo frustrante de quien no recibe recompensa inmediata por su trabajo a favor de los otros tiene un sentido, que incluso es de absoluta necesidad.
Pienso en el hombre político honesto que corre el riesgo de no ver en qué sentido y en qué medida su servicio puede ser efectivamente una labor de solidaridad; y luego en el hombre que decide abandonar la propia esfera de responsabilidad pública por otros sectores de operatividad más inmediata y prometedora, donde le parece que sus propias convicciones pueden encontrar una forma de expresión casi más pura y sin compromisos.
Pienso también en quien vive de manera ejemplar toda responsabilidad de carácter secundario en la sociedad: del investigador concienzudo que pone los frutos de sus conocimientos al servicio del bien de todos y no de sí mismo, a quien desempeña responsablemente un trabajo manual atomizado y despersonalizado, sin llegar a ver que también la calidad de su propio producto puede entenderse como servicio de solidaridad efectiva con el otro y con la sociedad.
Es preciso pues, en mi opinión, extender la consideración de formas de solidaridad posible también a éstas, quizá menos inmediatas y llamativas, pero no menos preciosas para el crecimiento de la sociedad entera, que necesita solidaridad en todas sus esferas, las mediatizadas y las inmediatas.
Es más, debemos decir que las fuerzas de solidaridad concernientes a la segunda esfera, la mediatizada, han de ser consideradas como complemento imprescindible de la primera. Se trata de dos aspectos complementarlos de una única solidaridad.
No es otra la lógica del hacerse prójimo también allí donde mi prójimo está distante, o incluso cuando la esperanza de encontrarlo físicamente es remota -hasta en el ámbito de las relaciones internacionales-, la lógica del hacerse presente en modo activo y efectivo.
Es preciso reconocer el valor profético ejercido por las formas de solidaridad inmediata hacia los más necesitados, formas reconocibles en las múltiples actividades de voluntariado existentes.
Sin embargo, creo que la lógica de profunda solidaridad, inscrita en esta expresión de gran gratuidad y de preocupación consciente por el otro, debe convertirse no en prerrogativa exclusiva de esta actividad sino en provocación efectiva, de manera que no le llegue a faltar a la sociedad entera en todas sus múltiples expresiones esta aportación, que nunca es superflua, sino esencial, y cada vez más urgente.

La solidaridad no es un sentimiento de vaga compasión o de superficial ternura hacia los males de tantas personas cercanas y lejanas; al contrario, es la determinación firme y perseverante de empeñarse por el bien común, es decir, por el bien de todos Y cada uno, porque todos somos verdaderamente responsables de todos.»



Obsérvese que según esta definición, la solidaridad tiende a asumir el papel tradicionalmente desempeñado por la justicia -la virtud orientada por excelencia hacia el bien común- elevando así la solidaridad casi al rol de virtud social fundamental.

Con esta perspectiva quisiera concluir: sólo cuando las complejas tramas articuladas de las estructuras económicas, jurídicas, sociales y políticas de un país se vean también reforzadas por el reconocimiento de las formas de solidaridad que son posibles, y por tanto rigurosamente practicables, sólo entonces la solidaridad, en cuanto actitud moral, en cuanto expresión común y compartida de la atención por el otro en toda ocasión, podrá desplegar en grado máximo todas sus potencialidades.
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Massimo Cacciari

El encuentro de hoy nos propone el reto de reflexionar sobre el valor de la solidaridad.
Yo quisiera comenzar intentando demostrar que efectivamente se trata de un reto muy exigente, ya que ningún elemento, ningún factor del actual desarrollo económico-social tiende de por sí naturalmente a proporcionar indicación práctica alguna sobre cómo poner en práctica el valor de la solidaridad.
De hecho, nuestro modelo de desarrollo económico-social insiste en partir del presupuesto, casi nunca declarado explícitamente pero siempre evidenciado por los hechos, de que lo que interesa es el ciclo producción-consumo. Lo que esté en la fase ascendente o en la descendente del ciclo es una variable dependiente, y puede afrentarse en tanto en cuanto no interfiera en el ciclo fundamental producción-consumo.
Si esto es verdad, es absolutamente impensable desde el punto de vista racional -desde el cálculo económico o desde las políticas sociales- afrontar de manera convincente el tema de la solidaridad.
No siempre ha sido así: durante décadas, sobre todo en el transcurso de la segunda posguerra, pero también con anterioridad, se había pensado lo contrario, que este modelo económico-social centrado en la consideración del ciclo producción-consumo habría conducido a través de armonías invisibles y preestablecidas hacia una progresiva solución de los problemas relacionados con nuestro tema de hoy.
Naturalmente, mi discurso sobre la solidaridad no se limita a estas consideraciones, pero mantengo que son importantes porque para estos temas debemos estar preparados en todos los ámbitos, ya que estamos obligados a dialogar con personas, sujetos, entes diversos que tienen lenguajes distintos. Pero los nuestros serán discursos débiles si nos limitamos a la pura emoción.
Aquí entra en juego una dimensión del amor, que es el amor intellectualis, que no sólo es puro amor inmediato.

No creo en una solidaridad inmediatista, sino en una solidaridad inteligente.
No obstante, esta inteligencia no puede permanecer inerte, porque lo que comprendo cuando estoy enfrente del otro que sufre me llama a la acción. Esta inteligencia debe ser práctica, tal y como se desprende con claridad de la expresión evangélica: «Vosotros debéis ser los hacedores de la paz». Una lógica similar nos lleva mucho más allá de la pseudosolidaridad a la que está acostumbrado el mundo occidental. Pero no basta.

Probemos a desarrollar todavía más el razonamiento.
¿Qué se pone en juego con esta inteligencia práctica del sufrimiento? El tema de la relación con el otro.
Todo este razonamiento se tiene en pie si conseguimos dar una respuesta fundada a la cuestión esencial: ¿por qué nos ha de concernir el otro?

Una persona de fe puede responder con su Texto, con su Revelación. Un filósofo no.
¿Debemos entonces detenernos aquí, como frente a un obstáculo insuperable? No lo creo.
También el filósofo, en su razonamiento, puede fundamentar una razón por la que el otro debería interesarnos.

Y pienso también en quien no existe todavía; recordarán el chiste de Woody Allen: «Pero ¿por qué debería preocuparme de mis descendientes? ¿Han hecho mis descendientes algo por mí?»
El descendiente es en realidad una de las figuras del otro por excelencia -lo que no está a mi disposición otro está en nosotros prescindiendo de cómo le tratemos, del hecho de que le amemos, le odiemos o nos sea indiferente. Éste es el fundamento trascendental de toda idea de solidaridad: mi socios esencial, es decir yo mismo, es otro.
Yo no soy un simple yo, un yo indivisible, un yo individual. En mí hay una sociedad de individuos que se necesitan el uno al otro, que se dividen entre sí, que hacen la guerra y la paz entre sí.
No puedo ignorar al otro porque yo «soy» el otro, porque yo me soy extranjero. Puedo reconocer al extranjero en cuanto tal porque yo lo conozco en mí; no podría predicarlo fuera de mí, reconocerlo fuera de mí.


Esta relación de alteridad con otro fuera de mí es posible trascendentalmente, porque el otro es mi socio esencial, aquél del que no puedo separarme -yo mismo.
Ésta es la revolución antropológica necesaria para considerar la solidaridad fuera de los límites del pragmatismo -en absoluto despreciable si se desarrolla inteligentemente: admitir que nuestra condición de ser nosotros mismos es tener al otro en nosotros.
No un «otro» cómodo, a nuestra disposición; no una convivencia pacífica, garantizada, sino precisamente ese otro extranjero, aquél con el que podemos estar en paz o en conflicto porque es verdaderamente autónomo y posee sus razones autónomas. La relación con él es arriesgada, nunca es equivalente.
Tal relación tiene siempre un aspecto de gratuidad, de regalo. Pero podemos estar convencidos de que lo que le damos puede revertir en nosotros. He aquí la idea de la individualidad total: yo soy un individuo, pero total.
En mi individualidad existe esta comunidad de los absolutamente distintos que se conciernen esencialmente. Y si me reconozco como individualidad total, no puedo dejar de reconocer como esencial para mí el rostro del otro. La relación con el otro está ontológicamente fundamentada, sustraída a toda casualidad, y es necesaria.
Espero que resulte claro que razonar con esta perspectiva comporta una suerte de conversión respecto a los valores dominantes del actual sistema económico y social, respecto a la solidaridad como emoción sentimental.
Este tipo de solidaridad, hacia el que siento respeto, es sin embargo el opuesto de la idea de individualidad total que acabo de esbozar.
Es una actitud individualista... y en griego el individualismo se llama idiocia...
Uno de los dramas de nuestro tiempo no es la reducción del individuo al ámbito, sino la inflación de la personalidad del idiota que ha hinchado la dimensión del propio y mezquino interés privado. Por esto es por lo que hace falta inaugurar una especie de escuela de resistencia a la inflación de la personalidad del idiota, abierta a todos, laicos y católicos. Si no conseguimos sustraer la solidaridad de su dimensión utilitaria, y dotarla de una base fuerte, la suerte de todos nosotros, incluidos los idiotas, estará echada.
El idiota lo es porque en último término no conoce realmente su propio interés.

El idiota, hoy en día, desde su total falta de reconocimiento del otro y de los valores de la solidaridad, amenaza con destruirse a sí mismo y con llevar a la catástrofe a todo su mundo. Que naturalmente también es el nuestro.
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*Carlo María Martini fue rector del Pontificio Instituto Bíblico de Roma, y en la actualidad es cardenal arzobispo de Milán.
Massimo Cacciari es filósofo y profesor de Estética en la Universidad de Venecia.
“Diálogo sobre la Solidaridad” – Ediciones Herder, 1997