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Compartimos
aquí los fundamentos espirituales y culturales de mottainai.
Ampliamos los motivos de su trascendencia en los
aspectos de la vida, que tantas veces desperdiciamos
y por qué lo
hemos integrado en nuestra teoría del "conocer
para", en esta web. |
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"Mottai" es originalmente un término budista que hace referencia a la
esencia de las cosas. Traduce el sentido de no desperdiciar los recursos,
sino utilizarlos eficientemente, con conciencia y gratitud.
También se aplica a todo en nuestro universo físico, lo que sugiere que los
objetos no existen en forma aislada sino en intrínsecas
relaciones.
"Nai" es una negación (repudio) a los lazos que unen a todos los
seres vivos y entidades materiales. También es un grito de guerra para
restablecer esos vínculos y reafirmar la importancia de tratarlos con sumo
cuidado. |
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Su
traducción:
¡qué
pena, qué desperdicio!
expresión que asociada a
su par contradictorio induce a
¡debería
aprovecharlo ... |
Si bien la práctica "mottainai" está en fuerte consonancia con los
esfuerzos para promover la "3R": reducir los residuos, la reutilización de
recursos finitos y reciclar lo que podemos, para contribuir en la protección
del ambiente, también trasciende efectivamente en los derechos humanos y
la paz mundial.
Por tanto, en nuestra organización, signamos a
"Mottainai" como un llamado de atención y reparo en los hábitos de
usos y relaciones que acostumbramos con todos los
objetos animados e inanimados. Tomamos su sentido de tristeza ante nuestra
desaprensión por lo que desperdiciamos (por desconocimiento o falta de conciencia) y lo contraponemos a una
motivación autocrítica que nos exhorta a poner cuidado (respeto)
en cómo, por qué y para qué modificar nuestros actos en una forma más
responsable y solidaria.
Aquí
pueden bifurcarse ideas, pensamientos y acciones que,
aunque bien intencionadas y correctamente justificadas,
den la razón a complejos intereses y situaciones ...
entonces será necesario "acordar" moral, ética, material
y culturalmente qué estamos desperdiciando y
qué podríamos aprovechar ... en lo que se está
haciendo "aquí y ahora".
En
síntesis, no se trata de algo nuevo, sino de una nueva
forma de observar, instrumentando un foco abierto,
interdisciplinario, flexible y definitivamente
estratégico ... como el mayor desafío que nos espera en
este 2009 que se ha iniciado. Te/Le proponemos "conocer
mottainai para" luego actuar en consecuencia ...
un aporte sustancial a nuestra teoría de la
Gestión Responsable del Conocer.
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Este ensayo
es otro de sus aportes elaborado en la
segunda actividad del
Ciclo Código S
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Cómo
acercarnos al sentido y la práctica
del Mottainai,
por Saturnino Herrero Mitjans* |
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por la calle del mañana se va a la
casa del nunca”
Miguel de Cervantes Saavedra
(1547-1616)
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La ambientalista
keniata Wangari Maatahai –Premio Nobel de la Paz 2004-
promovió la difusión del concepto de “mottainai” con la
expresión aproximada de “reducir – reusar – reciclar”;
en 2005Wangari redescubrió este vocablo japonés, en
ocasión de una actividad vinculada con el Protocolo de
Kyoto, si bien encontró similitud con equivalentes en
inglés y swahili, la voz en japonés se generalizó.
En primer término esta idea o concepción se relaciona
con el derroche consumista y la necesidad de cuidar los
recursos, controlar nuestro abuso y mal uso de los
mismos, tomar a la vez conciencia y cuidado en su
manejo, reducir su consumo, reutilizarlos todo lo
posible y por último reciclar los consiguientes
remanentes residuales tanto de contenido como de envase.
Pero la noción de “mottainai” no se limita a los bienes
y recursos materiales, es mucho más amplia y abarca todo
tipo de manifestación humana, como el cuidado de los
otros, las relaciones con los demás y cualquier otra
forma de interacción humana directa o indirecta; a poco
que nos adentremos en ella, descubriremos la profundidad
que puede alcanzar el “mottainai”.
Sin embargo, estos conceptos que aparecen como claros,
entendibles y loables, no siempre nos resulta fácil
llevarlos a la práctica, pues dado el apuro o la
circunstancia, solemos posponer su aplicación práctica
para otro momento, cuando tengamos tiempo; nos cuesta
ver el “mottainai” como una práctica a llevar a cabo en
el “aquí y ahora”, pero nos prometemos hacerlo en el
“allá y entonces”.
Tal vez esto ocurre porque para tener cuidado por las
personas y los recursos, primero tenemos que tomar
conciencia de ello, tener nuestra mente alerta y
preparada, no quedarnos con el simple enunciado
promocional de “mottainai” y penetrar en su sentido
profundo, entenderlo y hacerlo nuestro. El propósito de
esta nota es intentar desentrañar algunas claves que nos
ayuden en tal sentido.
La palabra “mottainai” viene de la tradición Buddhista
japonesa
(1247 EC); en su sentido original
se relaciona con la dignidad intrínseca o sacralidad
(trascendencia) de la persona, materia u objeto en
cuestión y la pena por su desatención o mal uso; un
primer paso es descubrir ese sentido intrínseco, poder
“darse cuenta” que hay dentro y también detrás de quién
o qué está ante nosotros.
Un ejemplo simple nos ayudará a entender este punto
central: al adquirir una barra de sabroso chocolate semi
amargo, poder plantearnos cómo llegó hasta nosotros,
quién lo elaboró, quien lo empaquetó, quién imprimió la
etiqueta, cómo aparece en el kiosco donde la compramos,
etc., pero también poder explorar más en profundidad e
ir más allá de la existencia material de la barra y su
envoltorio.
Vale entonces preguntarnos un poco más e indagar de
dónde viene la materia prima con que está hecha esta
barra; dónde, cuando y quién sembró y cosechó los granos
de cacao, cuáles son las condiciones de vida de quienes
trabajaron para producirlos, niños, adultos, con trabajo
esclavo o no, hasta llegar a cómo y quienes hicieron
posible su llegada a la planta elaboradora de chocolate
en bruto.
Hacernos todas estas preguntas nos ha de llevar a
“darnos cuenta” y así poder reconocer todo el valor que
esa pequeña barra de chocolate encierra y representa, no
sólo como contenido material, sino en cuanto al esfuerzo
humano puesto en juego para hacerla posible, y por
último ubicarla en la vidriera o góndola de la cual la
extraemos, por medio de una transacción dineraria
previa.
El “darse cuenta” no es una actividad fácil y
espontánea, pues no se trata de aprender unos
ejercicios, sino de abrirse a la experiencia, esto es
comenzar por “despertarse” y entender, sin
intermediaciones, quién o que es lo que está frente a
nosotros, para luego “darnos cuenta” qué hacemos
nosotros ante esa persona u objeto de consumo, qué
representa para nosotros y porqué estamos frente a él.
Esto último nos lleva a otra consideración vinculada
estrechamente con el “mottainai”, pues también se
relaciona con el derroche consumista, el “darnos cuenta”
nos tiene que llevar a preguntarnos porqué y para qué
queremos consumir lo que consumimos. Caben aquí
numerosas preguntas: ¿por necesidad?, ¿por puro gusto?,
¿por exhibicionismo?, ¿por afán de poder?, o simplemente
¿por necedad?.
Sin duda el principal motor de nuestra avidez por el
consumo y por la dominación de los otros, es el deseo de
ser o parecer más; cuanto más poder o bienes se tienen,
más se quiere poseer y más se sufre la carencia banal o
se siente la envidia por lo que tienen los demás; por lo
tanto un paso fundamental para controlar el derroche es
llegar a consumir sólo lo que necesitamos.
Esto no supone en modo alguno aceptar o conformarse con
las limitaciones a la satisfacción de las necesidades
básicas de toda persona humana, nuestra sociedad cuenta
hoy con un alto nivel de personas carenciadas o
limitadas en su acceso a los bienes básicos de techo,
alimentación, salud, educación y seguridad que no se
puede ignorar. Por contraste otros acceden con avidez a
un mayor consumo.
No se trata de plantearnos el no consumo como una
limitante desde una perspectiva de sacrificio (dolor)
sino por el contrario lograr poder hacerlo desde una
perspectiva de libertad (autonomía), poder prescindir
con alegría de aquello que no necesitamos; superar la
presión cultural y publicitaria que incita de modo
inacabable al poder y al consumo, como un propósito
esencial de nuestra agenda.
De este modo podremos ser nosotros mismos, superando la
alienación de la vida cotidiana, y decidir con libre
albedrío. Para ello es necesario “despertar” y luego
“darnos cuenta”. “Despertar” es tomar conciencia de
nuestro estado y la situación que nos rodea, el “darse
cuenta” es ir más allá, al poner en perspectiva las
prioridades para producir un cambio en nuestra realidad
y actuar en consecuencia.
Este es el único camino para superar el dolor, lo cual
supone reducir nuestros deseos de tener/poder y la
consiguiente insatisfacción por no tener. ¿Difícil de
lograr? sin duda… ¿Imposible? en modo alguno, pues está
en nosotros -y sólo en nosotros- la posibilidad de
“despertar” y el impulso necesario para llegar a “darnos
cuenta”, pero de inmediato surge la pregunta: ¿pero cual
es el camino?
Hace 2500 años un hombre llamado Siddhartha Gautama, el
“Buddha” (o el Iluminado), propuso un plan de vida para
lograr superar el dolor y la insatisfacción. Lo llamó
“el camino de los ocho senderos”. Cada sendero supone
una actitud/acción de vida para alcanzar lo que uno se
propone, pero sin plantearse un objetivo de llegada,
pues el logro está en aprender a recorrer el camino.
Los ocho senderos definen –como dijimos- una propuesta
de vida, pero en modo alguno indican un deber se deseado
que distingue lo bueno de lo malo, sino poder “darse
cuenta” en cada situación cuál es el comportamiento
moralmente más adecuado, propósito moral que se
corresponde muy de cerca con el que planteara Immanuel
Kant en su “Metafísica de las costumbres”.
Decía Kant: “elévese el comportamiento individual a una
categoría universal y evalúense sus consecuencias”, en
otras palabras: generalizar un comportamiento personal y
analizar las posibles consecuencias si ese acto
individual fuese llevado a cabo por todos; es lo que
Charles Wright Mills llamó “la imaginación sociológica”:
proyectar socialmente las acciones privadas y sus
derivaciones.
Este concepto de lo moral es clave para el “mottainai”;
si cada uno de nosotros piensa que un pequeño acto
privado, como derrochar agua, no es importante, pues
nadie lo sabe ni lo tendrá en cuenta, basta con pensar
qué pasaría si todos hiciésemos simultáneamente el mismo
derroche. Otro tanto ocurre con un mal trato a otros, la
negación del saludo, la respuesta intempestiva.
Tal vez pensamos que se trata de algo intrascendente,
que no tiene importancia alguna; sin embargo marca una
forma de comportamiento que tiende a reproducirse, lo
cual deteriora la calidad de la interacción ya sea en un
grupo o en una organización. Sin duda se puede especular
que se trata de una mera suposición, y pensar que nunca
se da esa coincidencia de acciones.
Sin embargo en numerosas situaciones cotidianas ocurre
lo contrario; por ejemplo la saturación de líneas
telefónicas, producto de simultaneidad de llamadas
personales en ocasión de las fiestas de fin de año o la
congestión automovilística en horas pico o al regreso de
vacaciones o un fin de semana largo. Son crisis no
queridas en el comportamiento colectivo, producto de
decisiones individuales.
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Pero
volvamos a los ocho senderos de Buddha,
quien los planteó no como preceptos
religiosos, ni como una teoría filosófica,
sino lisa y llanamente como una práctica de
vida, algo para hacer aquí y ahora y no para
parecer o aparentar; estos son:
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1. adecuada
visión
2. adecuada intención
3. adecuada expresión hablada
4. adecuada acción
5. adecuado modo de vida
6. adecuado esfuerzo
7. adecuada percepción
8. adecuada concentración (meditación) |
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Es
importante señalar que Buddha no enunció
estos senderos como “correctos”, utilizó la
palabra “samma” (sánscrito) que a veces con
ligereza se traduce como “correcta”, cuando
en realidad quiere decir que se corresponda
con la situación, por eso usamos el término
“adecuada/o”. Otro aspecto importante a
tener en cuenta es que los ocho caminos no
se presentan en forma secuencial sino que
operan de modo simultáneo en forma
sistémica. |
Se los puede articular
en tres conjuntos: Sabiduría (1 y 2), Conducta moral (3,
4 y 5) y Desarrollo Mental (6, 7 y 8), los que a su vez
operan de modo interconectado entre sus componentes. Así
por ejemplo no puede haber “adecuada percepción” sin una
“adecuada visión” ni “adecuada expresión hablada” sin
“adecuada intención”, ni “adecuado modo de vida” sin
“adecuada acción” y “adecuado esfuerzo”.
Pero la “ajustada acción” requiere a su vez de “adecuada
visión” y “adecuada intención”, y así podemos seguir
haciendo las distintas combinaciones posibles de todos
los senderos, encontrando que la apropiada ejecución de
uno requiere siempre de la consiguiente de otro u otros,
lo cual denota el funcionamiento del todo como un
conjunto cuya resultante será mayor que la mera
agregación de sus componentes.
Sin duda el octavo camino “adecuada
concentración/meditación” ilumina todo el resto pues es
el trabajo interior que apuntala el crecimiento. Pero
qué difícil es lograr concentración en medio de
actividades diarias que con sus demandas y dilemas
tienden a dispersarnos. Un modo de iniciar el
aprendizaje de la concentración lo encontramos en un
trabajo de Narciso Irala, sacerdote jesuita que estuvo
mucho tiempo radicado en Japón.
Por los años 1950/60 Irala, a partir de la experiencia
de haber conocido en Japón el Buddhismo Zen, escribió un
libro de amplia difusión en esa época: “Control mental”;
en el cual proponía, entre otros, un simple ejercicio de
concentración: comenzar a prestar atención sobre como
nuestros pies se apoyan para caminar y hacerlo durante
el lapso de una caminata mediana y así ir reconociendo
de a poco todo el movimiento del cuerpo.
Sin duda se trata de un ejercicio simple y al alcance de
cualquiera, que no requiere de ninguna preparación
previa, pero que nos puede ayudar en el “despertar”
acerca de nosotros y nuestro medio y así “darse cuenta”
de cómo funciona nuestro cuerpo mediante la percepción
atenta de una actividad a la cual por lo común no
prestamos atención, salvo cuando tenemos una dificultad
o limitación física para desplazarnos.
Como vemos el verdadero camino del “mottainai” requiere
de algo más que la adhesión mecánica y formal a una
idea, demanda un verdadero “despertar” de nuestro ser y
así “darse cuenta” de qué significa interactuar con
otros, como también consumir y a la vez cuidar de los
recursos que se utilizan y también disponer
adecuadamente de sus desechos, lo cual supone un lento
proceso hacia un verdadero cambio de actitud personal.
Debemos estar atentos de no caer –con la fe del
converso- en una falsa ideología a partir de lo que sólo
puede ser una práctica de vida, cuidándonos de un
aparente triunfalismo; lo nuestro será aceptable como
testimonio silencioso, en vez de frotar por la nariz de
los demás nuestros supuestos logros, e intentar
presentarlos bajo la apariencia de lo que George Orwell
definía como “la subjetiva contaminación de la verdad”.
Sin duda el peligro latente al hacer esto significará
que nos habremos apartado de los ocho senderos y por
consiguiente vuelto a renacer en nosotros el deseo de
ser más y por lo tanto perder lo que creíamos haber
logrado al caminarlos. El “mottainai” es pues un
ejercicio personal, para hoy y no para mañana, a cada
momento, cada hora, cada día, requiere de acciones y no
declamaciones; “estar despierto” y “darse cuenta” es la
clave.
La práctica no es fácil ni simple, al comienzo tal vez
no lo logremos, volver a reiniciar el proceso todas las
veces que sea necesario es lo que fortalece la acción,
no se trata de un día, sino de todos los días, esto nos
ha de ayudar a crecer en nuestro “estar despierto” y
“darse cuenta” y por consiguiente robustecerá nuestro
ejercicio del “mottainai”; de lo contrario, al decir de
Cervantes: por la calle del mañana iremos a la casa del
nunca.
Desde la India, las enseñanzas de Buddha llegaron
primero a China (siglo I EC) y luego a Japón (siglo VI
EC)
*
Saturnino Herrero Mitjans es Licenciado en
Relaciones Industriales, Director de Asuntos
Corporativos del Grupo Clarín. Miembro del Consejo
Directivo de ESADE Business School y del Comité
Ejecutivo de Expoagro. Autor de "La comunicación
incomunicada" y "La comunicación cosificada", editados
por Editorial Temas.
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Nuestro
acercamiento al concepto "mottainai" |
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En septiembre de
2007 asistimos a la conferencia “Propuestas para
conformar una sociedad sustentable basada en el
reciclado” a cargo del Dr. Masaru Kitano*.
"Los problemas ambientales actuales tienen múltiples
facetas donde nosotros somos, a la vez, víctimas y
victimarios. Esta situación nos obliga a un cambio de
nuestro estilo de vida y escalada de valores, desde la
riqueza material a la riqueza espiritual" expuso.
"El
desarrollo económico junto al crecimiento demográfico,
llevan inevitablemente al agotamiento de los recursos
esto, frente a una sociedad que se desarrolló en base a
la energía y donde el consumo es un derecho adquirido,
el Dr. Kitano propone una sociedad basada en el
reciclado como medio para llegar a conformar la Sociedad
Sustentable. La sociedad basada en el reciclado implica,
control sobre la disposición de materiales y productos,
re-uso de los recursos reciclables como productos o
partes, reutilización de los recursos no re-usables como
materia prima, recuperación térmica de recursos no
re-usables o re-utilizables y disposición adecuada de
recursos que no pueden reciclarse.
Como
legado, dejó los cuatro principios para construir la
Sociedad Sustentable:
* No explotar los recursos del suelo a mayor velocidad
que la de su regeneración
* Proteger la biodiversidad y el ciclo natural
* No producir elementos diferentes de los naturales por
encima de su capacidad de descomposición
* Evitar el mal uso y la distribución no equitativa de
los recursos entre países ricos y más pobres
En Japón ya se están aplicando
algunas medidas para lograr este cambio social,
acompañado de un marco regulatorio así como de campañas
de educación y difusión, herramientas que deben
impulsarse desde el sector público" (1).
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*Especialista en
Sustentabilidad.
Profesor del Instituto
de Investigaciones de Ciencias en Seguridad
Medioambiental, Dpto. de Química Aplicada, Facultad de
Ciencias y Tecnología de la Univ. Meiji, en Japón.
(1)
en rojo está la cita textual sobre la actividad,
de la
Revista Futuro Sustentable |
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En
la ampliación de las herramientas, mostró el "furoshiki"
(el arte de envolver, ver más info) y citó
particularmente el concepto "mottainai".
Aquí algunos datos: la Sra Wangari Maathai,
activista keniata a favor del medio ambiente y derechos
femeninos, (www.greenbeltmovement.org)
al conocer la palabra japonesa ”Mottainai" quedó
conmovida ante la posibilidad de significar todos los
matices de reducir, reutilizar, reciclar y respeto.
Cumpliendo con su decisión de promoverla globalmente, la
pronunció al recibir el Premio Nobel de la Paz (2004).
Desde entonces
empezamos a profundizar, en su sentido espiritual y
cultural para aquilatar su trascendencia en los aspectos
de la vida, que tantas veces desperdiciamos, en forma
irresponsable e irrespetuosa ... Y hemos adoptado
Mottainai con un sentido filosófico, integrándolo en
nuestra
teoría del conocer para
como gesto solidario y comprensivo con la
falta de costumbre de reflexionar o ejercitar el hábito
de "darnos cuenta" en el modesto tratamiento del
fenómeno
crítico de la responsabilidad, en su
primitiva esencia.
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Furoshiki - El arte de envolver |
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El furoshiki es una tela
fina cuadrangular que se utiliza para envolver con elegancia
y transportar cómodamente objetos de cualquier forma. Desde
la era Nara (710-794) es un método tradicional japonés, pero
en la actualidad está de moda entre las jóvenes japonesas y
hay de diversos colores y diseño. El video muestra alguna de
las formas para usarlo.
El precio suele oscilar entre los 500
yenes hasta 20.000 yenes o más, pero los que se usan
normalmente cuestan entre 1.000 y 2.000 yenes. |
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La
ministra japonesa de Medio Ambiente, Yuriko Koike, propuso
su uso en la vida cotidiana como alternativa ecológica para
reducir el uso de las bolsas plásticas. La iniciativa se
llama “Mottainai Furoshiki” ... La tela “furoshiki” es
cuadrada con dimensiones de unos 60 centímetros de cada
lado, y se puede doblar de varias maneras para envolver
objetos que son de menores dimensiones. Además, esta tela se
elabora en base a materiales resistentes, lo que permite su
reutilización.
La funcionaria ha promocionado la creación de diseños
modernos de esta tela de tradición, y está llevando a cabo
ferias y anuncios públicos para mostrar estos productos a la
población, a fin de incrementar su uso y aplicaciones.
También ha diseñado esta tela con material reciclado de
botella de plástico. (PET poliéster)
Los diseños modernos añaden valor y aplicabilidad a otros
usos para estas telas; por lo que los “furoshikis” pueden
también usarse como prendas de diseño para damas, de manera
similar a la que algunos pañuelos pueden ser usados.
Se calcula que si los
japoneses usaran la tela “furoshiki” para sus compras una
vez a la semana, habría 600 millones de bolsas plásticas
menos cada año que terminen como basura. Incluso en algunas
escuelas ya se enseñan las diferentes formas de envolver con
el “furoshiki”. |
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| Mottainai
Shopping Bag
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Esta
es una bolsa confeccionada en varios colores.
Se dobla con forma y tamaño de monedero.
Es fácil de guardar en cualquier cartera o portafolios.
Suple el uso de las bolsa de papel y de plástico, mitigando
la tala de árboles y la degradación del suelo, que provoca
la elaboración de ambos productos. |
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La Cultura
del Mottainai, Daniel Miyagi
En el rico idioma japonés, encontramos una palabra que tiene un significado
que va más allá del uso cotidiano al que los japoneses le dan y que nos hace
entender un poco más esta sociedad oriental. Esta palabra es MOTTAINAI. El
equivalente en el español sería: “¡qué desperdicio!”; “es una lástima”. Por
supuesto que también en occidente existe este pensamiento, pero en la
cultura japonesa, tiene connotaciones históricas y religiosas, que hace que
esta expresión tenga un más profundo sentido.
Empecemos explicando su uso más simple y cotidiano:
Por ejemplo, usamos “mottainai” cuando hay sobras de comida en una mesa y se
desea tirarla por ser poca cantidad o porque ocupan espacio en la heladera o
porque simplemente no quieran ser consumidas. Nuestros mayores, que han
padecido terribles hambrunas en Japón luego de la 2ª Guerra Mundial, hasta
se sienten molestos ante el hecho de desaprovechar la comida y por ello,
muchos de nosotros hemos escuchado alguna vez un sermón de algún abuelo o
abuela acerca de sus experiencias. Entonces, ineludiblemente se hace
presente en los mayores japoneses la expresión “mottainai” y se pensará en
alguna solución para no tirar esos sobrantes.
Bajo este concepto, también sucede con todo tipo de artefactos, utensilios,
papelería, materiales, etc. No es de extrañar encontrarnos con casas, sobre
todo de ancianos, llenas de platos viejos, cacerolas, cuchillos, tenedores,
aparatos eléctricos obsoletos, libros, tornillos, tuercas y un sinfín de
otros objetos. “Nada se tira, todo se guarda y se utilizará o volverá a
utilizar alguna vez”. Parece como si con el tiempo, se hubiesen acumulado
una montaña de cosas sin aparente provecho, pero lo cierto de esto es que
efectivamente, alguna vez, no importa cuándo, se terminan utilizando.
Akio Morita, uno de los fundadores de la empresa Sony, cuenta en su libro
“Made in Japan”:
“Motttainai” es una expresión que sugiere que todo lo que hay en el mundo es
un don del Creador, y que debemos estar agradecidos por ese don y nunca
desperdiciar nada. En un sentido literal, significa “irreverente”, “impío”,
pero de modo más profundo, lleva la connotación de un sacrilegio contra los
cielos. Los japoneses tenemos la creencia de que todas las cosas se dan en
calidad de sagrado fideicomiso y que en realidad, sólo se nos presta para
que les demos el mejor uso posible; malgastar algo se considera un pecado,
hasta de algo simple, como el agua o el papel. No debe sorprender que
hayamos desarrollado ese concepto, que trasciende la mera frugalidad o la
conservación: es un precepto religioso. La lucha por la supervivencia, bajo
la amenaza constante de tiempos duros y de calamidades naturales se
transforma en una forma de vida para los japoneses y por eso, el desperdicio
de cualquier cosa se consideraba como algo vergonzoso, un crimen virtual. A
los japoneses nos obsesiona la supervivencia. Literalmente, todos los días
la tierra que está bajo nuestros pies tiembla; pasamos nuestra vida
cotidiana en esas islas volcánicas, con la constante amenaza, no sólo de un
terremoto de proporciones, sino también de tifones, furiosas nevadas,
diluvios de primavera. Nuestras islas casi no nos proveen de materias
primas, con la salvedad del agua, y menos de un cuarto de nuestro suelo es
para habitar o para labranza. En consecuencia, lo que tenemos nos es
precioso.
Acostumbrados a lidiar con las privaciones y las calamidades naturales,
después de la guerra algunas familias construyeron chozas, empleando
fragmentos de hierro corrugado, cartón y madera. Esas familias aceptaron su
mala suerte como algo que se tenía que soportar y de inmediato, se pusieron
a trabajar, reconstruyendo, moldeando ingeniosamente cocinas a partir de
cascotes y pedacitos sueltos de metal hechos añicos, recomponiendo los
restos de material utilizable, extraído de entre las ruinas provocadas por
los constantes bombardeos.
El largo período de paz que afortunadamente estamos gozando y las mejoras en
cuanto a lo tecnológico que esto ha acarreado, nos brindan confort,
seguridad y tranquilidad. Si nos ponemos a pensar con detenimiento, esta
cultura del “mottainai” también se presenta en estos avances tecnológicos,
que con tanto ingenio han logrado los científicos japoneses, buscando
constantemente el provecho del más ínfimo espacio, logrando productos cada
vez más pequeños y livianos, como televisores, walkman, automóviles, CDs y
una infinidad de otros productos, simplemente porque es “mottainai” ese
minúsculo espacio libre.
Fuente: urbanikkei.com.ar

El Espíritu Mottainai por Evelyn Mendoza
...
Japón posee una riqueza cultural tremenda, pero no me refiero a la ancestral que
conocemos, o al menos hemos oído. Hablo de la cultura japonesa que se creó
después de la guerra (WWII). Los japoneses empezaron su agresivo levantamiento
de las cenizas, para luego convertirse en una de las más grandes potencias
mundiales.
¿Cómo lo lograron? Bueno algo que caracterizó a Japón ... fue el espíritu mottainai. MOTTAINAI es un término
japonés muy famoso mundialmente que podría traducirse en "¡Que desperdicio!" o
"¡Que pérdida!", pero de donde proviene esta palabra es del negativo de MOTTAI
que significa "Material", "Valor Verdadero" o "Dando respeto" por tanto el
negativo de esto sería "Qué desperdicio", "No darle el valor verdadero" o "No se
le da respeto". Es una expresión que sugiere la ausencia de respeto o
apreciación.
Los japoneses sintieron esto cuando eran muy pocos los recursos que tenían en
época de la post-guerra. Por ejemplo empezaron a valorar cada grano de arroz,
pues para ellos dejar un grano de arroz era menospreciar el trabajo de los
campesinos. Lastimosamente, hoy cerca de 30 millones de personas en Japón
desperdician la comida diariamente, mientras que en otro lado del planeta hay
1.2 billones de personas hambrientas. Irónico ¿verdad?, bueno eso es lo que
estoy aprendiendo ahora, a dar valor a los recursos de este planeta.
Empecemos con no desperdiciar el agua, ¿que tú no la desperdicias? una sencilla
prueba es la siguiente pregunta, ¿usas un vaso con agua al cepillarte o dejas
abierta la llave de agua mientras te cepillas? que gusto me daría saber si la
mayoría dijo que usan un vaso. Sólo la gente viviendo bajo unas esteras en el
desierto, podría ser más conciente que nosotros. Puedes creer que la gente en
Africa que apenas tienen recursos para vivir usan 10 litros de agua por día para
vivir. Sin embargo, personas que viven en los países desarrollados gastan 10
litros al usar el inodoro, 100 litros al tomar una ducha, 200 al tomar un baño,
100 litros para lavar los platos y la ropa. El volumen promedio es de 250-400
litros día.
La gente en Africa camina por horas, inclusive un par de días si es necesario.
La gente en los países desarrollados no le gusta caminar 30 minutos, ni siquiera
15 minutos, pues prefieren ir en carro. La emisión de dióxido de carbono es
varios cientos de veces más, recorriendo la misma distancia. La gente en estos
países usan la aspiradora para limpiar, lavadora para lavar ropa, la escalera y
ascensores para subir y bajar pisos. Todas estas cosas pueden ser realizadas con
las manos y los pies. Sin embargo, con estos aparatos eléctricos, la emisión de
dióxido de carbono es docenas o cientos de veces más.
Para la gente que no conoce el Protocolo de Kyoto, les comento que es un tratado
con el que se busca la reducción de dióxido de carbono pidiendo a los países más
industrializados de este planeta reduzcan dichos niveles. Todos aceptaron, bueno
lo están haciendo en proporciones menores a lo requerido. Pero pueden creer que
USA, que emite la tercera parte de dióxido de carbono del total emitido por los
países más industrializados, lo que equivale la cuarta parte de lo que emite el
planeta, simplemente rechazó ser parte de este protocolo. ¿Saben cuál fue el
motivo que dió?, sencillamente que era muy difícil, casi imposible que la
población americana pueda acostumbrarse a un estilo de vida diferente, eso fue
todo. Mientras tanto la capa de ozono se sigue dañando, siguen ocurriendo
grandes fenómenos climáticos, quizás un efecto fue el tsunami que ocurrió
recientemente a la India. No es sorpresa ver que el poder económico prime en
algunos países.
Espero que con lo expuesto empiecen a dar valor a lo que nos brinda la
naturaleza, a no desperdiciar los recursos. Recuerden que el mayor impacto que
se puede lograr es mediante el esfuerzo individual. Recuerden somos más de 6 mil
millones de personas y los recursos no son suficientes, empecemos por darles un
mejor aprovechamiento. ...
Fuente:
evelynmendoza.blogspot.com

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La Virtud del “Mottainai”
Texto de la Oratoria de Oshimichi Ichikawa
¿Quién de nosotros no sabe lo que es tirar a la basura unas sobras de la comida?
¿O quizás botar una camisa porque esté levemente desteñida?
A nivel individual no nos parece gran cosa tirar aquello que no deseamos
consumir o que haya perdido atractivo a la vista. Hasta Nieztsche ha dicho en una
ocasión que el que anda en andrajos, muy elocuente se puede sentir, pero que de
todos modos anda en andrajos... ¿Cuántos no se habrán apresurado a botar todo lo
que parecía andrajo confiando en el filósofo?
... Un ligero vistazo a
los diccionarios, nos pone al corriente de que casi todos la
traducen más o menos como “sentir lástima ante el malgasto”. Le he
preguntado a extranjeros amantes del japonés. Los que suelen usar
este término me juran que es demasiado difícil de resumir a sus
lenguas. Me causa mucha gracia ver que a veces algunos extranjeros
la dicen en japonés, “mottainai”, aunque estén hablando en su
lengua.
“Mottainai” tiene
una epistemología singular.
Se remonta a una época tan lejana, en la que la lengua japonesa
estaba en un estado de mayor pureza, en la que no usábamos
importaciones como los anglicismos ni el verbo ser.
Hablábamos con una gramática y una semántica salida de la fusión con
la naturaleza. Estoy ya viajando más de ocho siglos al pasado.
Tenemos pues datos del uso de “mottainai” allá por la era de
Kamakura, obviamente con una muy distinta connotación. Resulta que
este término se derivaba de la mezcla de los radicales “motsu” que
es “cosa” u “objeto”, y “tai” que significa “cuerpo” o “sustancia”.
A estos dos se les añade el verbo “nai” que es “haber”, pero en
negativo.
A primera vista, nos parece confuso todo esto: “objeto”, “sustancia”
y “no-haber”. Es como un acertijo. Pero no tanto, si lo pensamos
bien. Como decía, los japoneses huían de verbo “ser”, prefiriendo
los verbos de cambio como “naru”, que es “devenir”. No le veían una
identidad a las cosas. De hecho ni teníamos esa palabra,
“identidad”. Pero sí le veíamos una función, un devenir natural, a
todas las cosas. Cada cosa era como un pedazo proveniente del
cosmos, una sustancia, pero en cambio, o sea una sustancia-función.
Por eso “mottainai”, en negativo, es la denegación que sufre el
objeto que no poder llegar a cumplir con su función natural
completamente. “Mottainai” es una traición a la naturaleza, a la
vida.
Sentir el “mottainai”, como una virtud, nos obliga a reconsiderar
todo nuestro alrededor. Lo pienso con frecuencia incluso en mi
trabajo. Hago de cajero en mis horas libres. Así me he enterado de
que en Japón los cajeros entregamos unos 28 mil millones de bolsas
plásticas al año. Casi dos diarias por persona.
En el comercio internacional es peor. ¿Saben del banano del Ecuador?
Una parte enorme del banano ecuatoriano lo obtiene Japón. De todo
eso no llega a nuestros labios ni un tercio, porque el ojo japonés
se ha hecho caprichoso. En los puertos se bota cualquier fruta que
tenga leves manchitas o pequeñas deformidades que ni en Europa le
importarían a nadie. ¡Qué “mottainai”! ¡Qué fácil es olvidar a los
más de 800 millones de humanos que carecen de pan!
Ni al arroz respetamos ya. Siendo un país que importa gran parte del
arroz, botamos un mínimo de 7 millones de toneladas de arroz sólo en
sobrantes de los supermercados. ¡Quién sabe en los hogares! Las
noticias de los 200 millones de hambrientos en la India, y de los 70
millones en Brasil, son sólo eso, noticias, nada más. Seguimos
botando la comida, valiosas telas, el papel, las materias primas.
Les negamos su derecho a cumplir su función, les negamos su derecho
a enriquecer nuestras vidas. ¡Qué “mottainai”!
Fuente: Blog tendai-hispania-kaiwakai-comunicacion
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